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Resonancia vital de José Ortega y Gasset

Antonio Domínguez Rey
sábado 26 de noviembre de 2011, 20:00h
El congreso internacional que se celebró en Madrid la semana del 15 al 18 de noviembre sobre la obra de José Ortega y Gasset con motivo de la edición de su obra completa revisada y ampliada regresó al filósofo y escritor a la universidad española. Este hecho motiva el recuerdo imborrable de su figura y pensamiento. Es uno de los autores modernos más estudiados de nuestra cultura con los pensadores y poetas Miguel de Unamuno y Antonio Machado. Tres cumbres del hispanismo, no tan célebres como debieran, sin embargo, en el resto de la cultura internacional. Unamuno y Ortega figuran además entre los promotores de una Europa unida.

Ortega no escribió poesía, aunque quiso ser poeta. Dotado de un fino y agudo sentido de orientación personal, pronto se dio cuenta de que ese no era su destino. Pretendió también dedicarse a la filología, pero su estudio inicial lo orientó de inmediato al trasfondo de las palabras. Y aquí acertó de pleno. Su reflexión filosófica se orienta desde muy joven a observar y comprender el fondo poético del lenguaje y el pensamiento. Puede decirse que las distintas orientaciones temáticas de su filosofía convergen en lo que Concha D’Olhaberriague denominó en una tesis de Doctorado, publicada luego en libro, “Pensamiento lingüístico de José Ortega y Gasset”.

Se escribe mucho sobre las ideas literarias y artísticas del filósofo. Mucho más aún sobre su forma de escritura y concepción del estilo. Estuvo atento al desarrollo de las ciencias, del arte, especialmente de la pintura, novela y poesía: estudios sobre Velázquez, Goya, Solana, Cervantes, Góngora, Mallarmé, Maertelinck, Baroja, la joven poesía del 27, etc. Alternaba el estudio de la forma literaria y del concepto filosófico desde una concepción creadora del conocimiento y, por tanto, de la ciencia. Y la fuente de esa creación es la metáfora. También se derramó mucha tinta y se teclea hoy sobre este tema. Lo que no se vio de forma clara y precisa, no obstante, fue que Ortega anticipaba en nuestro país lo que luego se denominó “el giro lingüístico” del pensamiento, correlato de lo que había sido el “giro copernicano” en el campo científico del renacimiento.

Sucedía esto en los albores de los años cincuenta del siglo XX, pero su fermento se había iniciado en la primera década, desde 1914, y continuó, sobrepasado 1925, hasta el conflicto bélico de la Guerra Civil. Ortega es consciente de que la lingüística, dominada entonces por el estructuralismo europeo y el conductismo americano, olvidaba el fondo y trasfondo creador del lenguaje. El estudio de la forma conceptual en Descartes, Leibniz, Kant, Hegel, Husserl, Natorp y el vitalismo de Bergson va comparándose con la forma del concepto lenguaje y su análisis desde Herder, Humboldt, Goethe, Dilthey, la corriente hermenéutica alemana en general y Bühler, quien aplicaba al estudio lingüístico parte de las ideas fenomenológicas de Husserl. Tanto filósofos como filólogos, hermeneutas y grandes críticos alemanes -Cassirer, Curtius- partían de la exégesis de textos griegos, romanos, medievales. Y ahí se reencontraba Ortega con el pensamiento germánico. Añadía a ello, por otra parte, y como refresco intelectual el seguimiento de los avances biológicos en Francia, Reino Unido y Estados Unidos.

Esta combinación filosófica, científica y analítica apenas existía, fuera de algunos escarceos antropológicos, con plena conciencia en España. Y menos aún después de la Guerra Civil del 36. Ortega sintetizó la hendidura que advertía entre el legado analítico de corte tradicional y los avances del estudio moderno del lenguaje con las denominaciones de Nueva Filología y Nueva Lingüística. La obra de Menéndez Pidal, sumida en la restitución histórica de la fonética castellana, en paralelo con la realizada en Francia, Alemania e Italia, fundamentalmente, le sirvió para delimitar los dos campos desde otra orientación de las raíces verbales. Con ello abismaba también una diferencia radical con el concepto de gramática histórica y de la Historia misma. Ortega aportaba la visión hermenéutica del análisis interno de la forma más allá incluso de la herencia recibida por Humboldt, pues su horizonte era la forma originaria, la “Urform” de Goethe, también ya apreciable en los escritos de Dante y en el método de Galileo y Leonardo da Vinci. La constitución del sonido y el análisis de las raíces admitían otro planteamiento desde la consideración vital y circunstanciada de su engranaje real y múltiple en la realidad inmediata.

Tampoco convencía a Ortega la división que Saussure había establecido entre el estudio diacrónico y sincrónico del lenguaje para fundar una ciencia suya específica. El filósofo no cita al lingüista ginebrino, pero se intuye esta contraposición analítica al integrar el horizonte histórico en la vivencia de la palabra y su proyección individual o mancomunada en un “nosotros” o “nos” cuyo halo conceptual desentraña un “se” procesivo, formante. Alcanza a la percepción y al conocimiento. Las cosas “me” son, algo “nos” es antes de conocerlo en su determinación de esencia o significado. El lenguaje desvela el “decir” implícito y virtual de los objetoss y de la trayectoria que las palabras traen consigo desde el fondo de la Historia al entrar en cada uno de nosotros. El sonido se revela entonces -ecos de W. Schapp, Th. Lipps, J. Stenzel, - como una dimensión de alto y sonoro trasfondo sobre el silencio en que se produce. El “decir”, que depende, desde ese rumor histórico, de la voluntad del hablante, quien contacta con él contagiándose de la energía que acumula, supera la otra división que Saussure establece entre lengua y habla al estudiar el lenguaje. El acto dicente comporta alma, cuerpo, y despierta la boca del tiempo que nos abisma, en el pasado, con insuficiencia de alcance y, en el futuro, exuberante, pues nos proyecta a algo nuevo, a más de uno mismo y de las cosas que así se nos presentan.

La famosa frase de Ortega sobre el yo y su entorno vital -“yo soy yo y mi circunstancia”- arraiga en las raíces razonadas (Logos) según su significado verdadero, el étimon griego. Lo que significa hacer ver (eidos). El signo es acto vidente. La videncia intelectual. Por tanto, la onda sonora abre un espacio de tiempo donde nace la idea. La sensación acústica crea un lugar específico de audiencia visual y resonante: un topos sensitivo, un sensible cálido, climático. Un tono de mundo. Una vibración singular de entendimiento. Eso es el lenguaje para Ortega.

Configurada de tal modo la forma informante, todo decir implica un “plus”, una plusvalía o proceso metafórico, Al hablar, avanzamos el tiempo que nos impulsa en el espacio que habitamos. Somos lo sido siendo aún -“to on”, lo ente de Aristóteles, con artículo neutro- hasta en la sombra que proyecta y sin la cual no entenderíamos nada de cuanto nos dicen los demás y las cosas donde se convocan. Y esto es el mundo social operativo, la convivencia, el estar entre y con los otros, donde nos sentimos el yo que nombramos de nosotros mismos.

La metáfora revela la fusión atómica que el tono intimado del sentir provoca entre los rasgos significativos de las palabras y los atributos de los objetos. Se produce entonces una fusión y fisión de elementos de cuya energía brota, nueva, la palabra y descubre otro semblante del mundo, de nuestra vivencia suya. Quien contacta y se contagia de este fermento cósmico, crea lenguaje. Obtiene el “nombre propio” de la realidad, su vibración auténtica. Ha entrado en su forma. Se informa. Es poeta y científico. Quien no, vive reproduciendo el lenguaje. Lo gasta, pero también el uso revela, transparenta.

Tal es, y no otro, el vértice radical del decir y conocer, de sentirse yo diciendo algo a alguien sobre algo. “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”. El acto de identificación personal implica el nombre auténtico, en “estado naciente”, de la raíz existencial, de lo que está, anda, aparece circundándome, hablándome. La salvación del hombre radica en la definición verdadera de las cosas. El lenguaje es en raíz una ética circunstante. La famosa razón vital o histórica de Ortega, denominaciones en las que resume un profundo legado del tiempo y del espacio cósmico aún latente en cada individuo, reclama también un logos político de común unión en, por, con, a través… del lenguaje. Preposiciones y adverbios de una “posición infinita”, antelatidos y colateralidades, modos intimados. Una comunión diferenciada en cada acto perceptivo y convivencia. Ya sabemos que cada palabra contiene un eidos. Y viendo, se difracta. Contiene cifra, supuestos, preconcepciones. Así se entiende la también famosa perspectiva orteguiana. Gracián ya había creado los personajes dramáticos -Critilo y Andrenio, la doxa, el logos: puro Platón- que peregrinan buscando el sujeto de la verdad por el mundo. Los lingüistas actuales, algunos de ellos, los más instruidos, ven en cada vocablo, como en las nuevas señales digitales, ventanas. El significado ve, mira, pero también tacta. Resuena. Nace en un halo vibratorio. Su muerte, la muerte que Hegel veía en el sonido de la voz, y en cuyo funeral sigue la tradición crítica moderna –Derrida, Badiou, Agamben-, es primariamente vida. Vivencia en continuo horizonte. La visión fónica penetra la negrura y niebla del tiempo. El verbo sigue habitando la carne de la palabra y redime la historia como sentido.

Ortega inaugura en la primera mitad del siglo XX, entre 1910 y 1950, como unos años antes Amor Ruibal, otro modo de entender el lenguaje y su razón interna, el Logos, la Filosofía y la Lingüística. Introduce la sociolingüística, la pragmática, el fenómeno atómico del lenguaje, también entrevisto por el filósofo y filólogo gallego. Le da la vuelta a la crítica literaria, pues su concepción del arte moderno como “deshumanizado” resulta, a la luz de este otro candil, escorzo en penumbra del hombre que se busca dentro de sí mismo como sujeto de un predicado que lo antecede. Es “animal etimológico”, pura raíz. Pintores como Braque; poetas como Mallarmé, dramaturgos como Pirandello…, entendieron muy bien esta inversión ya anunciada por Hegel y seguida por la hermenéutica hasta Amor Ruibal y Ortega.

Hubo, no obstante, otra inmersión desintegradora del sujeto que el vitalismo de Ortega no intuyó o, más bien, no quiso ahondar, la kafkiana. El Castillo de Kafka no era el Monte Carmelo, ni el molino aventado en la colina, ni el ágora o el Banquete de Sócrates. Luces y sombras de la resonancia crítica. Muchos autores no le perdonaron a Ortega la incomprensión de esta nueva metamorfosis.

Sin la prelación lingüística del pensamiento, el legado de Ortega se reduce en su alcance. Su reflexión encierra una protogramática asimismo etimológica. Un latido del mundo en la conciencia. Su verdadera proyección intelectual aún se está revelando.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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