www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

De la “casa común de la izquierda” a la “izquierda plural”

Javier Rupérez
x
jruperezelimparciales/9/1/9/21
jueves 08 de diciembre de 2011, 19:31h
Sentenciaban los romanos la suerte de los derrotados con aquel amargo “vae victis”, ¡ay de los vencidos! , y contemplando la situación de los socialistas después del sonoro fracaso electoral que cosecharon el pasado 20 de noviembre uno no puede por menos que concurrir con la sabiduría del dictum: no parecen haberse dado cuenta cabal de lo que les ha sucedido. Cuando un partido político sufre la reducción de sus seguidores en unos cuatro millones y medio de votos, que casi equivalen a la tercera parte de los votos obtenidos en los anteriores comicios, en 2008, algo muy profundo está ocurriendo en la clientela política de la formación. Tan profundo como para resultar inanes los primeros intentos de explicación del fenómeno: errores en la comunicación, la dureza de los recortes sociales, la mala coyuntura económica, pérdida de sintonía con las bases. Siendo todas ellas explicaciones parciales y limitadamente ciertas no son sin embargo suficientes, aisladamente o en conjunto, para explicar la mayor retirada de confianza pública que se produce en la política española desde la sonada derrota de la UCD en 1982. Suelen adolecer tales explicaciones de un mal congénito entre una buena parte de la clase política, sobre todo si es de izquierdas, cual es achacar los resultados de los errores cometidos a cualquiera menos a sí misma. Ello naturalmente evita la adopción de las medidas correspondientes –que no pueden ser otras que salir ordenadamente por el foro- y perpetúa el desatino. El PSOE de 2011 se encuentra numéricamente al nivel de AP en 1982, con la diferencia de que el partido entonces presidido por Fraga tenía un camino ascendente por delante mientras que este PSOE contemporáneo debe andarse con mucho cuidado para no disolverse en los competidores que a derecha y a izquierda han sabido sacar réditos de sus extravagancias. Por lo menos a Joaquín Almunia, que ya no es el peor de los candidatos socialistas, le faltó tiempo para presentar su dimisión.

Claro que cosa de mucha admiración es el contemplar como todavía siete millones de almas caritativas han depositado su voto en ese barco a la deriva en que se había convertido el PSOE del tandem Zapatero/ Rubalcaba y a ellos se aferran los que pretenden hacerse con los restos del naufragio profetizando mejores singladuras para el futuro. Que la suerte, siempre esquiva, les acompañe, porque milagro sería que los que durante cerca de ocho años estuvieron en el puente y en la sala de máquinas consiguieran ahora hacer creer que no tuvieron arte ni parte en el estruendoso encallamiento. Como milagro también resultaría el que una buena parte de esas almas piadosas, al contemplar el desastre, no estuvieran ya considerando tornar hacia propuestas menos delicuescentes, seguramente escocidos por el error de juicio cometido. Observaciones como la recientemente ofrecida por un noqueado Rubalcaba al minusvalorar la victoria del PP “porque sólo han aumentado sus votos en medio millón” no son precisamente las que necesita la vapuleada clientela para apreciar la valía del que se presenta como salvador de su propia catástrofe.

Presumen los socialistas que por años pueden alardear de históricos, de la calidad incombustible y por ende insumergible –como ateos que son no se atreven a decir que eterna- del conglomerado que les une y si bien se repara algo de razón no les falta, si se tiene en cuenta que las seculares siglas han sobrevivido con más o menos tarascadas y no siempre en situación de mucha actividad -recordemos aquel malvado comunista que osó acusarles de haberse pasado el franquismo gozando de una larga vacación- a gentes como Largo Caballero y Negrín. Bien es cierto que a este último le echaron, pero por alguna extraña razón el zapaterismo le declaró retroactivamente readmitido en el partido que alguna vez se quiso “la casa común de la izquierda”. La cuestión está en saber si el PSOE de las esencias verdaderas logrará esta vez sobrevivir al nombre de Zapatero.

Se ha convertido en malévolo lugar común el afirmar que el PSOE ya no es socialista, ni obrero, ni español y que apenas mantiene la cohesión que tradicionalmente se presume de los buenos y grandes partidos políticos. Una parte del electorado que fue socialista así lo ha entendido, optando por la socialdemocracia nacional que encarna Rosa Diez o por la izquierda obrerista que dirige Cayo Lara. En el ruedo político español, cuando un partido supera la barrera del millón de votos –cosa que ha ocurrido con largueza en ambos casos- puede comenzar a adquirir velocidad de crucero y convertir “la casa común de la izquierda” en la “izquierda plural” o incluso, desde la perspectiva de la calle Ferraz, en el comienzo de la decadencia. Y ello sin sacar las cuentas de la distorsión que el sistema electoral supone para los partidos que no se encuentran en la cabeza del recuento según el método D´Hondt. Razones suficientes para que los socialistas que todavía lo son del PSOE hagan algún tipo de rogativa laica para que alguien, con sentido politico práctico, les saque del atolladero. No vaya a ser que la cosa resulta más sumergible de lo que se pensaba.

Comentaristas bien intencionados habrá que lamenten las desgracias del PSOE y prediquen de ellas, si no son pronto corregidas, grandes males para la estabilidad política del país. Algunos incluso irán tan lejos como para invitar al PP a que se sume a la letanía de lamentos e incluso eventualmente a la tarea de corregir el desaguisado. Haría bien el partido centrista en resistir denodadamente esos cantos de sirena. No tanto porque el PSOE siempre se hubiera cuidado de que nadie le hiciera sombra sin importarle una higa la estabilidad política de este o de cualquier otro país sino porque la tan cacareada estabilidad no está en juego ni depende de los males que aquejan al PSOE: el sistema ha funcionado con normalidad, la voluntad de los españoles ha sido adecuadamente reflejada en las urnas y la combinación no tiene porque ser una formada por socialistas y nacionalistas con la exclusión del centro y de la derecha -intento ese desestabilizador donde los hubiere- sino otra de un centro derecha dominante abierto, que no condicionado, a la colaboración con todos los que quieran arrimar el hombro en esta complicada coyuntura. Incluyendo naturalmente a lo que quede del PSOE. Y que cada palo aguante su vela.

Javier Rupérez

Embajador de España

JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios