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La derrota absoluta

Ignacio Sánchez Cámara
viernes 02 de diciembre de 2011, 21:13h
El proyecto político de Zapatero ya había fracasado. Las urnas sólo han confirmado la derrota. Ha sido más una derrota que una victoria: una derrota por mayoría absoluta. Nunca el PSOE había caído tan bajo en la realidad y en las urnas. Más que a un cambio, hemos asistido a un rotundo cambiazo. La estrategia electoral popular ha sido eficaz gracias al hundimiento socialista, pero su crecimiento electoral ha sido moderado.

No creo en la personificación del cuerpo electoral ni, por lo tanto, en las indagaciones sobre su sabiduría o ignorancia. El resultado electoral no representa ninguna voluntad personal, sino la suma de millones de decisiones individuales. El pueblo español no confiere mayorías absolutas o relativas como consecuencia de su sabiduría o discreción. Hay votos, no voto. Y esos votos han rubricado el fracaso del proyecto político de ingeniería social de Zapatero. ¿O no? En realidad, ahí reside, a mi juicio la cuestión decisiva. Es evidente que la crisis económica se ha llevado por delante al Gobierno. No lo es tanto si ha sido sólo debido a la crisis. El diagnóstico socialista es patente: el electorado nos ha castigado por la crisis. Pero esto encierra un equívoco, a menos que haya que postular, cosa que la izquierda no suele hacer (y la derecha poco) que el pueblo pueda equivocarse. Porque, en cualquier caso, la mayoría no ha tragado con la versión oficial de que la crisis ha sido provocada por los mercados y que el Gobierno ha sido más víctima que culpable. La mayoría ha culpado al Gobierno, y quizá no sólo por su pésima gestión económica de una crisis ajena. Acaso considera que el Ejecutivo no sólo no ha sido la solución, sino que también ha sido parte fundamental del problema. Para decirlo con la simplicidad del eslogan: la mayoría ha rechazado la terapia anticapitalista tipo 15-M.

Pero, para mí, la cuestión fundamental, por las consecuencias que puede tener, es si el varapalo se reduce o no a esto: a la economía. Es evidente que el paro ocupa el primer lugar en las preocupaciones de los ciudadanos. Y también lo es que la mayoría no ve en Rubalcaba y el PSOE el camino hacia el empleo. Pero la cuestión es si la derrota también tiene como destinatario al proyecto político general de Zapatero. De ello depende la mayor o menor salud de nuestra vida pública. Pues si sólo rechazamos a Zapatero por su gestión económica, es que padecemos una crisis intelectual y moral aún más grave que la económica. Quiero pensar, pero no estoy seguro, que las urnas han castigado ese obstinado y nefasto proyecto de ingeniería social y de demolición del espíritu de concordia de la Transición: memoria histórica, matrimonio, aborto, Educación para la Ciudadanía… En cualquier caso, las elecciones se lo han llevado por delante. Falta por saber si se trata de una decisión mayoritaria o sólo de un efecto colateral de la crisis económica. Por referirme a un reciente artículo anterior, no sé si la derrota es sólo el precio de la ruina o también el de la discordia.

En cualquier caso, el panorama es desolador. A la crisis económica se suma una grave crisis política e institucional, y una profunda crisis moral. Y no parece que baste encomendarse a Europa, que, tal como está, es más parte del problema que de la solución. Si no me equivoco, el reto del PP va mucho más allá del tratamiento de la penuria económica. Si sólo se tratara de eso, podríamos estar relativamente tranquilos. Lo que está por ver es si los nuevos gobernantes son conscientes de la magnitud no económica del reto, o si se conforman con ser, lo que no es, sin duda, poco, pero tampoco mucho, eficaces gestores. El Gobierno de los ignorantes ya hemos visto lo que ha dado de sí. Frente a él, la tecnocracia es un alivio. Pero más que la hora de los tecnócratas, asistimos al tiempo de los estadistas, de hombres que anteponen el bien público a su interés electoral.

Más que de mayoría absoluta del PP, cabría hablar de minoría absoluta del PSOE. La victoria no ha sido absoluta. La absoluta ha sido la derrota. Que así sea.

Ignacio Sánchez Cámara

Catedrático de Filosofía del Derecho

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