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La última bomba de ETA

jueves 20 de octubre de 2011, 21:07h
“ETA ha decidido el cese definitivo de su actividad armada”. La noticia es buena, aunque llega 50 años tarde. Y tramposa, como todo lo que rodea al brazo armado del nacionalismo vasco. Pero vayamos por partes.

En 1960, la explosión de una bomba en la estación de ferrocarril de Amara -Guipúzcoa- acababa con la vida de Begoña Urroz Ibarrola, un bebé de apenas 22 meses de edad. Sería la primera de una larga lista formada por casi 900 víctimas mortales, todas ellas inocentes. Conviene hacer esta precisión porque durante este medio siglo no ha habido únicamente atentados mortales o familias destrozadas por secuestros y extorsiones, sino flecos casi tan ruines como lo anterior. El primero de ellos, el de determinadas expresiones a la hora de hablar de víctimas “a secas” o víctimas “inocentes”, dependiendo del uniforme o afiliación política del asesinado. Primera infamia. Todos y cada uno de los asesinados por el brazo armado del nacionalismo vasco son inocentes; los únicos culpables son sus asesinos y quienes los amparan.

“El camino no ha sido fácil”. Cierto. Segar la vida de casi un millar de personas entraña su dificultad, al igual que arruinársela a miles de familias que tuvieron que salir de Euskadi ante las amenazas del nacionalismo radical. Y qué decir de su “frente institucional”; eso sí que es de nota. No ha habido proceso electoral alguno en el que ETA haya dejado de intenar colar a los suyos en las instituciones. Unas veces ha tenido más suerte que otras aunque, curiosamente, cada vez que el PSOE estaba en el poder las trabas eran menores.

Tienen razón igualmente cuando afirman que “el respeto a la voluntad popular debe prevalecer sobre la imposición”, aunque es aberrante que lo digan quienes llevan décadas imponiendo el nacionalismo a base de muerte y extorsión. Hay que tener todo esto muy claro a la hora de valorar un comunicado artero. No es ETA quien ha decidido dejar de matar; sino la labor de jueces, fiscales y Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado la que ha llevado a la banda a capitular. Pero antes, los asesinos quieren asestar un último golpe al conjunto de la sociedad española, con una serie de reivindicaciones que los Arzallus, Eguiguren o Zapatero de turno se mueren por concederles. Pero eso no puede ser.

No, al menos, en un estado de derecho que se precie de serlo. La justicia ni es ni deja de ser generosa; es, simplemente eso, justicia. Si mañana todos los pederastas, traficantes de drogas o maltratadotes deciden cesar en su actividad y proponer al Estado “un proceso negociador”, a todos nos parecería una broma de mal gusto. Pues esto es igual; ETA no es sino una banda de delincuentes de la peor ralea, y que dejen de matar es lo suyo. Punto. Y final, no aparte ni seguido. Lo contrario sería legitimar tanta muerte y dolor. Izquierda, nacionalistas y grupo PRISA deberían tener claro que nunca ha habido dos bandos, sino unos que mataban, y otros que morían por el simple hecho de ir al colegio, estar haciendo la compra en Hipercor o jugar a las casitas en el patio alguna casa cuartel de la Guardia Civil. Es hora, pues, de honrar a las víctimas, y no de premiar a sus asesinos. Ya habrá tiempo de comer “Faisán”.


Antonio Hualde

Abogado

ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset

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