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Regreso a la Escuela de Salamanca: ¿dónde ha quedado la sátira periodística?

David Felipe Arranz
domingo 04 de diciembre de 2011, 21:01h
El panorama satírico español brilla actualmente por su ausencia; si exceptuamos plumas como las de Ángel Antonio Herrera, Antonio Burgos, Víctor Márquez Reviriego o Manuel Alcántara, ya no se estila como lo hacía en tiempo de nuestros clásicos del columnismo la censura acre, aguda, picante y mordaz.

Uno de los hitos del género satírico tuvo lugar a lo largo del último tercio del siglo XVIII en España, el agustino fray Diego Tadeo González –Delio para las letras– (1732-1794) impulsó un movimiento para restaurar la poesía lírica española, tomando como modelo a fray Luis de León. Se llamó Escuela de Salamanca o Escuela poética salmantina. Aficionado a la poesía, fray Diego centró su atención en la Luisiana “Oda a la vida retirada” y en la Exposición del libro de Job, que el agustino escribió en la cárcel y se publicó dos siglos más tarde, en 1779. Los mimbres de la nueva escuela se desarrollaron a partir de la docencia y el magisterio de fray Diego y el modelo educativo, extraordinariamente revolucionario, pasaba por la creación de un Parnaso salmantino, una Arcadia agustiniana… de forma tan fidedigna, que fray Diego adoptó el seudónimo ya citado de Delio y sus dos discípulos, los padres Juan Fernández de Rojas y Andrés del Corral, los nombres de Liseno y Andrenio.

El giro hacia la sátira llegó precisamente con Fernández de Rojas, el que salvó del fuego las poesías de su maestro, quien encargó que las quemase junto a sus papeles, y destacó como escritor satírico con la Crotalogía o Arte de tocar las castañuelas (1792), contra el entusiasmo enciclopedista y la pasión por el ultraclasicismo y las tres unidades, y hasta tal punto llegó la polémica que su autor hubo de publicar una segunda parte, la Impugnación literaria de la Crotalogía. Vinculado estrechamente a la prensa de la época –se cree que era el Censor Mensual que ejercía de crítico literario del Diario de Madrid–, Fernández de Rojas se atrevió a zaherir a la sociedad de su tiempo con un Libro de Moda o ensayo de la historia de los Currutacos, Pirracas y Madamitas del nuevo cuño (1795). Otro seguidor fue el sacerdote José Iglesias de la Casa, que escribió parodias –que él llamó trovas– y letrillas en la línea de Góngora y de Quevedo: “Folgaba un buen mendigo / con una bota hurtada en la ribera / del Tormes, sin testigo”. En cambio, Andrés del Corral, que llegó a ser catedrático de la Universidad de Valladolid, se dedicó a los menos conflictivos estudios arqueológicos y numismáticos, fruto de los cuales es el poema “Las exequias de Arión”.

Este movimiento cuajó de forma aún más contundente gracias al aperturismo hacia ámbitos laicos, puerta que fue aprovechada por el poeta Juan Meléndez Valdés y el escritor Juan Pablo Forner. Precisamente, en aquellos días llegó a Salamanca José Cadalso, que ya llevaba consigo un reconocimiento como poeta y que ingresó en la Arcadia salmantina con el nombre de Dalmiro. Fue precisamente la influencia del autor de las Cartas marruecas la que motivó el giro hacia la corriente ultraclásica de Meléndez Valdés. Las Poesías (1796), de fray Diego Tadeo González, de carácter programático, contienen la quintaesencia estética de la corriente, en la que destaca la invectiva epitafio “El murciélago alevoso”: “Aquí yace el murciélago alevoso / que el sol horrorizó y ahuyentó el día, / de pueril saña triunfo lastimosos, / con cruel muerte pagó su alevosía; / no sigas, caminante, presuroso, / hasta decir sobre esta losa fría: / Acontezca tal fin y tal estrella / a aquél que mal hiciere a Mirta bella.” Las traducciones poéticas de algunos salmos, los poemas didácticos, algunos sonetos satíricos como el dedicado “A un orador contrahecho y zazoso” y el romance “A la quemadura del dedo de Filis” marcaron sin duda tendencia y una forma netamente satírica de informar al ciudadano.

Es en este punto del crecimiento de la Escuela cuando hace su aparición en escena Jovellanos, que adoptó el alias Jovino para comunicarse con los acólitos del movimiento. El padre Miguel de Miras (Mireo), amigo fraterno del padre Diego González y lazo de unión entre los grupos literarios de Sevilla y Salamanca, puso en contacto con el círculo lírico al gijonés Jovellanos (1744-1810), que ya había escrito la tragedia Pelayo en 1769 y estrenado El delincuente honrado en 1774, se entregaba a la creación de poemas líricos y acababa de traducir el canto primero del Paraíso perdido de Milton. Jovellanos, que por entonces era alcalde del crimen y después oidor de la Real Audiencia de Sevilla, frecuentaba la tertulia del intendente peruano Pablo de Olavide. Como el resto, absorbió el espíritu satírico de la Escuela y sus artículos y epístolas poéticas publicados en El Censor y el Diario de Madrid le trajeron muchos problemas y, a la postre, la persecución por parte de Godoy y su encierro durante seis años, entre 1802 y 1808, en el Castillo de Bellver.

¿Arriesgaría hoy en día su libertad algún columnista o escritor por informar al ciudadano de las imperfecciones sociales y los desmanes del Poder bajo la valiente especie de la sátira?
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