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Ya no hay marcha atrás

Lorenzo Bernaldo de Quirós
viernes 18 de noviembre de 2011, 21:58h
La crisis europea se está desarrollando dentro de los parámetros del “manual”. La escalada alcista de la prima de riesgo italiana, de la española y el inicio de la ampliación de la francesa muestran sin lugar a dudas un hecho: Los mercados apuestan por una ruptura del euro ante la incapacidad los Estados de la UE de dar una respuesta consistente y creíble a la situación. Salvo un milagro y/o la adopción de contundentes medidas y sólo hay una, un uso masivo y rápido de una estrategia de flexibilización cuantitativa por parte del BCE, la Unión Monetaria estallará. Cualquier otra opción carece de la efectividad y la contundencia necesaria para estabilizar la Eurozona.

En la práctica, la actual coyuntura europea es muy parecida a la dinámica que llevó a la destrucción del Sistema Monetario Europeo a principios de los años noventa del siglo pasado. También entonces, los problemas de balanza de pagos por cuenta corriente pusieron en cuestión la capacidad de pago de los Estados afectados (Reino Unido, España, Italia y la propia Francia) y el mantenimiento de las paridades cambiarias se hizo insostenible. Ello forzó una cadena de devaluaciones y la salida del Reino Unido del SME. Sin embargo, esa crisis no hizo metástasis porque las economías pudieron ajustarse devaluando su tipo de cambio.

Otro ejemplo histórico referencial es el de la ruptura del patrón oro en Europa después de la Primera Guerra Mundial. La acumulación de las deudas generadas por la Primera Guerra Mundial y la vuelta a un sistema cambiario basado en el oro en ese contexto, el famoso bloque del franco, se tradujo en un proceso deflacionario que impidió a las economías integradas en él crecer y crear empleo. Estos dos hechos impidieron que ls disciplina presupuestaria lograse restaurar la solvencia de los país del bloque del oro a pesar de que sus economías eran mucho más flexibles de lo que lo son ahora. Ese escenario de estancamiento duró hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial.

En la práctica, el proceso de ajuste del euro es idéntico al del patrón oro y el único factor diferencial entre la deuda y la crisis bancaria del período de entreguerras es el origen de la misma. Entonces, un insostenible endeudamiento provocado por la guerra y ahora, un insostenible endeudamiento causado por el pinchazo de la burbuja inmobiliaria y por una política fiscal expansiva cuya intención era evitar una recesión en Europa. Sin duda, esta visión es simplificada pero ilustra con bastante claridad donde estamos y el riesgo que corremos, una repetición en Europa de la crisis de los años treinta del siglo XX generada por una errónea política monetaria una vez desatada la tormenta. En 1931, Gran Bretaña abandonó en patrón oro, devaluó la libra y salió de la depresión. Francia no lo hizo y quedó inmersa en la crisis.

En estos momentos, la dinámica italiana parece imparable con independencia de lo que haga el gobierno Monti y España lo va a tener muy difícil, aunque el previsible gobierno del Sr. Rajoy ponga en marcha las medidas correctas, es decir, aplique un programa muy duro de consolidación presupuestaria, sanee el sistema financiero e introduzca un agresivo paquete de reformas estructurales. El problema es la falta de financiación para cubrir la transición desde la aplicación del programa de ajuste estructural hasta que este comience a dar frutos. Hoy por hoy, parece difícil que los mercados puedan desvincular la suerte de la economía europea de la general de la Eurozona. El problema ha adquirido tal dimensión que la “salvación individual” es ya poco probable.

Cuando una crisis soberana y bancaria coinciden en el tiempo y no se corta a tiempo su potencial expansivo, la gripe se convierte en una epidemia. En este contexto, el único instrumento para evitar una depresión es el recurso al Banco Central para que éste suministre los fondos necesarios para evitar el desplome del mecanismo de medios de pago y la suspensión de pagos de los Estados. Europa ya está ahí y ya no queda margen para actuar de otra manera. De lo contrario, el euro estallará y la UE sufrirá una Gran Depresión. Eso no se soluciona con una Europa de dos velocidades que sólo contribuiría a quebrar a los países centrales de la UEM. Por un lado, la depreciación de la divisa de los periféricos haría quebrar a sus acreedores, los súbditos de Merkel y de Sarkozy; por otro, esas devaluaciones hundirían la competitividad de los Estados de la “primera división”. Las voladuras “controladas” acaban dinamitando todo el edificio.
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