tribuna
PSOE: la primera tarea es recuperar el pluralismo
martes 29 de noviembre de 2011, 08:18h
Felipe González afirmó hace bastantes años que “el PSOE no es patrimonio de sus militantes”. Entendimos que se refería a que pertenecía también a sus votantes, y yo particularmente, llegué a pensar que un partido como el PSOE (al fin y al cabo ha estado presente durante más de 100 años de nuestra historia) asimismo concernía a la sociedad española en su conjunto.
Esa idea debería estar presente en el proceso que el PSOE va a iniciar para culminar con su Congreso Federal, en febrero de 2012. Creo que los preocupantes resultados electorales son debidos al olvido de esas palabras de Felipe González. La crisis hubiera llevado, en cualquier caso, a la derrota de los socialistas. Pero la sangría de votos ha sorprendido a sus militantes: por primera vez en unas elecciones para gobernar España, el PSOE no conseguía en absoluto recuperar la confianza de su electorado. Los malos resultados de las elecciones municipales y autonómicas recientes no se corrigieron en estas últimas, algo que no sucedió ni siquiera en 1996, pues entonces el PSOE de Felipe González, aunque perdió frente a Aznar, obtuvo mejores resultados que las anteriores locales y regionales del año 1995. Ahora ha cuajado la idea de que la crisis económica no explica la magnitud de la actual derrota electoral.
Mi opinión es sencilla: en 1996, el PSOE debió iniciar una reforma de sus “estructuras”, de sus “propuestas ideológicas” y de sus “sistemas electorales”. Por causas que después resumiré, esas reformas no fueron realizadas, salvo en lo referente a los métodos electorales. El pésimo resultado que han dado las elecciones “primarias” internas, es consecuencia de que las otras dos líneas reformistas (las “estructuras” y las “propuestas”) no sólo se estancaron, sino que los defectos aparecidos durante los años de Felipe González, aumentaron mucho desde entonces hasta hoy. No sólo fueron disfuncionales (¡y lo serían hoy más!) unas primarias dentro del viejo Partido, sino que éste, es decir, la suma de sus militantes, es menos representativo de la sociedad que nunca. Los partidos socialistas, en general, nunca pretendieron ser un microcosmos de sus sociedades. Quisieron “representar” una alternativa a una sociedad que querían cambiar. Desde 1989 (fecha simbólica por varios motivos), los partidos políticos están sujetos a un proceso imparable: como “organizaciones” de tipo militar (“militantes”, “tácticas” y “estrategias” partidarias) ya no son adecuados ni atractivos para unas sociedades pluralistas, y sin adhesiones de tipo sentimental o religioso.
El PSOE, en mi opinión, ha evolucionado en sentido contrario a esas tendencias sociales de los últimos 15 o 20 años. Además del problema común de los partidos socialistas europeos (que su ideología social-democrática se ha institucionalizado y está presente en casi todos los partidos), el PSOE ha perdido diversidad y pluralismo interno, precisamente cuando la sociedad española es más diversa y plural que nunca. Digo bien: “la sociedad española”, pues esas notas de moderna complejidad han conformado una España que se reconoce a sí misma con la Constitución de 1978, más que con la evanescente noción de la “España plural” de los socialistas. ¡Y en ese capítulo el PSOE de Zapatero le ha entregado así todo el terreno al PP de Rajoy!
Las causas de ese problema actual del socialismo son históricas. Lo malo de nuestro tiempo es que las encuestas de opinión han relegado el análisis histórico. Sintetizando, estas son las fases que condujeron a la mala situación actual: en 1979, el PSOE terminó un proceso de modernización política en los tres capítulos que he señalado antes. Felipe González, Alfonso Guerra y Ramón Rubial (la influencia de Rubial fue clave para el éxito interno) hicieron un partido reformista moderno (en línea con el alemán, más que con la de los socialistas franceses y británicos de entonces), y además, plenamente identificado con la Constitución Española, aprobada unos pocos meses antes. El costo de aquella operación partidaria fue la aparición de un liderazgo extraordinario (por la calidad de las personas y por su gran influencia dentro y fuera del partido). Los preceptos con que la Constitución fortalecía los entonces débiles partidos políticos, consagraron aún más el súper-liderazgo en el PSOE. Cuando la UCD entró en barrena, su sustitución por el PSOE fue un paso más en el progreso de la nueva España democrática.
Durante toda su etapa, Felipe González encontró críticas, e incluso, una oposición interna sistemática. En cierto momento manifestó, en un Congreso Federal, que el Partido no iba a condicionar lo que tenía que hacer el Gobierno de la Nación. Los acontecimientos posteriores a su renuncia como secretario general del PSOE (Felipe González dimitió por sorpresa al iniciarse el 34º Congreso, el 20 de junio de 1997) nos explicarían por qué ese súper-liderazgo siguió operativo dentro del Partido, hasta llegar, con José Luis Rodríguez Zapatero (y la responsabilidad no es sólo suya) a un poder que ha extinguido los rasgos esenciales de diversidad y pluralismo, propios de un partido moderno actual, y que desde luego fueron las señas históricas del socialismo español. El PSOE es hoy patrimonio sólo de un oficialismo militante.
Hay muchas tareas pendientes, pero ésta de recuperar la pluralidad de pensamiento debe ser la primera de todas.