Un papado lleno de anécdotas
miércoles 23 de noviembre de 2011, 21:26h
De no ser por las revueltas del mundo árabe o las elecciones generales del pasado domingo, la visita de Benedicto XVI a Africa habría copado un buen número de portadas. De cualquier forma, sí ha habido un seguimiento importante, ya que si algo caracteriza a este Papa es el contenido de sus discursos, por lo demás de una elevada talla intelectual. Hay quien le critica por su supuesto dogmatismo, por sus ideas sobre determinadas cuestiones o por vaya usted a saber qué. Allá cada cual. Quiero abordar aquí otras críticas diferentes, las que le señalan como protagonista de un “pontificado aburrido”. Y puede que, si nos atenemos a la historia de la Iglesia, quienes así opinan tengan parte de razón.
Algunos dicen que el Papa es mayor -fue elegido cuando contaba con 78 años de edad-. Cierto, aunque los hubo más ancianos: Adriano I, en 775, con 80 años. Algo más joven era Benedicto IX, pues fue elegido en 1044 a la “provecta” edad de 12 años. Todos ellos aceptaron su nombramiento de buen grado, cosa que no ocurrió con Celestino V, a quien hubo que ir a buscar a la cueva donde vivía como ermitaño en 1294. Peor fue el caso de León IV: en 847, fue conducido literalmente a rastras al trono papal. No debía de tener muchas ganas el hombre.
Al menos nadie le achaca líos de faldas ni comportamientos disolutos. Y eso que entre sus antecesores ha habido de todo, incluso dinastías familiares: Félix III, santo él, no fue el único de su estirpe en alcanzar la dignidad papal: también lo haría su nieto -e igualmente santo- Agapito I. La lista de tropelías cometidas por algunos pontífices sería extensísima, a la par de escandalosa, si bien algunas de ellas pueden tildarse de “pecadillos”. Como por ejemplo, la cantidad de multas por exceso de velocidad que acumuló Pío XI. Hasta su muerte, acaecida en 1939, fueron muchas las veces en que los carabinieri tuvieron que hacer la vista gorda ante las carreras que gustaba pegarse a Su Santidad al volante de su Alfa Romeo. También era un consumado jugador de billar, y era habitual verle jugar por las noches con otros cardenales y con miembros de la Guardia Suiza. A él se debe el nombre de la ruta Ratti, una de las que dan acceso al Mont Blanc, y que Su Santidad había escalado de joven.
Lo de Juan XXIII eran los bolos, hasta el punto de haber hecho instalar una bolera cerca de sus dependencias privadas. El tema gastronómico, en cambio, parece tener más de mito que de realidad, pues no está en absoluto acreditado que los “huevos benedictinos” y los “piononos” granadinos se debieran a Benedicto XIII y Pío IX respectivamente. A la vista de lo anterior, puede decirse que sí, el pontificado de Benedicto XVI es un poco “germano”, pero es que eso va en los genes. Joseph Ratzinger es diferente, quizá porque los retos a los que ha de enfrentarse la Iglesia de hoy también lo son. El buen oficio no está reñido con las anécdotas, pero casa mejor con la discreción.
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Abogado
ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset
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