El voto iracundo
martes 29 de noviembre de 2011, 21:14h
Hay que dar por legítimo el comprensible gozo que los populares, militantes o simpatizantes, experimentan por los resultados de las últimas elecciones. De igual forma, la desazón que debe habitar en los creyentes socialistas por el desastre hacia su partido. Y unos y otros han acudido al expediente de elogiar el suceso como una prueba más del funcionamiento normal de nuestra democracia. No obstante, sin negar lo expuesto, cualquier científico de la política viene obligado a matizar las meras cifras finales.
En esa línea, estimo que cierto asomo de sombra afecta al tema. Directamente dicho: hemos vivido un proceso electoral cargado de ira. De abundantes reproches y acusaciones. La derecha ha recurrido a cargar todos los males que padecemos a la inutilidad de los perdedores. Y la izquierda, una vez más, ha sacado el fantasma del demonio que traía el partido popular, envuelto en sus silenciados propósitos. La ira como permanente acusación. Y sabido es que de la ira solamente puede salir ira. Los argumentos de fondo, al igual que la idoneidad de las propuestas programáticas han estado casi ausentes. Y esto nos aleja un tanto de la perfección democrática.
Se ha votado mucho más contra el otro que a favor de lo propio. El análisis de las propuestas casi no ha existido. Todo lo más la mayor o menor simpatía por las personas. Pero buena parte de los grandes problemas de nuestro país ha estado absolutamente ausente en las palabras de una parte y de otra: la lamentable situación de la educación secundaria por obra de la auténtica hemorragia de planes que ha experimentado en cada cambio ministerial, la acuciante situación de la Universidad descalificada más allá de los Pirineos, el increíble espectáculo del sistema sanitario, la situación de la justicia, el casi permanente problema de nuestra administración autonómica, etc., etc.
Sobre todos estos temas, los votantes no hemos oído nada o casi nada. ¡No se podían perder votos! Cuando una campaña electoral está para eso, para ganar a unos y, si no hay más remedio, para perder a otros.
No es posible olvidar que no todo depende de la campaña y de sus resultados. La política basada en la ira ha sido practicada en gran parte por el gobierno perdedor. La Ley de Memoria, la manipulación del inmediato pasado que era necesario asumir, la política en algunas medidas religiosas, buena parte de la política económica ha estado ahí, a la hora de votar. Por eso el voto era fundamentalmente un castigo. Un castigo con ira. A falta de clarificación de qué iban a hacer uno y otro, los que se acercaban a las urnas se han dividido entre quienes iban asustados por el demonio de la derecha “egoísta de siempre” y quienes al depositar el voto pensaban que iban a asestar el merecido castigo al dúo Zapatero-Blanco. Y, en pura democracia, hay que ir más allá para poder tirar cohetes.
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Catedrático de Derecho Político
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