Cristina Kirchner y el Mundo
miércoles 09 de noviembre de 2011, 18:04h
El reciente triunfo de la señora Kirchner ha despertado numerosos interrogantes, pero uno de ellos ha merecido poca atención: ¿Cuál será su política exterior? La respuesta no puede ser definitiva al menos por tres razones.
La primera es que ambos presidentes Kirchner, que siempre han tomado decisiones personalísimas, en solitario, con escasa consulta a propios o extraños, acentúan el carácter enigmático de sus decisiones anunciándolas sobre la hora y casi nunca referidas a un proyecto de política exterior previamente conocido como un enunciado coherente y previsible. La relación con Estados Unidos ha oscilado, así, desde el extremo del abierto maltrato al presidente norteamericano en la Cumbre de Mar del Plata, la acusación de que el affaire Antonini Wilson era (sic) “una operación basura” de Washington o la retención en Ezeiza de un avión oficial de Estados Unidos, con apertura de baúles y valijas conteniendo claves a información reservada de manera personal por parte del canciller argentino, todo luego desestimado por la Justicia argentina; hasta el otro extremo de las mieles y simpatía con Obama en la reunión del G-20 la semana pasada en Cannes.
La segunda consiste en la fuerte dependencia que ambos siempre aplicaron a la política exterior respecto de la doméstica. Es verdad que toda política externa no es sino la cara hacia afueral de la política interna de un país, pero cuando esa relación se desbalancea demasiado, se pasa a tener entre ambas una condición que deja de ser armónica y se torna subordinada. En tales situaciones, al resto del mundo le resulta difícil identificar una política exterior como tal. En el caso de Estados Unidos, ellos siempre han sabido que muchos gobiernos de otros países practiquen políticas con algún contenido antinorteamericano porque suele resultarles beneficioso en sus necesidades internas y Washington ya lo tiene previsto como facilitación de los objetivos finales que le interesa perseguir. Respecto de nuestra región, terrorismo, narcotráfico y derechos humanos. Pero a veces ese discurso antinorteamericano se eleva a decibeles difíciles de ignorar y se producen pequeñas crisis en la relación, como las que Obama y la señora Kirchner acaban de recomponer en la costa francesa.
Y la tercera corresponde a una espectacular oportunidad con la que cuenta la presidente argentina luego de su apabullante triunfo del 23 de octubre. La victoria ha sido tan abrumadora, con tal porcentaje de apoyo y, sobre todo, con tanta diferencia porcentual con sus competidores, que en la toma futuras decisiones no se verá constreñida a la negociación con otros sectores políticos, tanto de la oposición como de dentro del propio oficialismo. Tendrá, al menos al principio, una capacidad casi absoluta para gobernar según su propio criterio, no mediatizado por ninguna influencia importante. El desiderátum de todo gobernante.
En estos momentos, la relación se encuentra inclinada hacia un discurso marcadamente antimperialista, para consumo de los sectores de izquierda que apoyan a la presidente. Todo indica que este encuentro en el G-20 inaugura una maniobra de mayor equilibrio, cuyo punto exacto nadie se encuentra en condiciones de pronosticar. Cristina Fernández nunca ha carecido ni de carácter ni de ideas propias y es bastante probable que su política exterior hasta ahora reconociera alguna influencia de asesores o de demandas partidarias, pero las nuevas circunstancias permitirán, quizá por primera vez, que conozcamos su pensamiento personal en estado puro, mucho más cuando se apresta a iniciar un mandato que no admite más reelecciones.