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COLUMNA SALOMÓNICA

Gobierno de Zapatero: leña del árbol caído

lunes 28 de noviembre de 2011, 08:28h
Cuando se escriba la historia clínica del último gobierno de Zapatero, el presidente que no creía en la realidad, un capítulo imprescindible será el dedicado al psicoanálisis de la señora Salgado, una ministra que se ha pasado toda la legislatura sonriendo y “restando importancia” a sucesos que llevaban al país a la bancarrota. Convencida quizás por algún pedagogo de que esto era lo mejor para no preocupar a los mercados, como si los mercados respondieran a los mismos estímulos que un simple votante, su actitud encarna mejor que ninguna otra la de un gabinete que ha convertido en estilo el menosprecio de los hechos y la confianza demencial en sus propias ideas. Compuesto mayormente por individuos sin otra experiencia que la política -tecnócratas al revés, podríamos decir- no es extraño que ahora el electorado, acuciado por esa misma realidad, haya decidido volverles la espalda. ¿Quién puede respaldar a un partido cuyo candidato, el perspicaz Rubalcaba, no se ha cansado de repetir durante toda la campaña que la solución para esquivar la ruina es invertir más? ¿Invertir, qué? Como dijo Rajoy en su discurso triunfal del domingo, las cosas han llegado a un punto en el que ya no cabe seguir haciendo política “pequeña”, esa política de casa del pueblo que ha estado a punto de asfixiarnos.

A mí me ha gustado mucho esta expresión porque, en efecto, creo que el gobierno de Zapatero pasará a la historia como ejemplo de puerilidad. Grandes y pomposas declaraciones mientras hubo dinero –desde la alianza de civilizaciones a la universalización del éxito escolar o el respaldo a los homosexuales de países azotados por la miseria y el hambre- y luego grititos patéticos y reproches al mundo entero porque los prestamistas que costeaban el tren de vida que reclamaban aquellas estaban empujándonos al abismo. Por suerte, y como era previsible, el pinchazo de la burbuja económica ha provocado el de la burbuja ideológica y seguramente acarree también en el futuro, si el nuevo presidente se atreve, el de la burbuja pedagógica (no confundir con escuela pública), ese otro mal que lastra la nación y que Cayo Lara va a defender en la calle con la legitimidad que le dan ciento setenta y cinco diputados menos.

Aunque la opinión común es que el hundimiento del gobierno socialista se debe sobre todo a la crisis económica y a su pésima gestión, yo no descartaría un tercer factor relacionado con el hartazgo producido por su empeño en materializar lo que en otros artículos he llamado “su superior comprensión de todas las cosas”. Los españoles quizá han necesitado el golpe de la crisis para percatarse de esa combinación de insensatez y prepotencia que ha caracterizado su mandato, pero parece claro que el aplastante rechazo del electorado revela algo más que disgusto por una administración ineficaz. De la misma forma que la sociedad española se negó a respaldar los delirios de grandeza de Aznar, el espejismo ausbúrguico que ofuscó su alma de cruzado, ahora ha dado la espalda a un proyecto que, más allá de la dicotomía progresismo-conservadurismo, es ante todo quimérico y ramplón. Hemos tardado ciertamente en advertir que los aires de modernidad de Zapatero tenían un peligroso tufo kafkiano y que esa búsqueda feroz de nuevos derechos y arcaicas recriminaciones era una astuta estrategia para hacernos sentir a todos culpables de una historia que sólo él podía juzgar y corregir, pero finalmente se ha hecho. Sin duda, es el momento de preguntarse porqué España debe avergonzarse por haber preferido una transición pacífica a la democracia que un ajuste de cuentas con el pasado o aceptar que el reconocimiento de ciertos agravios socave el principio de igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, etc.

Los estudiosos de la política han descubierto en los últimos tiempos la persistencia de las categorías teológicas del catolicismo en las ideologías más dispares, especialmente aquellas que más se le oponen, aunque tan persistentes como dichas categorías, y bastante peores, son ciertas formas de comportamiento surgidas en el contexto eclesiástico. No me refiero sólo a la beatería, hoy oculta bajo el disfraz de lo políticamente correcto, o el espíritu inquisitorial, sino sobre todo a las pretensiones mesiánicas de quienes conciben la política en términos, por así decir, de salvación colectiva. He hablado a menudo de estas cosas y no quiero repetirme, pero conviene insistir en este rasgo característico del zapaterismo: el afán por llevar a la sociedad en su conjunto a su propio ideal, identificado con el progreso, nombre moderno del supremo bien y, de resultas, la difamación moral de cualquier postura que no coincida con la suya.

Rajoy tiene el deber de afrontar la difícil situación económica del país, pero también de disipar el ambiente de mala conciencia producido por esa visión mesiánica de la política que ha acrecentado considerablemente el número de prohibiciones, tabúes, impedimentos, normas y falsos derechos. Una política grande exige talante para dar espacio a todos en el marco de la ley y talento para no hacer de la ley una fuente de opresión. Lo peor que puede pasarle a una democracia es caer en manos de un gobierno que, creyéndose autorizado para definir todas las cosas, sume a los ciudadanos en la impotencia –indignación, se dice ahora-, y les fuerza a reconocerse sólo en las posibilidades que él mismo establece.
José María Herrera
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