Récord Guiness
sábado 05 de noviembre de 2011, 20:21h
Desde que Steve Jobs, el Leonardo de la microinformática, cambió la vida de los seres humanos, las posibilidades de que uno de nosotros logre su minuto de gloria han aumentado sobremanera. Ya no es preciso quemar el templo de Artemisa en Éfeso ni desvalijar el Louvre de París para convertirse en protagonista de la Historia. La celebridad, gracias a Jobs, está al alcance de un clic. Disponemos de innumerables alternativas, pero sin duda la más cómoda es descargarse el libro Guiness de los récords, seguramente el peor libro del mundo, seleccionar cualquier empresa heroica y llevarla a cabo con todos los requisitos establecidos a fin de poder ocupar legítimamente un lugar en la galería de hombres ilustres.
Así ha procedido efectivamente cierto nepalí, estudiante de posgrado, al anunciar urbi et orbi su pretensión de pasarse seis días con sus correspondientes noches leyendo sin parar. Convencido de que semejante gesta demostrará que “los nepalíes valemos mucho cuando se nos brinda la oportunidad” y que “si un nepalí quiere algo llega hasta el final”, aspira a batir el récord que posee otro paisano suyo. La noticia de que un solo hombre vaya a leer de una vez lo que millones de españoles no leerán en toda su vida ha sacudido las casas de apuestas. Para verificar la limpieza del proceso, el nepalí será atendido por dos docenas de azafatas y varios inspectores, entre ellos un prodigio de la evolución que logró la impresionante proeza de botar cuatrocientas cuarenta y cuatro veces en un minuto una pelota de baloncesto, siete botes por segundo, un hecho que ha servido al menos para probar que hay pelotas que se mueven como neutrinos.
Aunque no quiero ser mezquino y preguntarme por las razones de orden psíquico que hay detrás de todo esto, confieso que me ha enojado la elección del nepalí. Leer sin detenerse, durante días, como una vaca que deglutiera la hierba sin rumiarla o como un monje tibetano que repite hasta la extenuación una frase hueca, tiene algo de nauseabundo, al menos para los retrógrados que experimentamos todavía el goce de la literatura y no digamos para quienes escribimos ¿No le sucederá a este tipo al ver un montón de palabras reunidas en un papel lo mismo que a esos caudillos que desatan guerras únicamente porque advierten la posibilidad de obtener una victoria?
Yo he leído en el curso de mi vida varios libros y sé por experiencia que bastaría con que una palabra se interpusiera entre mi voluntad de seguir leyendo y la necesidad de pensar en ella para que me fuese imposible rematar la hazaña que se propone el nepalí. Salvo que los textos elegidos para realizarla sean tan insulsos como el propio libro Guiness, cuesta creer que pueda nadie pasar seis días y seis noches deslizándose por la superficie de unas cuantas obras sin acceder en ningún momento a su contenido y, todavía menos, accediendo a él. Los griegos antiguos exigían a los reos condenados a beber el veneno que apuraran la copa hasta el final. Sabían que un simple sorbo dado al líquido de la superficie puede no causar efectos. Igual pasa con la lectura. Deslizar los ojos por encima de las letras, pronunciarlas en alto como chiquillos de madraza, no es leer. Rancios prejuicios pretenden que la lectura sea considerada siempre algo muy positivo, pero si ésta no deja ninguna huella es como fornicar para quemar calorías. Quizá en la nueva infraestructura virtual derivada de las actuaciones de mister Jobs, por usar la jerga del momento, no tengan sentido tales matices, pero para los que no somos capaces de desprendernos de la sombra de la tradición llamar lectura a estos ejercicios bucales nos parece tan absurdo como juzgar la calidad literaria de un manuscrito analizando su caligrafía.
Uno piensa en todo lo que ha pasado en la historia –el jeroglífico, las primeras letras, el frágil rollo de papiro, el costoso pergamino, la imprenta- y siente que algo se está devaluando cuando un hombre propone al mundo pasarse seis días y seis noches recorriendo con sus ojos montañas de papel simplemente por demostrar que es capaz de no cerrarlos en ese tiempo. Con lectores así a ningún escritor puede importarle el fracaso. Las largas horas al acecho de la palabra justa, el esfuerzo por captar la atención, resultan tan inútiles como si hubiera dirigido sus textos a un auditorio de cadáveres. El recordman, símbolo del hombre corriente, resbala sobre los vocablos más incisivos igual que sobre los números que indican las páginas. Nada deja en él ninguna huella. La lectura, el arma más poderosa que ha inventado el hombre, se convierte en sus manos en una especie de nada estéril, pueril y pedagógica. Frente a esto hay que recordar ahora a aquel chino que, mientras andaba camino del patíbulo, seguía leyendo un libro que sabía que nunca podría terminar.