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El shock de Tierra Santa

miércoles 26 de octubre de 2011, 21:48h
Cuando contemplé desde Jordania el inmenso desierto en el que está instalado el Monte Nebo, desde donde Moisés distinguió la Tierra Prometida que manaba leche y miel, me entró una especie de convulsión tan religiosa como humana, que acabó en lágrimas. Era verdad que el monte estaba allí. Era verdad que un tal Moisés pudo descansar en paz, aunque él mismo jamás pisara esa tierra bendita. Era verdad que la Historia de Salvación hundía sus raíces mucho tiempo atrás, en aquel peregrinaje de un pueblo que adquirió personalidad en la medida en que era Pueblo de Dios, actualmente convertido en el Pueblo de Dios Eclesial por medio de la persona humana y divina de Jesucristo, hijo de Dios y de María de Nazaret. Y de cuantos le han sucedido en el signo de la fe y tal vez duerman ya el sueño de la paz, como rezamos en la Eucaristía.

Nebo, ese monte desde el que me autocomprendí como heredero de una historia complejísima, una historia que me salva y a la que me siento del todo unido como parte de la misma. También yo vengo del desierto y haría bien en contemplar la realidad desde el Monte Nebo, como Moisés. Aunque después de trabajar duro para que esa historia siga su curso, tampoco yo llegara a gozar de la Tierra Prometida aquí abajo…, pero absolutamente seguro de hacerlo más allá del aquí y del ahora, como decía Teilhard.

La visita al monte de Moisés, añadida al plan original del viaje que no la contemplaba, ha significado un shock de altos vuelos para mi fe un tanto aletargada pero sobre todo reducida a los ámbitos del Nuevo Testamento. El Antiguo también existe y es el fundamento para comprender el Nuevo. Jesucristo late en Abraham, en David, en Moisés, en todos los grandes personajes que le precedieron. Estos días, comprendí que también me precedieron a mí. En el asfalto.

Norberto Alcover

Profesor de la Universidad Pontificia de Comillas

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