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La autopsia de Michael Jackson, nuestra metáfora

lunes 28 de noviembre de 2011, 21:20h
Leo que la casa de subastas Julien’s Auctions pondrá en breve al alcance del mejor postor gran parte de los enseres que decoraban la mansión de Michael Jackson, su célebre Neverland. Apenas me repongo de mi asombro cuando releo que entre ese mobiliario ocupa un puesto de honor... la cama. La cama donde el Rey de Pop recibió una mortal sobredosis de un somnífero con nombre de payaso: “propofol”, suministrado de manos de su propio médico Conrad Murray. La cama donde murió y por la que se esperan suculentas pujas. Sin duda se trata de una dudosa idolatría macabra, tanto es así que la familia de Jackson ha emitido un comunicado en el que ahora desea sacarla de la puja. Pero no me resulta difícil percibir en esta necrofílica adoración una perfecta metáfora de la época que ahora agoniza. Jackson fue un auténtico esclavo de su imagen –y de los somníferos-, combinación fatal que le apartó de ese principio de realidad donde debía haber visto con claridad los mortales deterioros que avanzaban y le destruían bajo sus extravagantes trajes. En suma, un comportamiento en todo análogo a la época que ahora expira, fascinada por la proliferación de infinitas pantallas –las del cine, televisión, ordenador, telefonía móvil, plays, tablets…, así como las otras pantallas, las del discurso político demagógico y la cultura trivial- mediante las que ha estado venerando falsas imágenes de sí misma, hasta que una demoledora crisis ha sacado a la luz los males que se gestaban detrás de tan dulces apariencias.

Se han dilapidado fortunas y principios sólidos confiando en la solidez de tales ilusorios oropeles. Nunca olvidaré la furia delirante con que cientos de miles de seguidores de Jackson –que abarrotaban en la canícula de agosto un saturado estadio madrileño-, festejaban cada gesto de su ídolo con aullidos eufóricos que se oían a varios kilómetros de distancia. Solo era el débil eco de una adoración global. Más allá de la fascinación de su música, se celebraba hasta el más simple movimiento banal, alaridos por una sacudida de hombros, bramidos tras un giro enérgico de la cabeza, clamores por una mano enguantada que se apretaba la entrepierna, desencadenando ese frenesí vesánico de la histeria gregaria. Más allá de la música, se idolatraba el rutilante espejismo que era Michael Jackson. Un ejemplo de adicción colectiva a las fantasmagorías.

Ahora el bisturí de la casa de subastas Julien’s Auctions entra cruelmente en la mansión de Neverland, de idéntico modo que el bisturí de los forenses entró en el cuerpo de Jackson para ofrecernos una inaudita autopsia. Por ella sabemos que el adorado Rey del Pop estaba casi ciego. Sufría una enfermedad degenerativa de la piel llamada vitíligo. Soportaba una dolorosísima artritis, carecía de parte de su cuero cabelludo por una quemadura y padecía trastornos de próstata que le provocaban serios problemas de micción. Jackson era la decrepitud vestida de gala. La máscara seductora encubriendo una oculta degeneración. Un espejismo tras el que avanzaba una inexorable bancarrota. Un descomunal autoengaño. Una auténtica parábola de las décadas de deslumbrante riqueza que resultó fantasmagórica porque tras ella se gestaban, inadvertidamente, severas enfermedades colectivas, impecablemente ocultas tras los más extravagantes vestuarios ideológicos. Finalmente, la quiebra económica está sacando a la luz, como un frío forense con su bisturí en el cuerpo de Jackson, nuestra artritis bancaria, el vitíligo degenerativo de nuestra piel despilfarradora, la próstata defectuosa de nuestra deficiente productividad, la ceguera casi absoluta hacia nuestros principios y valores. Todas estas lacras aumentaban sigilosamente en nuestro cuerpo social bajo un revestimiento de estrambóticos atuendos políticos y colectivos griteríos de fiesta. Definitivamente, el Rey del Pop es una auténtica metáfora. Nuestra metáfora.

En su celebérrima canción Thriller, el impecable ritmo de Jacksosn desgranaba contundentes palabras: “Se acerca la medianoche, y algo malvado acecha en la oscuridad”. Hace unos días el jurado del Tribunal Supremo de Los Ángeles señaló que el malvado que acechaba en la oscuridad no era otro que el doctor Conrad Murray, que acaba de ser condenado como culpable de homicidio involuntario. Penalmente culpable, sí, pero ¿no fue Michael Jackson el responsable de su propia ruina? Siempre hay gestores dispuestos a sacar tajada en cuanto las circunstancias les son mínimamente favorables. Sí, pero ¿no somos nosotros en nada responsables de nuestra propia postración colectiva?

Thriller continuaba con su veloz compás: “Estás paralizado y te das cuenta que no tienes escapatoria…” Esto encaja como un mal presagio en el thriller en que se convirtió la propia vida de Jackson. Pero no necesariamente la nuestra. ¿Quién de nosotros quiere pujar por la cama mortuoria de Jackson? ¿Quien quiere idolatrar o dormir en tan siniestro lecho? Sacudamos nuestro miedo, dejemos de ser esclavos de nuestra falsa imagen y atendamos a los males que aquejan a nuestro cuerpo social bajo los antiguos espejismos. Nadie nos ha suministrado dosis letales de nada. Mandemos a paseo a nuestros doctores Murray y afrontemos el principio de realidad oculto bajo nuestras quimeras de riqueza.

Nuestra ceguera no es definitiva, nuestra piel puede regenerarse, será doloroso subsanar la artritis colectiva pero no imposible, hasta hay remedios eficaces frente a las próstatas improductivas. Renunciemos a las apariencias y a los somníferos demagógicos. Tenemos muchas cosas a las que renunciar. Ya se sabe que no hay nada más lacerante que despojarnos de nuestros propios autoengaños. Va a ser doloroso, va a costar un colosal esfuerzo. Pero solo volviendo a ese principio de realidad podremos recobrar la salud. La alternativa es irnos a vivir como Jackson a Neverland, el país de “Nunca Jamás”.

Rafael Fuentes

Profesor universitario y crítico

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