Reflexiones sobre la alternancia política en España
lunes 14 de noviembre de 2011, 21:04h
De nuevo una crisis compleja y profunda acaba con políticos incapaces, al tiempo que genera demandas y comportamientos populistas poco democráticos. Pero la política suele encontrar fórmulas para afrontar los retos que tiene por delante ante la incapacidad de unos y otros. La solución empleada para sustituir al ex-primer ministro de Grecia y presidente de la Internacional Socialista, o la aplicada en Italia son ejemplos de alternativas políticas democráticas.
En España el presidente Zapatero ha recurrido a la disolución anticipada de las Cortes ante la gravedad de la crisis política, económica, social y de valores. La citada decisión tiene la singularidad, que acompaña a casi todas las adoptadas por el presidente Zapatero, de haber mediado un tiempo entre el anuncio y la convocatoria propiamente dicha. Además, a diferencia de las cuatro disoluciones anteriores (Calvo Sotelo en 1982 y González 1989, 1993 y 1996) quién disuelve no concurre como candidato, hecho que entre otras consecuencias ha generado una bicefalia en su partido. En este sentido, importa recordar que las tensiones internas en los partidos son percibidas negativamente por la opinión pública española, que siempre ha castigado estas situaciones (por ejemplo a UCD y al PNV en los ochenta y al PSOE a finales de los noventa).
El comportamiento electoral y el sistema de partidos durante las dos últimas décadas se ha caracterizado por una alta competitividad entre los dos partidos mayoritarios especialmente en las elecciones generales. Dicho de otra forma, la diferencia entre ambas formaciones ha sido pequeña y la suma de sus votos y escaños en las tres elecciones celebradas en el siglo XXI ha superado el 80% de los votos y ha rozado el 90% de los escaños. En las de 1993 y 1996 PSOE y PP lograron más del 70%, con tasas de participación muy altas (más del 75%) excepto en las de 2000 en un escenario de buenos resultados económicos, políticos e internacionales y en plena crisis interna del PSOE.
La práctica totalidad de las encuestas para las próximas elecciones atribuye una victoria clara al Partido Popular, que contrasta con los datos y rasgos del largo ciclo político citado, que motiva algunas preguntas. ¿Ha concluido dicha etapa? ¿Estamos ante una victoria arrolladora del Partido Popular y ante la mayor derrota del PSOE tal como indican algunos titulares periodísticos al amparo de los datos de opinión? La mayor estimación de voto la aporta el CIS, que atribuye al PSOE una horquilla entre 116 escaños, (dos menos que en las elecciones constituyentes de 1977) y 121 (como los que obtuvo en las de 1979).
Recordemos que en ambos comicios el PSOE logró cinco millones de electores que duplicó en 1982 en los que obtuvo 202 escaños. Por su parte, Alianza Popular obtuvo cuatro millones más de votos que en las elecciones de 1979. Ambas formaciones recibieron la transferencia de votos de la UCD tal como indicaban las encuestas preelectorales. La participación alcanzó prácticamente el 80%, la cifra más alta de todas las elecciones, que sumado al importante vuelco de votos, permite atribuirles un carácter excepcional desde el punto de vista del comportamiento electoral.
Los cambios posteriores de los electores han sido continuados pero sin la brusquedad y profundidad que alcanzaron en aquellas elecciones. El carácter excepcional, lógicamente se debió también al difícil y complejo entorno político, social y económico de entonces y la alternancia política que se produjo en aquellas elecciones se consideró un claro indicio de consolidación del sistema democrático.
La descomposición política de la UCD sin duda pesó mucho en aquel escenario, problema que sin duda se cierne hoy sobre el PSOE, habida cuenta que el previsible resultado se sumaría a la reciente pérdida de gobiernos locales y autonómicos, al desprestigio del gobierno y a las dificultades derivadas de la bicefalia socialista.
Sin embargo, la profundidad de la crisis española requiere una oposición coherente, que recupere los consensos que Rodríguez Zapatero rompió, con la complicidad del partido. Primero lo hizo de forma implícita cuando accedió a la secretaria general del PSOE y después desde el gobierno lo explicitó asumiendo el pacto del Tinell en las dos legislaturas. Pero el panorama no es muy halagüeño porque el programa socialista defiende y mantiene las líneas maestras de las políticas recientes y la campaña recupera las viejas prácticas anti-democráticas que los socialistas utilizan contra el que consideran enemigo político y no adversario. Además, a diferencia de la unánime interpretación positiva que se hizo de la alternancia política de 1982, a los líderes socialistas, a sus analistas y medios de comunicación afines, les sigue costando asumir que un requisito imprescindible de la democracia lo constituye la alternancia política, incluso la mayoría absoluta, aunque la encarne y represente el denominado por ellos “partido conservador”. Si la victoria de 1982 se consideró un signo de consolidación democrática y ahora según el CIS la mayoría lo acepta, ¿Por qué algunos cuestionan ahora incluso la posible mayoría absoluta del Partido Popular? ¿Actuarán como hicieran durante la segunda legislatura de Aznar?