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Joseba Arregi

jueves 06 de octubre de 2011, 21:51h
Cuando he pensado dedicar un recuadro a Joseba Arregi, a quien acaba de premiar la Fundación de Víctimas del Terrorismo, he recordado la frase de Hannah Arendt que refiriéndose a Albert Camus, hablaba del mejor hombre de Francia. Difícil hoy de encontrar alguien en Euskadi que de verdad merezca un reconocimiento público como Joseba Arregi. Su contribución a la normalización de la situación política vasca, ha sido, sin duda, capital, a través de una aportación constante, llamativa por su profundidad y calidad, a la formación de una opinión pública decisiva para asentar sobre bases firmes la convivencia en Euskadi.

Haciéndole una gran injusticia no me referiré a su capacidad como político que acreditó en su paso por el Ejecutivo vasco, del que fue portavoz, en una época clave para la construcción y el asentamiento del autogobierno. Joseba Arregi es un profundo conocedor de las necesidades políticas de Euskadi, que con la misma competencia puede hablar de los problemas de la pesca que de la utilización de la capacidad normativa de las haciendas forales o de la problemática de las empresas de la máquina herramienta. Es sorprendente asimismo el dominio que tiene de la nómina política del País, con cuya élite ha convivido durante tantos años, por no hablar de su conocimiento de la Iglesia vasca, sin cuya consideración no se pueden entender bastantes rasgos de nuestro sistema político, hablemos de su personal o de los vectores de su formación, sea cual sea el sector ideológico en que reparemos.

No diré tampoco nada de su valentía y coraje: cuando se cometía una tropelía fascista de ETA, ya se sabía que aparecería inmediatamente en la prensa la denuncia abrumadora del asesinato como arma política, denuncia que alcanzaba no sólo a los autores del crimen sino a los que lo cubrirían ideológicamente, en el fondo, con argumentos patrióticos. Sólo alguien cargado de razón, un hombre justo en suma, podía atribuir a su palabra la contundencia de la argumentación demoledora, ejemplar, de Joseba Arregi.

Pero yo quería hablar del pensamiento político de Arregui, de su contribución medular a la comprensión de la problemática vasca, que atraviesa como hilo argumental todos su escritos, toda su gran labor de agitador. Arregi es, antes de nada, un intelectual sobresaliente, esto es, alguien que ilumina con el ejercicio de la razón la circunstancia en la que vive y estimula su transformación. Como se sabe es de formación teólogo, pero una teología, la que aprendió en la universidad alemana, en diálogo con el pensamiento filosófico en que surge y anclada en su correspondiente horizonte histórico, el de la posguerra liberadora del nazismo. La reflexión política de Arregi invariablemente gira sobre dos argumentos: la tentación totalitaria del nacionalismo y la contribución pacificadora de la idea del estado en la sociedad vasca en la que el protagonismo nacionalista ha colocado con frecuencia en la exclusión o la eliminación a quienes no son nacionalistas, más aún a quienes no son nacionalistas como los nacionalistas dicen que hay que ser nacionalistas.

En el fondo del nacionalismo, siempre hay un pensamiento religioso, aunque pueda formularse en términos seculares: no hay salvación fuera de la nación. No cabe la realización personal, la consecución de la felicidad fuera del propio grupo nacional. Cuando se afirman apodícticamente las potencialidades salutíferas de la comunidad se corre el riesgo de excluir hacia la insignificancia a quienes no pertenecen a ella o no se acomodan a los rasgos que de la nación tienen sus dirigentes. Todo sacrificio que uno se imponga, o sea el martirio, o que uno imponga a los demás, esto es, a quienes no compartan la fe nacionalista, la violencia o el crimen, aparecen justificados. La obra de Arregi es una continua denuncia de las tesis de redención de la ideología nacionalista y de las consecuencias desastrosas a las que conduce su realización: ni es cierto que la felicidad sea política, sino que es personal, perseguida libremente por cada cual, ni puede aceptarse el alto precio del proyecto totalitario que en realidad arruina a la nación, desgarrándola por la violencia y el crimen.

En Euskadi quien ha impedido el triunfo del plan totalitario nacionalista ha sido el Estado. La justificación de Arregi del estado es a la vez hobbesiana y kantiana, concibiendo a la organización política, de acuerdo con esta segunda línea de pensamiento, como una asociación de ciudadanos, esto es, de quienes obedecen las mismas leyes que aseguran los derechos personales. Se trata, entonces, de una idea instrumental de la forma política, individualista y no colectivista o mística, que es la propia de quienes la conciben como una estructura al servicio de la nación.

Esta idea del estado solo puede realizarse si el mismo es capaz de establecer e imponer el derecho que decide toda la comunidad, sobre los proyectos particulares o sectarios que pueda haber en su seno, que aunque se presenten como generales, como ocurre con el proyecto nacionalista, no dejan de ser privados y egoístas. Quien impone la paz, quien me defiende e impide mi asesinato, es el Estado que asegura un orden público sobre el que será posible que la comunidad, en un paso ulterior de progreso civilizatorio, elija libremente el designio nacional, esto es general, no nacionalista por tanto, que le convenga.

Tal horizonte posnacionalista, con las raíces en el mejor pensamiento político, es el que Arregi, preferiría en el nuevo tiempo de Euskadi.
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