La campaña electoral
martes 01 de noviembre de 2011, 18:58h
La política democrática nació en Grecia para articular la convivencia entre los ciudadanos y los no ciudadanos que habitaban la polis. De ahí que las medidas de policía --entendida esta palabra en un sentido mucho más amplio que el que normalmente le damos-- fuesen las primeras y prioritarias. Todavía hoy la segunda acepción del Diccionario de la Real Academia Española conserva el significado original: “buen orden que se observa y guarda en las ciudades y repúblicas, cumpliéndose las leyes u ordenanzas establecidas para su mejor gobierno”. Si le añadimos las dos siguientes acepciones: “limpieza, aseo” y “cortesía, buena crianza y urbanidad en el trato y costumbres”, tenemos el sentido prístino. Los dos principios esenciales de la democracia ateniense eran los de isonomía, o igualdad ante la ley, e isegoría, o igual libertad de palabra para intervenir en la Ecclesia o Asamblea. El logos, la palabra que sigue la inspiración de la razón, era, en la versión idealizada que tenemos de Atenas, el camino para alcanzar el consenso, la concordia que permite guiar las acciones de gobierno hacia el bien común.
Las democracias contemporáneas, nacidas en el siglo XIX sobre la base del liberalismo político revolucionario, entendieron la sociedad como un conjunto de partes con intereses individuales y contrapuestos, que debían confrontarse a través de sus representantes en el Parlamento por medio del diálogo. En último término, el gobierno salido de la mayoría parlamentaria, tenía que ejecutar los acuerdos de las partes. El bien común se convertía así en un concepto difícilmente calificable y cuantificable que debía ser sustituido por el gobierno de la mayoría según un cálculo utilitarista que, buscando la felicidad del mayor número, parecía obviar u olvidar la de todos, y especialmente la de la parte más desfavorecida de la sociedad, siempre molesta para las clases acomodadas. El liberalismo social, la democracia cristiana y la socialdemocracia corrigieron desde finales del siglo XIX muchos de los problemas a que tal concepción del sistema político llevó.
En las democracias contemporáneas, según los resultados electorales y a través de los representantes elegidos, una parte de la sociedad se impone a las otras durante el tiempo, siempre limitado, que dura su mandato, partiendo del principio sustancial de que existen unos derechos y libertades fundamentales inviolables, que, como nos enseñó Benjamin Constant en su célebre conferencia de 1819 “De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos”, no existían en la Atenas de Pericles. Estos derechos y libertades, frente al modelo asambleario ático, son los que hacen más vivideras y soportables las democracias actuales cuando a uno le toca ser la minoría.
En tiempos de campaña electoral, como los que hoy comienzan, conviene recordar que la democracia es esencialmente la posibilidad del cambio de las mayorías, como explica el gran jurista alemán Hans Kelsen en su obra de 1920 De la esencia y valor de la democracia. Afortunadamente, si vuelven los “liberales, cual torna la cigüeña al campanario”, liberales que son ya muy distintos y a lo mejor contrarios a los que se refería Antonio Machado, no será por el juego caciquil sino porque los ciudadanos habrán decidido que es tiempo de alternancia para probar otras políticas que, confiemos, den resultados frente a la crisis.
Los especialistas del PSOE en mercadotecnia política y oráculos de encuestas creyeron que noviembre sería mejor fecha para convocar las elecciones según sus intereses partidistas, porque podrían esperarse unas mejores cifras de empleo que permitiesen “vender” el humo evanescente de que la recuperación económica estaba en marcha. Se han equivocado. La nueva encuesta de población activa hunde aún más en la miseria de sus políticas al Gobierno de Zapatero y al partido que lo ha sustentado. Sería injusto no reconocerle algunos méritos, y no es el menor haber conseguido que ETA deje las armas, pero ya ni esto parece poder cambiar las previsiones electorales ni la desilusión y el desánimo que Zapatero ha producido en muchos votantes de izquierda.
El PSOE, desesperado, vuelve a resucitar el eslogan del miedo a que viene la derecha cavernaria, como decía Alfonso Guerra hace unos años, pero la realidad es tan cruda que la mayoría de la gente prefiere un cambio con la esperanza de que se corrija la cifra de cinco millones de parados, una tasa de desempleo que es el doble que la de la media europea y que no es soportable para un país que creía, hace muy pocos años, haber alcanzado la primera línea internacional. Zapatero ha estado muy por debajo de las expectativas que la sociedad española había puesto en él durante una legislatura en la que Aznar sacó a relucir algunos de los peores modos de la derecha española, aderezada con sal y pimienta neocon. Rubalcaba no puede desprenderse de una herencia que ha contribuido, en lo bueno y en lo malo, a acumular. La nueva cifra de paro ratifica que las elecciones deberían haberse convocado mucho antes para que con tiempo suficiente se preparasen unos presupuestos que hiciesen frente a la situación insostenible de la economía y de las consecuencias sociales que la misma provoca. Ahora tendrán que hacerse deprisa y corriendo, por otro lado una costumbre demasiado inveterada en nuestro país: tarde y no siempre bien.
Los propios líderes socialistas dan todo por perdido y ni siquiera están muy seguros de que vayan a conseguir los 110 ó 120 diputados, cifra que supondría un gran fracaso. Puestas así las cosas, lo mejor sería pensar ya en el futuro y a lo mejor así se mejoraba algo el presente. El PSOE podría renunciar a enrocarse, como ha hecho el PP tantas veces durante esta legislatura, y facilitar así un gran consenso para llevar a cabo las grandes reformas que necesita la sociedad española: reforma constitucional, reforma electoral, reformas estructurales que garanticen el Estado del bienestar (educación, sanidad, pensiones), armonización de las disfuncionalidades que el Estado autonómico provoca, fijación de objetivos claros en la política internacional...
Mas las campañas electorales suelen ser malos tiempos para la concordia. La policía, en el sentido antes expresado, suele estar ausente de las mismas. Los políticos convierten estos días previos a las elecciones en la quintaesencia de la mala política, una permanente descalificación del contrario utilizando ad nauseam la falacia ad hominem, hasta el punto de insultar diariamente la inteligencia del ciudadano medio con constantes simplificaciones. En vez de informar se prefiere deformar la realidad y desinformar al votante, moviendo los bajos instintos más que la razón.
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Profesor de Historia del Pensamiento Político
JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.
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