Centenario de Jorge Negrete
martes 29 de noviembre de 2011, 21:31h
Cien años se conmemoran este 30 de noviembre de 2011 del nacimiento del cantante mexicano Jorge Negrete «el charro cantor», uno de los principales exponentes de la música vernácula del México del siglo XX, quien fue poseedor de una talla internacional indiscutible. Excuso decirles que es uno de mis preferidos. Feliz momento cuando la UNESCO ha declarado al mariachi, la identidad musical de México, como patrimonio intangible de la Humanidad.
Nacido en 1911 en plena Revolución Mexicana, alcanzó en la edad madura la magnífica oportunidad de encaramarse en la ola de progreso que caracterizó a México a mediados del siglo XX, como consecuencia entre otras cosas, de esa revolución que vivió en su niñez, la cual derivó en el movimiento cultural llamado «nacionalismo revolucionario» en el que la música y el resto de las bellas artes se vieron inmersas. Jorge Negrete ocupa un lugar destacado.
Jorge Negrete gozó de una voz privilegiada e inconfundible destinada a la ópera –cuenta la leyenda urbana– lo cual explicaría en mucho su peculiar, versátil y cuidada tesitura; es un incomparable icono de la música mexicana, gracias a la reciedumbre que lo caracterizó y a la diáfana voz prodigiosa que lo acompañó. Su estampa, harto identificable, se popularizó al convertirse en una figura reconocida internacionalmente al coincidir su éxito musical con sus participaciones en el cine mexicano de temática rústica y campirana –un cine popular y muy difundido en todo el mundo hispánico– exaltadora de la figura del charro de Jalisco.
Su efigie es tal, déjeme contarle amigo lector de El Imparcial, que al saberme mexicano, invariablemente mis amigos y conocidos –ya sean caribeños, españoles o sudamericanos– con edad suficiente para haberlo conocido y para haber apreciado su arte, suelen invocarlo y hasta me preguntan por él. Ello me demuestra su indubitable proyección en el extranjero y cuán valorado lo fue y lo sigue siendo. Es comprensible.
Su talante no se asemeja al de Pedro Infante, al ser más refinado, fino, acaso más cuidado; sus personajes cinematográficos siempre fueron más escogidos; empero no fue menos virtuoso, al contrario. Actuaron juntos, inclusive, y cada uno preservó su estilo. Y puedo asegurarlo sin temor a equivocarme que como de Gardel, puede decirse que Negrete cada día canta mejor. Y también puedo afirmar que se le suele invocar y referir más que a Pedro Infante cuando se trata de mencionar canciones emblemáticas del género ranchero.Tal vez porque hablan de México y sus prodigios, lo cual las convierte en atemporales. Para muestra la pieza «Yo soy mexicano».
Tuvo una muerte prematura en Los Ángeles, California en 1953, y hay que decirlo: que aquello fue como una cita con el destino cumpliendo un fatal vaticinio. Al acudir a atenderse un problema hepático (Negrete no bebía, me contaba mi padre) y morir en aquella tierra, cumplió al pie de la letra su más reconocida canción que la hizo y lo hizo inmortal y que jugó las veces de una suerte de profecía: «México lindo y querido, si muero de lejos de ti, que digan que estoy dormido y que me traigan aquí…». Pues eso.
Ya decía que Negrete pertenece a una generación de personajes muy histriónicos que participaron de un periodo de bonanza que supo explotar con acribia la figura del charro mexicano, un personaje que –se cuenta– fue rescatado de su languidez en la tierra jalisciense, preservándolo y mitificando a su vez su galana vestimenta, su porte, su sonora música, su arte ecuestre y campirano, propio de la gente recia de los Altos de Jalisco; y con su infaltable acompañamiento de los mariachis, se lo pudo revivir, impulsándolo, dotándolo de un nuevo auge, lo cual fue posible gracias a la feliz conjunción del talento de unos, la visión de otros, al arte que pusieron sus protagonistas y los mercados hispanoamericano y español que lo acogieron de buena gana a través de películas y discos de larga duración, aplaudiéndolo a rabiar.
A Jorge Negrete se le sigue recordando y se continua reconociendo su arte; gustan sus películas y su música se canta –Alejandro Fernández o Rafael Negrete (su nieto)– como si no hubiera pasado el tiempo, como perviviendo en el agrado de un público seguidor que reconoce también su gallardía, su galanura y su genio, manteniendo su vigencia y su admiración inmarchitables, preservando su vigencia aquella imagen masculina sin excesos, sin poses o sin derroches innecesarios. Él supo portar con especial donaire el traje de charro y lo catapultó al rango de elegancia que le corresponde y se le reconoce.
No es pues poca cosa, dado que «el charro cantor» paseó por el mundo con estilo el nombre de México, derrochando su talento, prodigando sus canciones, mostrando su bonhomía y plantando su mejor rostro, recio y amigable. De cerca se recuerda su afabilidad. Fue un estupendo embajador musical.
De su paso por España recuerdo una magnífica escena a la entrada de la hermosa Plaza de España en la capital hispalense (de la película «Jalisco canta en Sevilla» [1948]) que me induce a decir con asombro, que el precioso sitio perdura tal y como era en los momentos aquellos, cuando se filmó la cinta co-protagonizada por la simpatiquísima Carmen Sevilla. La magia del cine y la impronta de Jorge Negrete se entrelaza con ese espléndido hemiciclo de filigrana de ladrillo y esmaltada cerámica que enaltece el frondoso y solaz Parque de María Luisa de la capital andaluza.
Negrete también tuvo la gracia de cantarle a Guadalajara, la capital de Jalisco, la perla de Occidente. Los recientes Juegos Panamericanos allí celebrados ribeteados con sus 133 medallas para México, 42 de esas preseas de oro, junto con el éxito de los subsecuentes Juegos Parapanamericanos, exaltan el candor del son que Negrete interpretara magistralmente en la copla que reza «
¡Ay Jalisco, Jalisco, Jalisco, tu tienes tu novia que es Guadalajara…!»
Jorge Negrete cumpliría cien años en 2011 y valga la presente entrega como un merecido homenaje a tan reconocido cantante de sello tan mexicanísimo.