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Nuestra representación de la tierra

José María Herrera
sábado 08 de octubre de 2011, 19:51h
No lo creerán, pero en medio del maremagno de artículos dedicados a la denostación del gobierno de Zapatero, los chanchullos políticos y judiciales, la crisis económica y las últimas declaraciones de Pep y Mou, tropecé la semana pasada con un artículo realmente interesante. Versaba sobre la imagen que tenemos del planeta las personas que pasamos por la escuela y estudiamos geografía mirando los mapamundis de toda la vida. El autor explicaba que dichos mapas representan la Tierra, que es un cuerpo esférico, en dos dimensiones, y que el resultado de mostrar así las cosas es una inevitable distorsión de la realidad, a causa de la cual acabamos creyendo que Groenlandia tiene un tamaño similar al de África, aunque sea catorce veces más pequeña, y cosas por el estilo. La cosa tiene su intríngulis porque esto que pasa con los mapas ocurre con otras muchas cosas que creemos saber y que mantienen vigente el consejo de Kant de sacudirse lo antes posible “el yugo de la escuela”.

En mis tiempos, los estudiantes llevábamos a la escuela un Atlas. Yo entonces ignoraba que este nombre, que en griego significa “el portador”, evocaba a un titán condenado por Zeus a sostener la bóveda celeste sobre sus hombros. Enormemente fuerte, aunque igual de tonto –hagan memoria y recuerden lo que le pasó con Odiseo-, vivía en las proximidades del estrecho de Gibraltar y, por tanto, muy cerca del océano Atlántico, también llamado así en su honor. La utilización de su nombre para designar cualquier colección de mapas revela la importancia que en la historia tuvo la exploración de ese océano. No en vano, la cartografía se desarrolló como ciencia en la época en que los navegantes europeos, ansiosos por encontrar rutas alternativas que les permitieran comerciar directamente con las Indias, bordearon África o se adentraron en el mítico y peligroso Atlántico, hasta entonces un misterio.

No estoy muy seguro, pero creo que el primer planisferio con pretensiones de abarcar la totalidad de la superficie del globo terráqueo fue el que elaboró a finales del XVII Vincenzo Coronelli, cosmógrafo de la República de Venecia. Fundador de la Academia Cosmográfica de los Argonautas, la primera sociedad geográfica del mundo, Coronelli consiguió un gran número de patrocinadores para su proyecto. Con la ayuda de multitud de sabios y exploradores, puso en circulación en 1688 una edición de su obra, que se distribuyó entre los suscriptores a razón de seis planchas mensuales cortadas de forma que, al unirlas, formaban un mapamundi con un diámetro aproximado de un metro. La precisión con que se describían las zonas más conocidas contrastaba con la vaguedad inevitable de los territorios poco frecuentados, sólo bosquejadas gracias a las indicaciones de los marineros. Uno se imagina a este hombre, que era franciscano, trabajando en la soledad de su celda, aunque ansioso por recibir noticias de algún tipo que le ayudaran a resolver los enigmas que tenía entre manos, más o menos igual que un astrónomo de hoy aplica su oreja a la pared universal tratando de captar e interpretar los ruidos de fondo que le llegan desde el infinito.

Hay dos palabras que, juntas, son como la maldición de los cartógrafos: terra incognita. Verlas les debía producir el mismo malestar que le produce al fumador compulsivo el cartel de cerrado una noche de invierno. En los mapas antiguos estas zonas se rellenaban con dibujos fantásticos, algunos muy hermosos. La elocuencia de estas imágenes era mucha. Cualquier explorador sabía los riesgos que corría si se decidía a penetrar en territorios ignotos. Suplir con imaginación los huecos del saber era una forma de reconocer la provisionalidad de cualquier conocimiento. Ningún gremio ha entendido mejor el carácter colectivo de la ciencia y el hecho de que el hallazgo de hoy termine siempre destruyendo la creencia de ayer. Quizás por eso se esforzaron en hacer mapas tan precisos como bellos, pues sólo la belleza permanece a través del tiempo.

El mapa es, por definición, una miniatura. Un mapa absolutamente preciso debería ser tan grande como aquello que trata de representar. Los cartógrafos tienen que resumir, aunque deben hacerlo de forma que sus indicaciones sirvan para algo. La utilidad que se saque de ello depende en gran medida de nuestras necesidades. Por lo general, nos basta con una vaguísima aproximación. El viejo chiste del vizcaíno que pidió en una papelería un mapamundi de Bilbao resume mejor que cualquier sesuda consideración lo que ahora tendría que decir para rematar como Dios manda este artículo.

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