El equilibrio de Mortier
miércoles 14 de diciembre de 2011, 21:40h
Con demasiada frecuencia, tiramos de algo tan peligroso como la generalización para identificarnos o diferenciarnos en relación a nuestros gustos personales. Sin embargo, es obvio que a la hora de afirmar, por ejemplo, que nos gusta el cine, en realidad estamos pensando en uno o dos géneros cinematográficos en concreto y, desde luego, no osamos meternos en la primera sala que nos pilla a mano, con independencia de lo que vaya a aparecer en la pantalla. Lo mismo ocurre, claro, en cualquiera de las artes. Tampoco creo que quien dice que adora leer, mezcle normalmente en la mesilla sesudos ensayos de física cuántica con novelas de amor, que abre indistintamente según cómo haya transcurrido el día o que el aficionado a la pintura, por mucho que le guste toda expresión plástica, experimente las mismas sensaciones frente a un Kandisnki que delante de un Rubens.
En el caso de la ópera, magistral y complicada conjunción de expresiones artísticas: música, canto, literatura y puro teatro, regada con un sofisticado caldo de pasión, el asunto se torna bastante más peliagudo. A la sencilla pregunta de si a alguien le gusta la ópera o no, normalmente recibiremos esa generalizadora respuesta que mencionábamos, aunque es, sin duda, en la lírica donde más parecen abrirse brechas entre los aficionados, seguramente porque aquí entra en juego con claridad el elemento de la oferta que, evidentemente, no es ni podría ser nunca tan extensa como la cinematográfica. Es decir, que a un aficionado al cine y, en concreto, al género de espionaje y acción, le va a dar bastante igual que se estrenen varias comedias románticas en un año, incluso en un mes o en un fin de semana. No tiene que preocuparse, sabe que la oferta es tan grande que podrá sin problemas encontrar lo que a él le satisface. En la ópera, y disculpen la perogrullada, la cosa no funciona así.
Por eso, cuando se hace pública la próxima temporada de un teatro de ópera, lo normal es que unos salten de alegría y otros se sientan “estafados”. Que unos empiecen a contar cuántos Mozarts se incluyen y otros sólo busquen Bergs o Schöbergs. ¿Tradición contra vanguardia? ¿Italia, Rusia o Francia? ¿Recitativos barrocos o atonalidades del siglo XX? Todo, respondería el sentido común. Que haya para unos y para los otros.
Es decir, equilibrio. Qué gran palabra. El presidente del Patronato de la Fundación del Teatro Real, Gregorio Marañón, recordaba ayer ante la prensa – mientras le escuchábamos, pasábamos las hojas con el adelanto de la programación, extasiados unos, desencantados otros – que equilibrio fue precisamente el término utilizado por Gerard Mortier cuando se presentó en la capital para darnos las primeras pinceladas de lo que supondría su paso por Madrid. Eso sí, como recordaba Marañón, Mortier dijo que ese equilibrio se alcanzaría a lo largo de las temporadas en las que él estuviera al frente.
En todo caso, si alguien le creyó en aquel momento, probablemente dejó de hacerlo cuando el mes de febrero pasado se anunció la actual temporada, que dio comienzo el pasado septiembre y de la que hasta la fecha sólo llevamos tres producciones. Y más que por los títulos que figuraban en la programación, no extrañaría que la falta de fe en sus palabras se hubiera visto incrementada por la fama de polémico que el director belga se había traído en su mudanza a España. Él mismo asegura que la ópera es teatro y que el teatro ha de servir no sólo como entretenimiento contemplativo, también como motivo de debate o sano revulsivo de conciencias. En realidad, siempre lo ha sido a lo largo de la historia, y en el arte y la cultura se han librado importantes batallas que luego han saltado a la política desde los palcos y las butacas. Así, el resultado inmediato de aquella programación fue una reducción de los abonos y en los mentideros más “puccinianos” enseguida se auguraron taquillas vacías de público y repletas de entradas – ¡por fin en el Real! - y feroces abucheos, más temibles que los de “aquellos buenos tiempos” en Milán. La apuesta por óperas desconocidas del siglo XX, muchas en francés, checo o ruso, y la proverbial frialdad del público madrileño con injusta fama de poco aficionado en realidad a la lírica eran sólo dos de los importantes escollos con los que iba chocar una forma distinta de hacer ópera en la capital. Un gran reto en general poco entendido en la calle y que, sin embargo, a la vista está que ha conseguido importantes resultados.
El Real ha continuado llenándose cada noche con una ocupación cercana al 95%, el dinero público que con la crisis ha tenido que rebajarse se ha sustituido por un creciente patrocinio, no hay oferta para tanta demanda de empresas privadas e instituciones públicas que quieren celebrar eventos en el Real y, en definitiva, la mayor parte del público – una parte de los que no renovaron su abono, han confesado haberse arrepentido - ha apreciado el valor de esas obras desconocidas, con pinta de “rollazo”, porque, con independencia de la escena - que sigue siendo lo que menos gusta por aquí – e incluso del personal gusto musical de cada uno, la calidad ha estado presente siempre en cada una de las producciones que se han ido encaramando al escenario. A nadie, como decíamos, nos gustan las mismas cosas. Por eso, nos sorprenden los aplausos de los demás cuando a nosotros, en cambio, aquello no nos ha gustado y al contrario. Pero si hay calidad, el compromiso profesional con la obra y el público está presente con inteligencia, pasión y honestidad, poco hay que objetar ya.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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