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EPPUR SI MUOVE

¿Pero qué broma es esta?

viernes 04 de noviembre de 2011, 08:59h
Las Brigadas Internacionales ya tienen su monumento. Poco importa que se haya erigido sin los oportunos permisos y licencias urbanísticas, porque para eso están las leyes: para saltárselas. Lo verán sobre todo los estudiantes de la Universidad Complutense de Madrid, ya que es allí donde se ha instalado. Resulta chocante: un homenaje a la destrucción justo donde se forman las generaciones del futuro. Porque si destrucción trajeron a España los voluntarios italianos del Corpo Truppe Volontarie y los alemanes de la Legión Cóndor, lo mismo puede decirse de los brigadistas internacionales: extranjeros que vinieron a nuestro país para matar españoles. Si, si, mucho idealismo y mucha gaita, pero con un fusil en la mano.

En mi familia, como en casi todas, hubo gente en los dos bandos. Hace medio siglo, habría quien podía contar atrocidades cometidas por unos y otros; hoy, quedan ya muy pocos supervivientes de aquello. En mi familia, como en casi todas, hay opiniones contrapuestas. Pero en mi familia, como en casi todas, estamos más pendientes del día a día que de algo que ocurrió hace más de 70 años. Los hay que no, desde luego. Gentes empeñadas en desenterrar odios pasados, no se sabe muy bien con qué objeto. Eso sí, el que cava donde no debe corre el riesgo de encontrar lo que quizá no quiere. Tal fue el caso de las fosas excavadas cerca de Alcalá de Henares, cuyos trabajos se interrumpieron bruscamente cuando alguien reparó que lo mismo aparecían los restos del anarquista Andreu Nin, torturado y asesinado por los suyos en aquella zona.

Los hubo que sí sobrevivieron. Fue el caso de un joven aprendiz de imprenta, cuyo hijo alcanzaría la cátedra de Matemática Aplicada y, hace bien poco, el rectorado de la Universidad Complutense: José Carrillo. Seguramente, los abuelos de muchos de sus alumnos combatieron en trincheras diferentes, pero hoy esos nietos viven en paz, ajenos a resquemores felizmente superados. Muchos de ellos pasarán a diario frente al monumento de marras y, probablemente, ni reparen en él. Es lo suyo.

Otros, sin embargo, se ahorrarán ese problema, pues ni tan siquiera llegaron a nacer. Son -o, mejor dicho, habrían podido ser- los descendientes de los miles de asesinados impunemente en Paracuellos. Sus nombres figuraban en macabras listas de muerte, rubricadas en su mayoría por el delegado de la Consejería de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid, un tal Santiago Carrillo. El, en cambio, sí que estuvo en la inauguración del monumento, al igual que en Paracuellos.

Don Pedro Muñoz Seca, el genial autor de La Venganza de Don Mendo, podría dar testimonio, de no ser porque fue uno de los fusilados justo allí. Otros perecieron en las Checas de Madrid, centros de detención y suplicio donde se cometieron todo tipo de atrocidades -dependientes, en gran medida, del mismo organismo y la misma persona; el padre del rector, vaya-. Reitero; salvajadas hubo en ambos lados, aunque ahora parece que sólo cuentan las de uno. Y como dijo Ortega, “no es eso, no es eso”. La Universidad es sitio para rendir tributo a humanistas, pensadores o científicos, no a asesinos; matasen en nombre de quien matasen. Sólo falta poner un busto de Leire Pajín en el decanato de Filosofía. No pega, ¿Verdad? Pues eso.
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