Monti y la imagen de Italia
Andrea Donofrio
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adonofriohotmailcom/9/9/17
domingo 04 de diciembre de 2011, 20:03h
La dimisión de Berlusconi y el nombramiento de Mario Monti como Presidente del Gobierno de Italia no representa sólo un cambio político, sino también de imagen y cultural. Termina una época caracterizada por una negativa imagen del país, un mandatario discutible que, con sus bromas y gestos controvertidos, ha fomentado el estereotipo italiano, manchando la credibilidad de un país, avergonzadoa gran parte de sus ciudadanos.
La llegada al poder de Berlusconi significó el ingreso de la informalidad en las sedes institucionales italianas, la destructuración del lenguaje político, la antipolítica del poder. No se ha tratado exclusivamente de un fenómeno político, sino también de un fenómeno social y cultural, de una profunda transformación de la sociedad italiana. El cavaliere entró en la escena política italiana presentándose como una alternativa a la política convencional, aprovechándose de la desafección ciudadana respecto de la política nacional tras los escándalos de corrupción política de “Manos limpias”. Utilizando los imponentes medios de comunicación, Berlusconi consiguió alcanzar el poder, permaneciendo en la cima a través de engaños y mentiras, una maquiavélica y cínica gestión del poder. Entre risas enlatadas y aplausos grabados, Italia se hundía mientras su “dueño exhibía su carisma telegénico, preocupándose por sus intereses personales y económicos. El monopolio televisivo, la omnipresencia mediática, la fragmentación de la oposición, el abuso de la legalidad, la complicidad de parte de los empresarios italianos permitieron que Berlusconi permaneciera en el poder tantos años, desarrollando una política que anhelaba prescindir de las instituciones. Como afirmaba lucidamente Umberto Eco, “entre el jefe y el pueblo se establece una relación directa, a través de los medios de masas, con la consiguiente desautorización del Parlamento”: la televisión se convirtió en ágora y parlamento, el púlpito mediático desde donde ejercer el poder y defenderse de las acusaciones judiciales. Y, mientras tanto, propagaba internacionalmente su imagen, intencional y además espontáneamente, estereotipada. El italiano que encarnaba Berlusconi era machista e irrespetuoso, teatral y guasón, histriónico y donjuan, vulgar y artificial. Todo en una sola persona, convertida en una caricatura grotesca del italiano medio, una gigantografía esperpentica. Un Presidente que contaba chistes, blasfemaba, cantaba canciones napolitanas y premiaba las velinas que participaban a sus elegantes veladas con importantes cargo públicos. Como si fuera una Corte, independientemente de la experiencia profesional y a costa del grave perjuicio del funcionamiento del gobierno, procedía al nombramiento de los altos cargos públicos-administrativos como un premio por un favor prestado, una recompensa a la fidelidad demostrada, el reconocimiento de un voto ofrecido. El mandatario era el creador y el propugnador de este modelo, del velinismo, creando una estética-ética nueva, frívola personalista y burda.
Afortunadamente, la llegada de Monti supone un cambio de estilo, la entrada a Palazzo Chigi de una figura sobria, una representante de la Milán trabajadora, prototipo de la burguesía reservada. Un académico erudito, poco mondano. Monti representa un señor antitético a Berlusconi, culto y amante de la música clásica, reservado y no maquillado, sobrio y creíble. Cuando los paparazzi le siguieron el pasado sábado, descubrieron decepcionados, que no iba a ninguna fiesta o encuentro prohibido, sino que a buscar su esposa a la estación ferroviaria de Roma. Se trata de un tecnócrata respetado y un economista internacionalmente reconocido, serio y discreto, carente de la vulgar componente berlusconiana. Asimismo, su equipo de trabajo resulta formado por un grupo de notables en sus respectivos campos, profesores universitarios o gente con experiencia laboral.
Italia debe recuperar su altura cultural y moral, abandonado los excesos y las frivolidades: las bufonadas, las salidas de tono, los comentarios machistas deben dejar el paso a la educación y a la cultura, al rigor y la sensatez. Desde el punto de vista socio-económico, se trata de pasar del bunga bunga a las reformas, de la preocupación para una nueva orgía a la aplicación de las medidas necesarias para relanzar un país al borde del abismo, de las mamachico y las escorts a recuperar una moralidad y una ética. Italia, cuna del arte clásico, del Renacimiento, del derecho romano y de la ciencia política, patria de Dante, Manzoni, Maquiavelo, Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Raffaello y otros grandes del pasado, debe recuperar su lugar en el Mundo.
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Politólogo
Andrea Donofrio es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset
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adonofriohotmailcom/9/9/17
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