Análisis de un texto para la paz
martes 18 de octubre de 2011, 21:20h
La declaración de la Conferencia de paz celebrada ayer en San Sebastián es una muestra de cómo ha calado internacionalmente el manipulador mensaje de la izquierda abertzale sobre el denominado, por ella, “conflicto político vasco”. Que hoy la izquierda abertzale se adhiera sin discrepancias a dicha declaración confirma el despropósito de la misma, la cual, queriendo aparentemente presentarse como equidistante entre dos supuestos bandos en “confrontación armada”, hace en realidad suyas las posiciones de uno de ellos.
Hace años, en la prensa extranjera, apenas salían noticias españolas que no tuvieran como referencia algún atentado de ETA, la cual era sistemáticamente calificada, en periódicos tan significativos como Le Monde o Financial Times, de “grupo independentista”. No solía aparecer una condena explícita de sus actividades sanguinarias sino que más bien se mostraba una actitud distanciada hacia una cuestión que se consideraba interna y, en último término, fruto de las rémoras arrastradas por un país anquilosado que no había resuelto todavía todos los problemas heredados de la dictadura franquista.
Hasta los años noventa del pasado siglo, incluidos los que Pierre Joxe, presente ayer en San Sebastián, fue ministro del Interior con François Mitterrand en los ochenta, ésta fue la tónica del tratamiento internacional del “conflicto” vasco. Todo el que deambuló por París en aquellos tiempos conoce bien lo nutridas que estaban las manifestaciones proetarras que los distintos gobiernos galos autorizaban sin mayor miramiento de las ideas totalitarias de los convocantes, y cómo los etarras se movían sin demasiadas dificultades por Francia y Bélgica. E, incluso, muchos recordarán el respecto que los terroristas merecían para cierta izquierda que no se había desprendido plenamente del lastre de su obnubilación estalinista, fácilmente perceptible bajo el ropaje rococó de los floridos discursos existencialistas y/o postmodernistas de los cafés del boulevard Saint-Germain y de la Sorbonne. El floripondio rococó llega siempre que una ideología o un arte han perdido su vitalidad y sus principios; entonces se engalanan las viejas y moribundas creencias, que ya no se sabe revitalizar, con retóricas huecas.
La modernización de la sociedad española y el crecimiento de la economía fueron cambiando lentamente la imagen que en el exterior se tenía de nuestro país, y esto contribuyó a que el terrorismo etarra se valorase a nivel internacional en su justo término, es decir: se impuso la idea de que había una banda terrorista de ideología totalitaria que amedrentaba a la sociedad española, y especialmente a la parte vasca de la misma, con sus métodos violentos y asesinos.
Las graves consecuencias del terrorismo yihadista y los cientos de muertos provocados por el mismo en las últimas décadas supusieron también, ya en el nuevo siglo, un cambio de mentalidad en todas las sociedades occidentales y en muchas no occidentales. ETA, como otras organizaciones terroristas, aunque nada tuviese que ver con el yihadismo, se vio gravemente afectada por este cambio de las circunstancias, que llevó a todos los gobiernos a poner el foco sobre el problema: el terrorismo tenía que ser dura y abiertamente combatido cualquiera que fuese la ideología y fines que lo sustentasen. Así ETA empezó a ver cómo algunos llamados “santuarios” dejaban de serlo.
La cooperación de Estados Unidos y de Francia ha sido clave en estos últimos lustros para debilitar a ETA y llevarla a la situación límite en que se encuentra por la detención sistemática de sus dirigentes y de sus activistas, la localización de algunos de sus más importantes arsenales y el cierre de sus principales fuentes de financiación. El fracaso de la estrategia terrorista etarra tras medio siglo de acciones criminales, más de treinta años de la misma bajo un sistema democrático, ha llevado a muchos dirigentes abertzales a pensar que por ese camino no se conseguiría ni el objetivo de la independencia ni la imposición de sus políticas. La Ley de partidos les obligó a una travesía del desierto que reafirmó esta idea y les hizo apostar por la vía política, la cual encontró en Bildu, con el beneplácito del Tribunal Constitucional, una nueva expresión. Los resultados electorales no pueden olvidarse, pero tampoco interpretarse como lo que no son: una visión uniforme y monocorde de la sociedad vasca según los principios de la izquierda abertzale. Una educación y una cultura radical y absurdamente antiespañola, tergiversando la historia común, tienen mucho que ver con esta nueva circunstancia, pero dejémoslo para otro momento.
Para entender un texto, hay que conocer el contexto, y éste aquí sucintamente descrito es en el que se enmarca la declaración de la Conferencia de paz de San Sebastián, pero parece que sus firmantes cayeron ayer repentinamente en la ciudad vasca desde otra galaxia. Para entender un texto también es necesario saber a quién se dirige y cuál es su intención. La declaración va dirigida a ETA, a los gobiernos español y francés y a la ciudadanía. En este último caso, no se sabe bien si vasca, española y/o francesa. La intención es plausible: propiciar la paz. Analicemos el texto brevemente para ver lo mal que encaja en el contexto, y, por lo tanto, su ineficacia para el buen fin que persigue.
Se dice en su primer párrafo que “ha llegado la hora y la posibilidad de finalizar la última confrontación armada de Europa”. Además de ser mentira, porque no es lamentablemente la última, dado que en los Balcanes hay todavía conflictos abiertos como el de Kosovo, haría falta especificar que la “confrontación armada” es entre un grupo terrorista que empuña las armas y pone las bombas y un Estado de Derecho que defiende a sus ciudadanos frente a ese grupo terrorista con las leyes democráticamente aprobadas y, sólo en contadísimas ocasiones, con el también legítimo uso de la violencia contra la violencia ilegítima. En esto no caben equidistancias.
Es difícil saber, dado lo superficial de los primeros párrafos, a qué pueden referirse los declarantes con expresiones como “valentía”, “tomar riesgos”, “compromisos profundos”, “generosidad”, “visión de hombre de estado” o “paz justa”. Estos conceptos pueden significar cosas muy diferentes si no se tiene claro de qué tipo de “confrontación armada” se habla.
La declaración concluye con cinco puntos algo más precisos. El primero invoca a ETA para que declare el “cese definitivo de la actividad armada”. Es normal que no quieran utilizar ahí la palabra “terrorismo”, que, por cierto, va más allá de la “actividad armada”. Están bien este tipo de peticiones, a las que hoy se suma la izquierda abertzale, la cual debe tener además línea directa con el interlocutor a quien dirige el mensaje, mas no sé si es necesario que los demócratas pidamos a los violentos que no nos maten, ni nos extorsionen, ni nos intenten imponer sus ideas antidemocráticamente. Se da por supuesto que la violencia no forma parte del juego político de la democracia. Lo que hacen los demócratas es intentar garantizar los derechos y libertades de todos.
En este primer punto se pide a ETA también que solicite a los gobiernos español y francés un diálogo “para tratar exclusivamente las consecuencias del conflicto”. En el segundo punto, se insta a estos gobiernos a que acepten dicho diálogo. Es cuestionable por qué hay que hablar sólo de las consecuencias y no de las causas, porque si de verdad se quiere resolver un problema hay que ir al fondo del mismo, pero bien está que se empiece el debate por aquello en que es más fácil ponerse de acuerdo. Aparentemente, según el punto cuatro, este diálogo se debe entablar de igual a igual entre una organización terrorista y dos gobiernos democráticos, asistidas ambas partes por “facilitadores internacionales”, dispuestos, según el punto cinco, a “organizar un comité de seguimiento”. Que el diálogo sea de igual a igual, lo que no dice expresamente la declaración, pero se sobreentiende, no me parece evidente por lo que ahora se verá.
Conviene recordar a los “facilitadores” que ese diálogo, en el caso del gobierno español, se ha iniciado varias veces. Los terroristas siempre lo han utilizado para armarse y seguir extorsionando, volviendo rápidamente a matar y a intentar imponer por medio de la violencia su miope visión política. Conviene también recordar que “las consecuencias del conflicto” son principalmente que hay casi mil muertos a manos de ETA y un clima de presión social que ha impedido un verdadero ejercicio de la democracia en muchos pueblos y ciudades vascas, y que el Estado de Derecho ha tenido que dedicar ingentes esfuerzos políticos, sociales y económicos para impedir que los terroristas maten, extorsionen y acobarden a los ciudadanos, de los cuales un número importante ha tenido que vivir, y viven en muchos casos, acompañados de escoltas para proteger sus vidas.
El punto tres quiere equiparar a las víctimas con los verdugos al hablar de “todas las víctimas” sin distinción. Sin olvidar algunos errores como los GAL, no hay equiparación posible.
Finalmente, la invocación a una “consulta a la ciudadanía” que hay en el punto cuatro, reflejo explícito de la influencia nacionalista sobre este texto, bajo su aparente pátina democrática, esconde un desconocimiento de dónde radica la soberanía española y francesa, y también olvida que, en el caso de España, las Cortes dijeron claramente a un presidente del gobierno vasco•cuál era el camino si se quería modificar la Constitución.
El fin del terrorismo etarra es un objetivo perseguido incansablemente por todos los demócratas. Todos los gobiernos de la democracia han luchado por conseguirlo. Es posible que las condiciones sean más favorables que años atrás, sobre todo por la eficacia de la lucha antiterrorista. Precisamente ahora, cuando el fin está más cerca, es cuando hay que ser más firmes en los principios. Me permito reiterar unos párrafos publicados hace más de un año en un artículo titulado “Unidad y firmeza contra ETA”: “En democracia, no hay ninguna negociación política posible con una banda terrorista. En democracia, a los que quieren que la violencia sea un elemento más del diálogo –impositivo en su caso–, se les combate con las armas que da el Estado de Derecho, incluido el uso legítimo de la violencia por las fuerzas y los cuerpos de seguridad (...). El siglo XX es una experiencia demasiado cruda para andarnos con zarandajas con los antidemócratas que quieren utilizar las vías que otorga la democracia liberal a todos los ciudadanos para socavar la propia democracia y así conseguir sus fines (...). De ETA (...) lo que se espera es un cese total y definitivo y verificable de la violencia, es decir, una entrega de las armas y una puesta a disposición policial de los terroristas perseguidos por la justicia. Luego, se podría esperar que las fuerzas políticas democráticas acordasen mayoritariamente regular ciertos beneficios penitenciarios para los que voluntariamente se hubieran entregado. Una sociedad como la vasca y una sociedad como la española, que ansían la paz, entenderían bien una cierta benevolencia cuando se constatase fehacientemente el deseo individual de cada terrorista de poner fin a las acciones armadas. Es a lo más que puede llegar un Estado de Derecho y los terroristas tienen que tenerlo claro. No hay más concesiones posibles, y menos políticas. Pienso también que una sociedad democráticamente madura, como es la española, tiene claro que estas políticas no serían una cesión ante los terroristas sino una manera de encauzar más rápidamente el deseo de paz y convivencia. Todo esto sin olvidar a las víctimas, que han sufrido directa e individualmente la locura de unas acciones aborrecibles que iban dirigidas contra el conjunto de la sociedad, acciones que se basaban en la idea de que la sangre derramada de un supuesto enemigo podía valer, para conseguir los objetivos perseguidos, más que la ley, que el diálogo democrático, que la convivencia pacífica”.
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Profesor de Historia del Pensamiento Político
JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.
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