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CRÍTICA

Jonathan Franzen: Libertad

domingo 06 de noviembre de 2011, 17:09h
Jonathan Franzen: Libertad. Traducción de Isabel Ferrer. Salamandra. Barcelona, 2011. 672 páginas. 25 €
Todos necesitamos esperanza. Sobre todo, en un mundo donde se lincha al malo de la película delante de un espectador que ya no sabe quiénes son los buenos ni si su condición humana se reduce precisamente al hecho de ser un espectador; un mundo en el que miles de personas pasan hambre mientras algunos, gracias a la ingeniería financiera y a un capitalismo especulador por definición, gastan millones en prostitutas de lujo. Todos necesitamos esa esperanza que Franzen ofrece en Libertad. Confianza en el género humano, el amor, la amistad, la familia, la posibilidad de reconstruirnos y de que la buena voluntad nos redima de errores y diferencias ideológicas, culturales, de clase, raza, edad, sexo y religión. Otra cosa es si podemos creer en esa esperanza. Desde un punto de vista humano y novelesco.

Libertad recorre las últimas décadas de Historia estadounidense a través de los Berglund. Patty, baloncestista y después ama de casa, y Walter, amante de la naturaleza, se conocen en la universidad. Su vida estará marcada por su relación con Richard Katz, un músico. La extracción social de Walter -proviene de una familia de origen sueco que posee un modesto motel- contrasta con la de Patty, hija mayor del matrimonio entre un sardónico abogado y una demócrata de ascendencia judía. Patty y Walter tienen dos hijos, Jessica y Joey, que descubre el sexo con Conney, una vecina obsesiva. Joey les sale republicano. Cuando el chico se va a vivir con Conney empieza la hecatombe emocional de Patty. Todo cambia. Los Berglund, que nunca se destruyen sino que solo se transforman, lo hacen al ritmo de los trending topics de la Historia con mayúscula, condición sine qua non para que una novela pueda adornarse con el marbete de “gran novela americana”: Clinton y Levinsky, el 11-S, el negocio de la guerra y el fundamentalismo cristiano de Bush, el alicaído “yes, we can”... Franzen escribe desde la conciencia de centralidad de Estados Unidos, desde una hegemonía económica y militar, que legitima sus relatos elevándolos a universales. Los lectores no estadounidenses pueden experimentar empatía con el proceso psicológico y la transformación de los personajes, o instalarse en un lugar donde cambios de humor, resentimiento, preocupaciones y vínculos entre los protagonistas le resultan ajenos. En cualquier caso, Franzen sabe colocar al lector en la tesitura de juzgar moralmente y de diagnosticar como un psicoterapeuta a los personajes con quienes convive durante casi setecientas páginas: sitúa a los lectores en una posición de superioridad donde fructifica cierto sentimiento de compasión más confortable y menos vitriólico que el que se desprende de las novelas de DeLillo, otro grande de la narrativa estadounidense contemporánea. La compasión de Walter y la autocompasión de Patty son, en paralelo, leitmotiv de la novela.

Las excelencias de Libertad tienen que ver con su destreza para desenterrar aspectos de una ideología invisible que, según Zizek, recibe ese nombre porque ha calado tanto en la formación de nuestros valores, que ya no se vive como “ideología”. No se cuestiona. Es el tic tac del despertador en la alcoba: la puerilidad del pensamiento deportivo y los peligros de la competitividad llevada al ámbito del afecto –y del mercado-; la comercialidad de un rock que nunca fue subversivo; la ecología como falsa coartada del capitalismo filantrópico; el prisma de esa libertad que se identifica con la libertad de comprar y vender, y con la necesidad que cada uno tiene de encapsularse en una doméstica crisálida de heroísmo –maternidad, éxito profesional, filantropía, inteligencia para amasar dinero, amor como pasión total- que pueda salvarlo de sus alienaciones. La libertad es una restringida capacidad de elección donde se cometen errores que forman parte de la idiosincrasia de la libertad misma. La libertad también es la vocación de encastillarse en posturas cerriles: la libertad de fumar o de comer hamburguesas king size, de elegir al médico más caro, de comprarse un rifle para matar a los invasores de nuestra propiedad privada. Ese reverso oscuro de la libertad posiciona políticamente a Jonathan Franzen frente a la vesania de un republicanismo que tildó de “socialistas” propuestas de Obama que aquí tenemos asumidas como logros sociales. No sabemos hasta cuándo.

Franzen tiene la valentía de hacer emerger esa capa de ideología neoliberal que propicia la infelicidad, pero en sus cien últimas páginas el texto pierde intrepidez en su cosmovisión y verosimilitud en su planteamiento narrativo. El prejuicio de que el ser humano es extraordinario y de que siempre existe la luz de la esperanza sugiere una contradicción retórica: si los sentimientos están socialmente construidos y, por eso, asistimos con interés a las aventuras afectivas de los Berglund como paradigma de los daños que el sistema puede infligir a la moral íntima, el desenlace casi feliz de la novela rompe el pacto de verosimilitud y la concepción del género como espejo al borde del camino. Esa imprevisibilidad o ese residuo de bondad intrínseca a lo humano quizá suavicen el axioma de que vivimos en un sistema perverso o quizá es que rechazamos la idea de estar socialmente, no ya condicionados, sino determinados, y queremos creer en el fantasma de esa libertad, margen de acción posible, que es lo que Franzen en definitiva pretende contar. Sin embargo, el autor con el soplo de aire del desenlace resta espacio a los lectores para tomar decisiones que definirían su propia libertad.

Esta gran novela americana se instala en un modelo reconocible: omnisciencia narrativa; textos escritos por prescripción del psicoterapeuta; la familia como microcosmos donde se miniaturiza el universo; el adulterio como elemento de visibilización de lacras afectivas y sociales; el prejuicio bifronte de que las cosas vulgares están preñadas de profundidad y, a su vez, la profundidad es sencilla. En el filo de las partes blandas pero con virtuosismo para la construcción de personajes, Franzen nos dice lo que queremos oír. Lo que necesitamos oír para salvarnos en este mundo cuya evolución presenciamos atónitos frente a los televisores de nuestro cuartito de estar. Sin disentir de la utilidad de cierto optimismo que estimula la acción, ni del valor de los metarrelatos frente a la escéptica fragmentariedad posmoderna, ni del poder transformador de la novela como género burgués, en Libertad se truncan expectativas ideológicas y retóricas: en un esquema genérico reconocible cristaliza una autosatisfecha visión del mundo. Quizá la culpa no la tiene la bienintencionada propuesta de Franzen –su gran valor es el de suscitar la controversia pública e íntima-, sino el aparato crítico con el que se ha envuelto el texto: esa parte del contexto, entretejida a la creación literaria y a su interpretación, que me había hecho esperar una obra maestra.


Por Marta Sanz

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