Un año de cárcel y 90 latigazos
miércoles 12 de octubre de 2011, 20:38h
Cuantas veces, demasiadas, utilizamos los términos paradoja o contradicción para enmascarar lo que es simple y llanamente una hipocresía. Es paradójico, por ejemplo, que el cine iraní sea uno de los más presentes, y por ende premiados, en prestigiosos festivales cinematográficos del mundo y que después aparezcan noticias como la de la actriz Marzie Vafamehrha, castigada a un año de prisión y 90 latigazos. Es, en cambio, una gran hipocresía que el Ministerio de Cultura iraní autorizase el rodaje de la cinta en la que trabajó la citada actriz, titulada “Mi Teherán en venta”, y tiempo después la detenga y la encierre en la terrorífica cárcel de Garchak, de la que lo mejor que se ha dicho es que es un gallinero donde malviven aproximadamente 2.000 reclusas, entre ellas activistas políticas y sociales, con escasez de alimentos y dos letrinas y dos duchas para cada 200 reclusas.
El cine funciona en Irán, igual que lo ha venido haciendo a lo largo de la historia en otros regímenes totalitarios, como una eficaz vía para denunciar, a falta de una prensa libre, la vulneración sistemática de derechos; y su reconocimiento en el extranjero es, desde luego, un magnífico apoyo, aunque se eche de menos una mayor presión internacional que acompañe al correspondiente galardón. En la última edición del Festival de Berlín, la cinta “Nader y Simin, una separación”, se alzó con el prestigioso León de Oro a la Mejor Película, acaparando también los premios a la mejor interpretación tanto masculina como femenina y en ella se narra el proceso de divorcio de una pareja en un país en el que éste sólo se permite cuando el marido lo acepta, siempre, además, que la mujer renuncie a la suma de dinero pactada con anterioridad a la boda que, por otra parte, ha sido concertada de antemano por las familias y, desde luego, sin la posibilidad de quedarse con la custodia de los hijos.
Otra película iraní, “Good Bye”, tuvo asimismo este año una gran acogida en su presentación en Cannes. La trama gira en torno a una mujer embarazada cuyo marido, periodista, desaparece después de ser objeto de persecución por el régimen de Mahmud Ahmadineyad, y que trata por todos los medios de huir del país para evitar que su hija nazca en un sistema de total represión y tiranía. Sin embargo, como suele ocurrir con la mayoría de los certámenes, no son precisamente las cintas más valoradas en ellos las que luego adquieren las distribuidoras para venderlas a las salas y que puedan llegar al gran público. De hecho, a pesar de que el cine iraní ha empezado a abandonar en cierto modo esa estética de acción lenta, contemplativa y llena de silencios para ofrecer más dinamismo – en el caso de “Nader y Simin, una separación” incluso se ha comparado con un thriller de corte occidental – la mayoría de las producciones acaban proyectándose en pequeños cines fuera del circuito comercial o estrenándose directamente en DVD. Eso en el mejor de los casos, es decir, cuando no acaban olvidadas en un rincón o víctimas del mercado negro como ha ocurrido precisamente en el caso de “Mi Teherán en venta”. Paradoja o hipocresía.
Desde hace décadas el cine iraní ha sido uno de los más valorados por los jurados y la crítica especializada, llegando en 2006 a presentar en Cannes un total de seis títulos. Teniendo en cuenta las trabas en un país en el que los religiosos siempre han asociado el cine con una influencia occidental considerada corrupta y contraria a las buenas costumbres, constituye, desde luego, todo un acontecimiento. Y podría pensarse que es una paradoja que el Estado iraní apoye en bastantes ocasiones los proyectos de cine en lo que refiere a su distribución en el extranjero, mientras que con la otra mano prohíbe su exhibición en las salas del propio país. Sin embargo, es una clara hipocresía. Y, además, altamente peligrosa porque si en Irán no se puede hablar de libertad de expresión, mucho menos de seguridad jurídica, ese concepto tan básico y por eso mismo tan alegremente obviado que supone que si a alguien se le permite hacer una cosa en determinadas circunstancias, las cuales cumple a rajatabla, luego no se puede cambiar de repente la ley con carácter retroactivo o, peor y mucho más movedizo, dedicarse a interpretar la ley igual que si se cambia de opinión o de estado de ánimo.
Por supuesto a nadie se le escapa que en el caso de las mujeres iraníes, las probabilidades de meterse en problemas resultan bastante más elevadas y conllevan consecuencias mucho más contundentes. Y eso vale también para actrices con fama no sólo en Irán, si no también fuera de sus fronteras. Porque antes de la noticia de los 90 latigazos y un año de prisión, a Marzie Vafamehrha no la conocía nadie, pero por el contrario Golshifteh Farahani había sido premiada como Mejor Actriz en el Festival Fajr Film de Teherán, es hija de un conocido actor y director de teatro, y hasta se había hecho un hueco en Hollywood con su participación en la cinta dirigida por Ridley Scott “Red de mentiras”, junto a Leonardo di Caprio. De nada ha valido su hasta ahora intachable fama, desde su país le han conminado a arrepentirse precisamente por su actuación en el filme norteamericano y ha pasado de ser una “star” admirada por los suyos a asumir que si quiere volver a reunirse con su familia y sus amigos, más le vale pagarles un billete para que sean ellos quienes tomen un vuelo a Los Ángeles. Un grupo islámico de su país le ha recordado que “la alfombra roja de Hollywood sobre la que camina está impregnada de la sangre de las madres y los niños de Gaza”.
Fuera del cine, las mujeres iraníes continúan luchando contra la intolerancia y la discriminación en un país en el que el hombre – padre, hermano o esposo – controla todos sus movimientos, decide con quien se casa, lo que puede estudiar y el puesto de trabajo que debe o no aceptar. Puede ser lapidada por adulterio o “conducta sexual inapropiada” y castigada a 74 latigazos por llevar el hiyab mal colocado. Su última conquista, de la que se muestran claramente satisfechas las activistas, ha sido la aprobación de una ley que iguala para hombres y mujeres la suma de las indemnizaciones que las aseguradoras han de pagar en caso de accidente: hasta ahora a una mujer se le pagaba la mitad que a un hombre, a pesar de que las cuotas eran exactamente las mismas para ambos sexos.
La paradoja, perdón, la escandalosa hipocresía es que este país que sigue negándose categóricamente a ratificar el principal código internacional sobre los derechos de la mujer – la Convención para la Eliminación de Toda Forma de Discriminación contra la Mujer – haya sido nombrado miembro de la Comisión sobre la Situación de la Mujer de la ONU. El presidente Ahmadineyad lo tiene claro: “el feminismo es un grito de protesta de las mujeres aplastadas por el sistema capitalista”. Parece que somos los demás quienes no lo tenemos nada claro.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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