Lagunas del debate
viernes 11 de noviembre de 2011, 21:40h
El debate político del lunes día nueve emitido por televisión debiera haber empezado por el final. Atender más a los ciudadanos que a los partidos contendientes y al posible voto de sus representantes. Simplemente, situar al Estado en la cabeza del diálogo y discusión.
La situación que atravesamos, de recesión democrática, no la resuelve un partido. Ni el del Gobierno ni el que pretende ostentarlo. Diría que ni los dos juntos tal como apuntaban sus candidatos al anunciar colaboración mutua sea cual fuere el resultado del voto general el día veinte de este mes de noviembre.
Obvio que el cambio prometido removerá las estructuras del poder y tal vez los hábitos de la administración. Dudoso, sin embargo, que cambie el funcionamiento real de las cosas. Muy difícil que mute el concepto monetario de la banca y entidades de lucro a cualquier precio y caiga quien caiga, aunque sea una familia sin recursos. Improbable en un país donde la construcción es aún el recurso básico de la caja municipal y amplios sectores profesionales. Indignante al ver cómo la vivienda digna es objeto del agio, usura y manipulación de leyes. Lamentable la usurpación hecha a la juventud de su bien preciado, la ilusión, el proyecto de entrega a la mejora social con el fruto del trabajo.
De todo esto, casi nada en el debate. Daba grima ver los esfuerzos del candidato actual del Gobierno para morder de algún modo la chicha electoral del jefe de la oposición política. El Gobierno alcanzó tal grado de desprestigio que ni avala a quien lo representa. La gesticulación nerviosa de cejas, arrugas frontales, comisura de labios; el malabarismo de manos planeando, en olas, hélice, aspas; el parpadeo continuo como convenciéndose de lo que él mismo decía, tal vez evitando una reflexión subliminal diferente; toda esta retórica del gesto no servía para sacar de la chistera la paloma, el conejo o el huevo mágico que resolviera, de un tirón, lo que años de lustros, décadas enteras de político no lograron. El aura de inteligencia oportunista, vivaracha, de pedaleo dialéctico en corto que le asignan, quedó en listura.
Al otro pretendiente de Gobierno le bastó con el respaldo erguido del sillón para mantenerse tieso e incrementar, de este modo, la talla de su busto ya de por sí esbelto. La postura vertical ante la pantalla siempre da resultado. Crea dominio. Confiere actualidad. Una leve sonrisa esbozada de vez en cuando y la mirada azul, ágil, como a hurtadillas, evocaban un plano picado que reducía los esfuerzos del contertulio por interrumpirlo, azorarlo. También sin éxito. Y esto a pesar de que el candidato opositor inclinaba la cabeza sobre los folios para leer datos, cifras, encuestas previstas ante posibles preguntas que se hicieron efectivas o para recordar propuestas de su propio programa. El manual de presencia televisiva sugiere mantener el diálogo con la cámara, que es donde se concentran los ojos de los espectadores. Quien mira al foco entra en la retina del público.
Es difícil mantener la mirada de frente sin inmutarse, cara a cara. Ahí brilla la verdad del rostro y de sus intenciones. Las pupilas del candidato oficial quedaban distantes y enfoscadas las pocas veces que pretendía el punto mágico. Las del opositor resaltaban más por ser más abiertas. Una ventaja mediática. Sin embargo, ni uno ni otro sintonizaban con la cámara, es decir, con el rostro del público, y a pesar de los intentos, del color azul del entorno y contexto. Y esto también en contra de las recomendaciones del manual. Recuerdo el debate televisivo de las elecciones presidenciales de 1981 en Francia. François Mitterrand se enfrentaba al presidente Valéry Giscard d’Estaing. La leve aproximación de Mitterrand al objetivo de la cámara, como acariciándola con la sonrisa, resultó determinante. El lingüista y sociólogo Robert Escarpit, amigo del candidato socialista a la presidencia de la República, convirtió el debate en un clásico de estos encuentros políticos.
Nada de la corrupción política que afecta gravemente al país, del uso partidista de los medios estatales en función del voto y silencio escandaloso sobre las relaciones oscuras del Gobierno en la mediación con el terrorismo vasco. Nada de la politización de la Justicia y del Derecho que cimienta una democracia. Muy poco de la educación, tan necesaria, y cuya reforma urge en niveles de Bachillerato y Universidad. Leves alusiones a la presencia española en el mundo. Apelación a la credibilidad confiando en el efecto taumatúrgico de la palabra. Uso demagógico de la riqueza. Preocupación por el paro vergonzante, pero ninguno de los candidatos se preguntó si la calidad del trabajo está a la altura de una sociedad moderna y cualificada. Sobre todo, ninguna idea que nos represente en Europa y nos dé crédito fiable como de cuarta potencia de la Unión Europea.
Uno y otro líder consideran al Estado como un tipo de empresa desde perfiles diferentes. Los socialistas sueñan con el dominio de los medios de producción y los neoliberales con el rendimiento escalonado del producto público. El Estado necesita empresas, pero no es una de ellas. La economía y el producto social dependen antes de la Justicia, Educación, Cultura, Trabajo, administraciones públicas y, como fondo ineludible, seguridad y salud ciudadana. El individuo ha de sentirse seguro y protegido en todo momento, sin sobresaltos ni alteraciones de su persona. En España abunda la inquietud, crece la desconfianza ante el medio público. Asoma el recelo entre sectores sociales. Se pierde la cordialidad que teníamos y preocupa la incertidumbre de la unidad territorial. El norte de España coacciona al resto con amenazas de autodeterminación independentista. Y de todo esto nada en el debate, como si los partidos hubieran pactado silencio sobre cuestiones candentes y tirantes. En tal sentido, y en parte, fue una noche de tongo democrático.
El desinterés y la indeferencia ante los valores públicos aumentan como reflejo del abuso político, mediático e institucional. Mandatarios y partidos se distancian de la realidad social jugando con este atributo, nómbrese socialista, socialdemócrata o socioliberal. Los socialistas tuvieron la oportunidad, durante muchos años, de ofrecernos una alternativa sugerente, ágil, moderna de sociedad comprometida, emprendedora, culta, ecuánime, competitiva, proporcionalmente simétrica. Cayeron en la tentación de la cuenta corriente y la política financiera con escándalos notables de corrupción y abuso de poder endogámico. La derecha ni renovada logra crear crédito ciudadano con el producto económico que obtiene, el ahorro y el sentido de Estado influyente que ambiciona. Tampoco consigue evitar la corrupción y endogamia. En esto y otros supuestos no hay diferencia entre derecha e izquierda. Son opciones prácticamente desfasadas en tiempo de crisis y desde una perspectiva social de simetría orgánica del Estado. Se nota cada vez más que los políticos son albaceas de consorcios bancarios y empresariales. La connivencia, a uno y otro lado, de jueces, fiscales, ministros, presidentes autonómicos, alcaldes, ejecutivos, inspectores, agentes sociales, intermediarios de la industria, constructores y, por lo que se lee y oye, con el blanqueo de bienes ocultos, es un hecho. En consecuencia, quedan marginados quienes ofrecen otra imagen y sentido de responsabilidad en el ejercicio de la función pública.
El principal problema que nos acucia es la refundación democrática de las instituciones y la activación de la sociedad civil. Por eso necesitamos líderes que remuevan el impulso creativo e innovador de los ciudadanos. Gente, individuos, personas capaces de unir y concitar los ánimos en la única empresa común e inmediata: fundar un sentido ético de Estado. Lo demás viene añadido.
|
Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.
|
|