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CRÍTICA

Carlos Fuentes: La gran novela latinoamericana

domingo 04 de diciembre de 2011, 11:42h
Carlos Fuentes: La gran novela latinoamericana. Alfaguara. Madrid, 2011. 439 páginas. 18,50 €

En 1965 el narrador colombiano Eduardo Caballero Calderón cuestionaba el concepto de “novela latinoamericana” en una obra que pasó desapercibida para la crítica, aunque con ella su autor obtenía el prestigioso premio Nadal en 1966. Se trata de El buen salvaje y tanto el título como el tema vienen como anillo al dedo para hablar de este libro en el que Carlos Fuentes fija los límites del género y rastrea sus orígenes, remontándose al periodo de la Conquista, hasta situarnos en la época contemporánea. Desde Bernal Díaz del Castillo y su Verdadera historia de la conquista de Nueva España, hasta Jorge Volpi o Santiago Gamboa a quienes Fuentes augura una futura importancia. He de señalar que las ideas expuestas por Fuentes en este volumen ya habían sido formuladas en su célebre ensayo La nueva novela latinoamericana (1969) donde, en líneas generales, plantea que la novela es mito, lenguaje y estructura, lo que desarrolla y amplía en este último libro. El autor viaja en el tiempo a través de obras que se inscriben en una tradición híbrida y mestiza. Latinoamérica es un cruce de pueblos y de culturas, superposición de tiempos; continente conquistado y contraconquistado por sus creadores. Lugar y no lugar: utopía, la búsqueda de ese mundo descubierto convierte el acto de creación en afirmación y negación, a la vez. Es lo que nos sugiere esta “novela” sobre la gran novela latinoamericana.

Laberinto, espejo, duplicidad o multiplicidad de imágenes, encuentro con el otro y desencuentro, juego de máscaras, artificio o parodia, en la década de los sesenta, momento en que la experimentación se contraponía al realismo mimético, la metanovela de Caballero Calderón, El buen salvaje, volvía del revés el mito occidental. El protagonista, un joven y pobre estudiante colombiano, intenta escribir una novela en París. Sorteando todo tipo de penurias, éste emprende distintos proyectos que no concluye por los dilemas que lo abruman. ¿En qué lengua debe ser escrita la obra? ¿A quién va dirigida? ¿Dónde debe situar la ficción? ¿Qué género debe elegir? ¿Debe antes optar por una estrategia comercial para triunfar? En resumen, sus proyectos no responden a lo que “debería” ser una “novela latinoamericana” y las demoledoras críticas que lo empujan al fracaso van fragmentando el género, dinamitándolo, pero también fijan sus límites en una obra que se explica a sí misma desde su propia destrucción, lo que hoy nos pronostican quienes abominan de la experimentación y promocionan la banalización de los temas para captar lectores.

Por eso, este libro de Carlos Fuentes se convierte en una referencia necesaria a la hora de fijar un canon. A salvo de cualquier erudición libresca, evita las explicaciones positivistas y los determinismos, es decir, las simplificaciones de los periodos, las series epocales, los movimientos, escuelas, regiones geográficas o filiaciones nacionales que, a la postre, dejan de lado a los narradores más raros, curiosos y experimentales de nuestra narrativa. Por eso, al margen de sus elecciones, siempre discutibles, me parece un acierto que Fuentes dibuje trayectorias en el tiempo, partiendo de las figuras más luminosas de la tradición europea: Erasmo, Maquiavelo y Moro, poniendo en evidencia el sincretismo cultural que fortalece el sentido de continuidad, crucial, según él, en la identidad del universo latinoamericano.

Así, vislumbramos el camino que va de Maquiavelo a Cortés y de éste a Pedro Páramo, señor de la horca y el cuchillo, conquistador y príncipe cruel; seguimos una travesía lúdica que va de Cervantes a Borges, quien ofrece a los lectores, según Fuentes, “la oportunidad de re-inventar, re-vivir el pasado, a fin de seguir inventando el presente”; o de Erasmo a Cortázar quien con Rayuela “coloca a la novela hispanoamericana en el umbral mismo de la novela potencial: la novela por venir de un mundo culturalmente insatisfecho y diverso”, argumenta. Del mito de la Edad de Oro y la promesa de la Ciudad Nueva hasta Carpentier hay una línea nítida que conduce a una pluralidad de tiempos. En cambio, otros autores se resisten a esa línea que podría encasillarlos y van más allá de la tradición, como Onetti, en pijama y bata, en la frontera entre la vida diaria, la imaginación y el sueño. Éste reúne todos los géneros a partir del cual Fuentes formula su concepto de “novela que se sabe novela porque se lee a sí misma y se sabe leída por los lectores”, en tanto que en Paradiso, fuera de serie, para Fuentes, Lezama Lima asigna a la palabra la función primera de recorrer el cuerpo; mientras que con Cien años de soledad y El otoño del patriarca aprendemos que García Márquez restituye, en la palabra sobre el poder, el poder de la palabra del escritor.

Aquí no se deja de lado la función medular de los textos fundacionales de las culturas indígenas. Todo lo contrario, se reivindica la gran tradición oral de estos pueblos, recordando la responsabilidad moral que tenemos de decidir si preservamos esta memoria. Tampoco se ignora la fuerza del elemento africano cuya savia alimenta nuestra literatura. Ante esa realidad, Fuentes se define como indo-iberoamericano mestizo educado en el catolicismo en el que se refugiaron sincréticamente las culturas indígena y africana, lo que implicó, según él, la universalización de la lengua castellana. Del mismo modo, señala una circunstancia de suma importancia y es la deuda de la narrativa latinoamericana con poetas como Rubén Darío, Pablo Neruda, Leopoldo Lugones, Luis Palés Matos, César Vallejo y Gabriela Mistral, pues gracias a ellos, nos dice, “los novelistas tuvimos un lenguaje con el cual trabajar en la tarea inacabada de la contraconquista de la América española”.

Y es que este volumen aporta criterios de valoración fundamentales para abordar el hecho literario en América Latina, asumiendo riesgos, presencias y ausencias flagrantes como las que inevitablemente encontramos. Un ejemplo: escasez de narradoras. Salvo Sor Juana Inés de la Cruz, Nelida Piñón y una “quintilla de damas” mexicanas, las mujeres no se mencionan. ¿Por qué no están Rosario Castellanos, o Elena Garro con Los recuerdos del porvenir que da forma a muchas de las ideas expuestas en este libro? Al referirse a los indios americanos, el autor afirma que ellos “son el fiel de la balanza de nuestra posibilidad comunitaria”. Particularmente, incluiría en esa frase a las mujeres, empezando por la figura de la tata indígena que transmitió con amor su rica y milenaria tradición oral a Rosario Castellanos y a José María Arguedas, quienes la incorporaron a su ser y a su obra, vinculándose por esa vía al Inca Garcilaso de la Vega.


Por Consuelo Triviño Anzola
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