Mujeres fatales
sábado 05 de abril de 2008, 22:41h
Tras el revuelo no debe quedar nadie en Londres que no sepa de la exposición de Lucas Cranach en la Royal Academy of Arts. ¿Buena noticia? Habría que preguntar a la cola. Los que pueden felicitarse son los organizadores. Escogieron un cartel publicitario –una de las Venus desnudas del pintor- y los responsables del Metropolitano se negaron a exhibirlo temiendo herir la sensibilidad de algún pasajero. Luego, el escándalo y ahora bofetadas renacentistas para conseguir una entrada.
Yo comparto los escrúpulos de las autoridades ferroviarias. La obra de Cranach, y en particular sus retratos femeninos, no se puede exponer a la buena de Dios. Se trata, desde luego, de algo inquietante, mucho más inquietante de lo que suponen los adictos a la tolerancia plana, y, por supuesto, muchísimo más que todo ese erotismo genital al que nos ha acostumbrado la industria de la publicidad y que, según proclaman con orgullo los portavoces de los diversos ejércitos de salvación, nos han vuelto inmunes al hechizo de las imágenes.
¿Ustedes conocen a las mujeres de Cranach?, ¿las han observado con atención, largamente, durante horas?, ¿se han adentrado en la perturbadora riqueza de sus rostros? ¿cómo admitir entonces que las imágenes han perdido el poder de conturbarnos? , ¿o es que acaso creen también que el empacho es una vacuna omnipotente y que no hay nada que temer, nada, nunca, incluso si un día, por error, volvemos a mirar con otros ojos, los ojos del espíritu?
Los nombres egregios de la pintura están vinculados a grandes obras o a grandes hallazgos. Lucas Cranach “el viejo” pertenece a estos últimos. Su principal logro fue la creación del modelo plástico de la mujer fatal. En sus versiones de Eva, Venus, Salomé o Judith, se encierra todo lo que psicológica y fisonómicamente ha sido atribuido a este género de mujeres. Los aficionados al cine o a la literatura que las vean por primera vez encontrarán en ellas los rasgos esenciales de las más conocidas heroínas perversas de la historia, desde la Milady de Los Tres mosqueteros hasta la Lola (Marlene Dietrich) del Ángel Azul. El modelo, sin embargo, aunque ha sufrido revisiones, no ha sido superado. Mientras que el cuerpo de la mujer, explorado hasta la degradación, apenas encierra ya secretos para nadie, su alma, el alma femenina, que es lo que quiso representar el artista alemán, pertenece a un orden en el que parece haberse impuesto desde hace tiempo el más insulso estancamiento.
Ya lo he dicho: las mujeres de Cranach tienen un cuerpo y también, aunque esto es más difícil de apreciar cuando se viaja en metro, un alma, ambos desnudos, o mejor, pues así solía representarlos, cubiertos por una fina gasa, ese velo que hay que descorrer a fin de que resplandezca la verdad. La gama es riquísima y va desde la absoluta pureza a la más traicionera perversidad. En cierto momento de su vida, el pintor asume como desafío estético la tarea de representar la voluptuosidad depravada. No el cuerpo bello y lascivo, sino, el espíritu que lo anima cuando el sexo deviene arma y la seducción pasa a ser el paso previo a la destrucción. Son sus mujeres fatales, mezcla de gracia y malicia, de encanto y depravación, una maquiavélica combinación erótica que aterrorizaría si la sexualidad no se hubiera desligado únicamente de la mala conciencia, sino también del alma que la sustentaba.
¿Llegó a conocer Lucas Cranach mujeres como estas o fueron simples productos de su imaginación creadora? La pregunta, por supuesto, es irrelevante comparada con el hecho de que descubrió su posibilidad. Una pintura, como una novela (recordemos las palabras que se atribuyen a Flaubert, “Madame Bovary soy yo”), es también un tubo de ensayo, un campo de experimentación psicológica. Todo cuanto la psicología científica hace ahora martirizando ratas y los artistas de la post-vanguardia salpicando pigmentos sobre materiales igual de biodegradables, se hacía antaño con las armas del espíritu, el pensamiento mayormente. Lástima que el progreso las haya ido volviendo obsoletas y como sin uso.
El hombre contemporáneo no parece necesitar del arte porque tampoco parece necesitar una justificación de su existencia en un plano más alto. La poesía de la época la componen los jugadores de fútbol en el césped. Este es presumiblemente uno de los motivos por los que ahora se mira el suelo con más atención que nunca. Pocos levantan ya la cabeza. Pero: ¿qué ocurriría si alguno lo hace y se topa de repente con una Venus de Cranach?