Rafael Altamira, un gran maestro
martes 18 de octubre de 2011, 21:28h
Estamos celebrando el Año Internacional de Rafael Altamira, presidido por S.M. el Rey Juan Carlos I, cuyo Congreso Internacional -entre otras muchas actividades que se están desarrollando básicamente en Madrid, Alicante, Oviedo y Buenos Aires, aunque también en Valladolid, Sevilla, Murcia, París y Puebla (México)- se inauguró el pasado lunes 17 en la Universidad Complutense de Madrid -la Universidad Rey Juan Carlos también le dedico unas Jornadas hace pocas semanas-, con la presencia de su nieta Pilar Altamira, siempre perseverante en la justa reivindicación de la figura de su abuelo. Todo ello para conmemorar el 60 aniversario de la muerte del ilustre humanista, jurista, pedagogo, literato, historiador y americanista. Nos encontramos sin duda ante un grande de la cultura española y universal, que podríamos definir como un verdadero hombre del Renacimiento.
Su labor jurídica y pacifista deja su huella en Europa, siendo Juez permanente del Tribunal de Justicia Internacional de La Haya (de 1921 a 1940). Podría haber sido Nobel de la Paz, estaba propuesto -ya lo estuvo también en 1933-, pero sus ochenta y cinco años se apagaron antes en México D.F., lejos de su alicante natal -era exiliado del franquismo-, el 1 de junio de 1951. Es difícil destacar algún punto de la labor de un sabio como Altamira, sin embargo, sobresale su trabajo pionero como americanista científico e investigador del Derecho Indiano.
Muy joven entró en contacto con Giner de los Ríos, Cossío, Salmerón y Joaquín Costa, en la Universidad de Valencia hace amistad también con Blasco Ibáñez. Ya en Madrid, en 1886, Gumersindo de Azcárate le dirige su doctorado, conoce la Institución Libre de Enseñanza con la que se sentirá identificado de por vida, como tantos otros intelectuales de su tiempo. En estos años desarrolla una gran labor de reconstrucción educativa e investigación en archivos como secretario segundo del Museo Pedagógico Nacional. En 1897 logra la cátedra de Historia de Derecho Español en una universidad clave en la España de aquella época, la Universidad de Oviedo, pionera en la Extensión universitaria, de la que participa también el propio Altamira. Entre 1909 y 1910 realiza su conocido viaje a Hispanoamérica, está en siete países durante nueve meses, imparte cerca de 300 conferencias, su estancia tiene una gran repercusión a aquel lado del Atlántico, es nombrado Honoris Causa por varias universidades de América y Europa. Dictó conferencias en países como Estados Unidos, Francia o el Reino Unido. En 1914 gana la Cátedra en la Universidad Central de Madrid. En la década de los veinte desarrolla una importante actividad internacional jurídica y pacifista. Tras la Guerra Civil española vive en Holanda, Bayona y, por fin, México, donde están sus dos hijas, Pilar y Nela.
No es fácil valorar una obra tan ingente, panorámica y densa como la de Altamira. Sin duda se encuadra dentro del regeneracionismo que inició Costa. No le faltaba razón a Federico Mayor Zaragoza cuando en la inauguración del Congreso Internacional en la UCM, describía a Altamira con dos acertadísimas frases: “avanzado de la cooperación internacional” y lo que para mí aún es más importante: “hacedor de puentes”. Puso Altamira especial énfasis en la rehabilitación histórica de España, de su tradición y cultura. Menéndez Pidal describe sus 4 volúmenes de la Historia de España y de la civilización española de la siguiente significativa manera: “todo lo que hoy se podría soñar respecto de un manual de su clase”. Escribió más de setenta libros, también practicó de manera brillante la crítica literaria y el periodismo. En 1922 Valentí Camp señala con acierto que “casi todos sus libros revelan elevación de pensamiento, de amor a las ideas, generosidad de espíritu y un sentido reformista para mejorar las instituciones docentes”. Fue Altamira un hombre realista, comprometido con su tiempo, buen conocedor de la dureza del mismo, aunque esto no le impedía mantener sus sólidos principios éticos. Así lo demuestra en una de sus muchas conocidas frases: “procede siempre de buena fe, pero cuenta con la mala fe de los demás”.
Me recuerda Altamira a Russell, en muchas cosas, estamos ante dos grandes historiadores, profundamente internacionalistas y que confiaron muchos esfuerzos y esperanzas en la transformación de nuestra sociedad a través de la educación. Hoy nuestro mundo desorientado y en crisis de valores y de finalidades precisa de grandes personalidades como Bertrand Russell o Rafael Altamira, verdaderos sabios, hombres comprometidos con su tiempo, enormemente trabajadores, que lucharon frente al fanatismo con valor, generosidad e inteligencia. Sirva este breve artículo de sentido homenaje al maestro que fue, y por supuesto sigue siendo, Rafael Altamira.
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Catedrático de Derecho de la URJC
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