www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Crítica

Ian Buruma: El precio de la culpa

domingo 27 de noviembre de 2011, 17:26h
Ian Buruma: El precio de la culpa. Traducción de Claudia Conde. Duomo. Barcelona, 2011. 432 páginas. 19,80 €
En la primavera o el verano de 2011, en cualquier caso después de la múltiple catástrofe del 11 de marzo, Ian Buruma redactó un prefacio para las nuevas ediciones de su ya clásico trabajo acerca de El precio de la culpa. El libro, publicado a principios de los noventa, en pleno proceso de digestión de la reunificación alemana, trataba, y trata, del recuerdo, la culpa y la vergüenza con la que Alemania y Japón, dos naciones agresoras, dos civilizaciones en gran medida diversas en lo referente a sus resortes culturales y a los respectivos mecanismos identitarios, habían gestionado su pasado colectivo. Era un ayer lastrado por la caída en la barbarie, la complicidad, el silencio y las muy localizadas dosis de resistencia a la solución final o al expansionismo imperial, por la culpabilidad y sus virajes en el contexto de la Guerra Fría, era, aún incluyendo en el balance Dresde y Hiroshima y sus cadáveres negros, un pasado culpable e incapacitado para el sedativo tu quoque. Lo era aunque sus legatarios, colectivamente también, pasaran de vencidos a aliados, de enemigos a socios en la construcción de un mundo liberado que hacía frente, todavía, a la amenaza totalitaria. En Alemania, además, la complicada labor de negociar el presente mediante los resortes de la memoria tuvo que jugarse en dos escenarios estatales -el de la occidental República Federal, el de la antifascista República Democrática- contrapuestos, hostiles, enemigos incluso en ese punto, en el de reclamarse herederos, por activa o por pasiva, de fragmentos, solo fragmentos, de la experiencia colectiva.

El clarificador prefacio de 2011 abre, como no podía ser de otra manera, la cuidada edición de la obra en Duomo. Y no es éste un detalle menor para recomendar el libro a los lectores españoles interesados tanto en la historia del agitado siglo XX como atentos a la realidad que nos atañe más de cerca y a los problemas que la determinan. Escrito en un contexto de reactivación de esa molestia -cuando es ajena- que conocemos como nacionalismo, la analogía se abre camino. Hay que proceder, en este orden de cosas, con suma cautela. Cierto, el tramo final del siglo XX y los albores del actual están siendo el marco temporal de la reactivación de nacionalismos nunca del todo apagados; están siendo reavivados por aburrimiento, por frustración o por ignorancia. A menudo por una combinación de los tres factores. Sin embargo, en lo relativo a una lectura española, uno tendría sus dudas de si en el medio que nos movemos la cultura de la vergüenza sea un dato o de que, por más que antropológicamente católicos, la culpa -un vector clave en la gestión de las responsabilidades compartidas con nuestro entorno, y en ocasiones no tan distinguible del oriental sentido de la vergüenza- no la contemplemos siempre como la de los otros, cuando no como una oportunidad que nos es dada para la llantina exhibicionista.

Mediante una excelente labor de investigación con fuentes orales, gracias a una delicada revisión de los espacios de conmemoración y recuerdo, Ian Buruma, reputado académico angloholandés especialista en Extremo Oriente, nos ofrece, pues, un aconsejable ejercicio de comparación entre dos modalidades de gestión de un pasado tétrico que pesa como una losa, evidente en ocasiones, implícita en otras, en sociedades de nuestro tiempo. El recorrido es largo. Se ahonda en los precedentes. Se ingresa en Auschwitz y en Buchenwald. También en aquellos campos que serán reutilizados por los soviéticos tras la victoria. Se entra en Nankín, Hiroshima y Nagasaki. Se nos habla de los vínculos establecidos entre los respectivos pueblos con el fachoso Hitler y el augusto Hirohito. Se estudia con detalle lo acaecido en tiempos de derrota; cuando los procesos, en Núremberg o en Tokio; cuando los individuos se ocultaban tras el pretexto del desconocimiento o de la obediencia debida. Se afronta, pues, la central cuestión de la abolición de la responsabilidad individual allí donde se ha abolido la política. Se llega a épocas más recientes, cuando se desvela, ante los más variados protagonistas, el horror de los padres. Un horror advertido, nada casualmente, gracias a la cultura popular televisiva de la década de los setenta. Se alcanzan, en fin, tiempos y lugares en los que se reclama un renovado protagonismo patrio, se arrinconan las vergüenzas y los antiguos santuarios nacionalistas vuelven a mostrarse presuntuosos. Es el triunfo de la rancia incapacidad contemporánea para mirar el infierno. El propio y el creado por los otros.

Es, el trabajo de Buruma, todo él, también el contenido en este volumen, un alegato contra la práctica de la discriminación histórica. Una llamada de atención sobre los efectos deformadores de ver la Historia a través de los ojos de la identidad. Un rechazo frontal a aquellas ideologías que liquidan la razón crítica. Verbigracia, a aquel pacifismo que se niega a distinguir entre guerras. Un pacifismo que, como le ocurre al nacionalismo, a todo él, tiende a ponerse histérico cuando le pisan la memoria o, para ser más precisos, surelato memorialístico. En el mejor de los casos, se nos recuerda, ello conduce a una miopía de la que, sostiene Buruma, no tenemos por que ser partícipes. Ni en los otros, ni en nosotros mismos. Podemos, historiadores y ciudadanos, escritores y lectores, hacer como Ienaga Saburo, el profesor que durante décadas combatió en los tribunales para mantener en sus libros de texto las alusiones a la (ir)responsabilidad de los japoneses en el estallido de la guerra que concluyó con lo inimaginable. Podemos obstinarnos en hacer prevalecer la verdad sobre la razón nacional. Se puede resistir. Se puede historizar cada dato, cada episodio, cada proceso. Al hacerlo nos abriremos a la pluralidad de interpretaciones; es decir, a una historial normal.

Alternativamente, podemos, en lo que nos atañe, mirar hacia otro lado o pedir perdón; éste último, nacional, por supuesto. Podemos conmemorar, de manera más o menos enfática, mientras esperamos la llegada de una genuina hora cero en la que todo volverá a empezar. Podemos evocar aunque ello no signifique necesariamente entender mejor e integrar en una lectura crítica del pasado de las sociedades en las que nos encontramos los avatares del pasado. Llorar puede aliviar pero enturbia, ni siquiera por unos momentos, la mirada.

El precio de la culpa es, a todos estos efectos, un canto a la razón, un enmendador radical de las malas prácticas historiográficas, una inteligente, y algo desazonadora, mirada sobre el siglo XX y sus catástrofes. Entre otras, el nacionalismo.

Por Ángel Duarte


¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios