La paz armada y nosotros
José Manuel Cuenca Toribio
viernes 16 de diciembre de 2011, 21:14h
Es sorprendente la sensibilidad o instinto de las sociedades ante las mudanzas históricas o grandes cambios de época. Con el rompimiento de la paz octaviana lograda por el imperio USA a finales de la centuria pasada coincidió el revival en el Viejo Continente de la literatura memoriográfica del periodo de entreguerras. Autores como Stephan Zweig, Emil Ludwig, André Maurois o los mismos Marcel Proust y Thomas Mann volvieron a conocer un éxito, a las veces, superior incluso al que gozaron en vida. Reforzados por Sándor Márai estos escritores volvieron a satisfacer –acrecidas en muchas ocasiones, se insistirá- las ansias de recuerdos y evocaciones de un tiempo nimbado a los ojos de las presentes generaciones con el halo de un esplendor y libertad perdido para siempre. Los años áureos del Orient-Express, en los que podía irse de Madrid a Moscú sin mostrar el pasaporte y en los que jamás los recepcionistas de hotel equivocaban el tratamiento condigno a sus huéspedes…
La mayoría de tales textos salieron de plumas centroeuropeas, pertenecientes, por ende, a los pueblos que, con la destrucción de los imperios centrales y zaristas -a los que habría que añadir también a nuestros efectos el otomano-, experimentaron una transformación superior en sus mores y vigencias sociales. No por ello otras naciones como Gran Bretaña y la propia nuestra dejaron de asistir a remecimientos de menor intensidad. Si se repara en el espectacular y masivo éxito de la famosa serie televisiva inglesa “Arriba y abajo” y en las que, en el mismo surco, se estrenaron coetáneamente -con audiencia también muy notable por lo común- en España, quizá se haya medido con cierta precisión el anclase del fenómeno. España, como es bien sabido, tuvo la gran fortuna de no intervenir en la Gran Guerra –“hay neutralidades que matan”, diría no obstante aquel viejo zorro de la política llamado el conde de Romanones-; pero ella, claro es, si se adentró en sus consecuencias y efectos en toda la piel de toro. Un destacado novelista y crítico social que tenía de fascista lo mismo que F. D. Roosevelt o W. Churchill, el galaico W. Fernández Flórez –bien que otra cosa afirme su estudioso más conocido y brillante-, describió envidiablemente en Los que no fuimos a la guerra as revolucionarias modificaciones que afectaron a múltiples estructuras de la existencia nacional poco antes de que la Dictadura de Primo de Rivera acabara de consolidar su modernización con el advenimiento de una sociedad de masas en toda regla.
Así, el mundo del periodo denominado de la Paz Armada es recordado hoy por gentes que ven derrumbarse aceleradamente el paisaje histórico que albergara su juventud y madurez.
Trance repetido en centenares de ocasiones en el pasado, aunque tal vez en un panorama menos inquietante que el hodierno. Pese a que la comparación con el hundimiento de la civilización romana tan del agrado de ciertos comentaristas sea a todas luces exagerada, la crisis protagonizada en el despegue del siglo XXI por los pueblos a los que correspondió la dirigencia universal durante los últimos quinientos años es, desde luego, de una hondura con escasos antecedentes en la historia. El bagaje moral que inexcusablemente habrá de entregarse a las hornadas que edifiquen sobre él la mante arquitectura de una nueva convivencia, se ofrece crecientemente con perfiles más borrosos e infirmes. Aun sin traspasar la frontera del catastrofismo, cualquier mirada serena observa un contexto cada vez más agrietado en sus raíces éticas, en el que las fracturas de una herencia altamente positiva en su inspiración civilizadora no son reparadas por unas cohesiones doctrinales y sociales progresivamente reducidas.
Experiencia común a los países llamados en otro tiempo del “primer mundo”, acaso el español siente en el arranque del año de gracia y gloriosas conmemoraciones nacionales- la de la Constitución de 1812 a la cabeza- de 2012, con mayor fuerza que muchos otros europeos, la desazón de afrontar un reto angustioso.