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Crónica económica

Estrategia europea: ¿austeridad o crecimiento?

domingo 11 de diciembre de 2011, 23:22h
Actualizado el: 24/05/2016 14:01h
Europa ha elegido claramente un camino, el de la austeridad, para salir del atrolladero en el que está. Sobre el continente y sus dirigentes llueven críticas de todo tipo. La más común es la que, por ejemplo, lanza Rubalcaba desde nuestro país: ¿Qué pasa con el crecimiento?
Estamos jugando con una ecuación en la que están las siguientes incógnitas: el gasto público, los ingresos públicos, el crecimiento y el ahorro. Si los gastos corren más que los ingresos, incurrimos en déficit. El Estado no podría hacer frente a sus pagos si no cubriese ese déficit con dinero prestado. Por eso el déficit “va a la deuda”, como se suele decir.

Los gastos, grosso modo, se dividen en dos partes: el gasto comprometido, y del que los políticos no pueden disponer, y el gasto “discrecional”, aquél del que los políticos pueden disponer: lo aumentan o disminuyen en función del juego político y económico. Con el ejemplo español, lo puede ver el lector muy gráficamente sin más que acudir a un gráfico de los últimos presupuestos, elaborado por lainformacion.com. El gasto está dividido en cuatro partidas. 1) Servicios públicos básicos. Apenas se mueven. 2) Gasto social. Comprometido en función de políticas generales, y no se puede reducir a no ser que se reformen las condiciones en que se otorgan. 3) Actuaciones económicas y 4) Actuaciones generales. En estas dos partidas sí se puede “meter mano”, y se ve claramente en el presupuesto de 2011.

Los ingresos dependen de la estructura de los impuestos, su “adecuación” a la estructura empresarial, y el crecimiento económico. Con una relación complicada, todavía debatida, entre los impuestos y el crecimiento. Pero sí parece claro que a partir de cierto nivel, los impuestos afectan lo suficiente al crecimiento como para tener efectos recaudatorios negativos.

El crecimiento. Un fenómeno aún más complejo. Sí hay cierto consenso en que la prevalencia del Estado de Derecho, la ausencia del intervencionismo, el comercio internacional, más unos impuestos bajos lo favorecen. El problema en Europa, como en el resto del mundo desarrollado, pero más aún que ese mundo, es que hemos topado con unos Estados muy pesados y hemos permitido unas regulaciones especiosas, y ambos lastran el crecimiento. Ese crecimiento, en Europa pero también en Estados Unidos y también en Japón, ha ido cayendo secularmente desde mediado el pasado siglo, a medida que los respectivos Estados han ido haciéndose con el control directo o indirecto de una porción mayor de la riqueza. Ya tuvimos una crisis de ese Estado elefantiásico en los 70, que llevó a las reformas en la era Reagan-Thatcher, pero ha seguido creciendo.

Pero vamos ahora al caso concreto de la Europa de hoy. La crítica de Rubalcaba, que se repite en España desde varios sitios, y no sólo desde la izquierda, es que la austeridad (menos gasto, más impuestos) está matando el crecimiento, y que sin este último no hay solución. Pero el gasto ha subido mucho durante la primera fase de la crisis, en gran parte porque todos han seguido la orden del FMI de gastar sin término. Y quizás haya ido demasiado lejos para lo que aguanta la economía. ¿Y los impuestos? Nos encontramos con el debate entre ingresos y crecimiento de siempre.

Recientemente, el WSJ ponía como ejemplo a España de aquello que señala la izquierda: que la austeridad no es suficiente. España, es cierto, ha cumplido todos los criterios de Maastricht hasta la segunda legislatura de Zapatero. Y no le ha servido de nada. ¿Por qué? Por dos razones. Una la señalaba el propio WSJ: nuestra economía estaba envenenada con un exceso de crédito que financió multitud de proyectos inviables por insolventes.

El exceso inmobiliario, entre otros. Y la otra es que la falta de credibilidad de nuestra deuda no viene sólo del control del déficit y del nivel de deuda, sino de la confianza de los inversores en que la economía española será lo suficientemente productiva como para sostener la deuda que hayamos acumulado.

Megan McArdle, desde The Atlantic, señala que antes había países que cada cierto tiempo recuperaban competitividad devaluando su moneda, como Italia o España. Pero ahora no lo pueden hacer porque están en el euro. Y McArdle cree que estos países con economías “débiles” jamás recuperarán la suficiente productividad como para ser competitivos sin devaluar, es decir, sin empobrecerse. ¿Es ese el problema de Europa? Esa
es una gran cuestión.
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