Educación: Desvarío boloñés
miércoles 12 de octubre de 2011, 18:24h
La implantación del llamado Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) más conocido aunque impropiamente como “plan Bolonia”, está exasperando la vida universitaria española hasta extremos inconcebibles. El escepticismo y la expectación iniciales van dando lugar a la irritación y el desaliento. Porque la plausible idea inicial de homogenizar requisitos y procedimientos, transformada en una revisión completa de planes de estudio y organización académica, ha desembocado en una orgía de formalismos burocráticos extravagantes y engorrosos, además de inútiles. Los profesores tienen que dedicar incontables horas a cumplimentar formularios de aparente contenido técnico sobre, pongamos por caso, qué habilidades desarrollará el estudiante siguiendo un curso de Derecho romano o Fisiología vegetal, o programar con meses de antelación una clase práctica que luego acabará dándose antes que la teórica correspondiente.
Las cuestiones relacionadas con la técnica y los métodos docentes han merecido mucha atención que seguramente no es correlativa a resultados, en forma de efectos provechosos, para la práctica de la enseñanza. Entre otras cosas porque esa atención ha sido más bien resultado de una demanda artificialmente generada por la inclusión de actividades de innovación docente y similares entre los baremos de reconocimiento profesional o por el incremento de la oferta de proyectos y ayudas para estudios en ese campo. Por ello el incremento cuantitativo ha sido importante, pero en su mayoría acaban siendo enunciados de buenas intenciones, llamamientos perentorios a dejar de hacer lo que se hace y, en los ejemplos mejores, estudios de caso o informes sobre experiencias demasiado concretas y difícilmente generalizables. Las actividades de reciclaje profesional impulsadas por casi todas las universidades mediante servicios ad hoc posiblemente no hayan suscitado mayor beneficio práctico que el abrir un ancho campo de oportunidades y prebendas a cierto profesorado de las áreas de educación. En todos los casos se reproduce un mismo recetario sobre la mejora de la calidad docente en la universidad: grupos pequeños, trabajo en equipo, prácticas, control constante sobre los avances de los estudiantes, evaluación continua, y tutorías no menos continuas. Es decir las técnicas y prácticas que implantadas hace tiempo en los ciclos educativos no universitarios tan pobres resultados han producido. Así que para mejorar, que de eso se trata, habría que pensar en otras cosas. Añádase la preocupación por la aplicabilidad de lo cursado en el mercado laboral, lo que puede estar muy bien en unos casos y ser poco congruente en otros. Y por supuesto, todo aderezado con el vituperio de la clase magistral que es como se prefiere llamar a la explicación oral.
Toda generalización en cosas de este tipo es injusta, y por ello es seguro que habrá situaciones de evidente y mensurable mejora en la práctica docente, en especial en las ramas de ciencias duras y especialidades técnicas. Pero en las ciencias sociales y la mayoría de las humanidades es dudoso que la práctica docente vaya a cambiar de modo general y sustancial en el futuro próximo, sea cual sea el discurso corporativo y administrativo. Entre otras, por dos razones; por una parte la falta de motivación real entre esa gran parte de los estudiantes que llegan a estas especialidades sin verdadera motivación por su estudio, forzados muchos por la insuficiencia de sus calificaciones para optar a otras lo que, a su vez, es indicio de una preparación insuficiente (y preparación instrumental básica como la capacidad de leer textos complejos y extensos o de escribir con cierto nivel), y faltos de curiosidad intelectual. Algunos la desarrollarán con el tiempo de vida universitaria, los más no y eludirán de una forma u otra métodos de trabajo que les exijan mayor esfuerzo e inversión de tiempo. Tampoco la mayoría de los profesores se sentirán muy estimulados a recorrer ese camino cuando lo que se les pide es más trabajo (corrigiendo más, dedicando más tiempo de preparación, sometiéndose a controles y requisitos), con grupos de dimensiones similares a los que han venido atendiendo, sin recursos adicionales y con retribuciones y estímulos profesionales iguales y estancados. Pero de momento lo que hay es burocratización, uniformización y formalización anquilosantes para la vida interna de las universidades, el mundo ideal para quienes piensan que es más útil y meritorio una hora (o las que hagan falta) de reuniones que una hora (o la que se pueda) en la biblioteca o el laboratorio.
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Catedrático de Historia del Pensamiento Político
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