Ejemplaridad y legalidad
viernes 16 de diciembre de 2011, 21:16h
Resulta evidente, al menos a mí, que la crisis es radical y, por ello, moral. Y no lo es tanto por la frecuencia de los abusos (basta hojear la Prensa en este final de Legislatura) como por muchos de los usos o, también, por la aceptación extendida de lo que es considerado inaceptable. Para percibirla, más que a los escándalos conviene acercarse a pequeños detalles que suelen pasar inadvertidos. Veamos uno reciente. Se pretende que la ejemplaridad de una persona queda salvaguardada si no ha vulnerado la ley y, más concretamente la ley penal. Si esto fuera así, las personas quedaríamos clasificadas en dos grupos: los delincuentes y los ciudadanos ejemplares. El cumplimiento de la ley es algo así como un mínimo, y si se trata del Código penal, del mínimo para no ser delincuente. Pero entre serlo y ser persona ejemplar media largo trecho. La ejemplaridad es la consecuencia de la excelencia en cualquier ámbito de la vida humana. Ser ejemplar es ser digno de servir de ejemplo para los demás. Ciertamente, cumplir la ley penal es algo que merece ser imitado, pero parece excesivo calificar como ejemplar a quien se limita a cumplir sus deberes jurídicos. Eso deberíamos hacerlo todos. No hay, pues, ejemplaridad en ello. Llegar a pensar que quien ha podido cometer delitos o faltas graves ha dejado de ser ejemplar es decir muy poco, y, por tanto, afirmar algo equivocado. Es algo peor que, meramente, no ser ejemplar.
Luego viene la otra cara del problema derivado de la decretada nivelación universal. Si todos somos iguales, nadie puede tener deberes más exigentes que otro. Falso. Los deberes son personales. Hay ciertamente deberes comunes, por ejemplo, no mentir, pero también existen deberes propios derivados de la posición que alguien ocupa en la sociedad, o de su trabajo o cargo, o de su situación familiar, y así podríamos continuar. Cada persona tiene deberes intransferibles que no tiene otra. Ni todos tenemos los mismos deberes ni acaso tampoco los mismos derechos. Pero esto no puede reconocerlo la resentida hiperdemocracia dominante. Pero se trata justamente de lo contrario de lo que vulgarmente se piensa. Quien ocupa un lugar más alto en la sociedad no tiene más privilegios sino más deberes. Y cuando quienes se encuentran en esos lugares más altos lo olvidan o ignoran, no merecen ocuparlos.
Escribe Hobbes en el capítulo 30 de Leviatán: “El honor de los grandes, o se valora por sus actos de beneficencia y por las ayudas que dan a los hombres de menor rango, o no se valora en absoluto. Y las violencias, opresiones e injurias que cometen, no quedan atenuadas, sino agravadas por la grandeza de sus personas, ya que son estos hombres los que tienen menos necesidad de cometerlas. Las consecuencias de un favoritismo para con los grandes se suceden así: la impunidad los hace insolentes; su insolencia genera odio; y el odio da lugar a que el pueblo trate de echar abajo toda grandeza opresora y contumeliosa, aunque sea a costa de la ruina del Estado”.
Ni todos tenemos los mismos deberes, ni basta con cumplir la ley para ser ejemplar. Sólo faltaría que la ejemplaridad de los encumbrados pudiera limitarse a no transgredir el Código penal. Cosa que, por lo demás, algunos de ellos hacen. Sólo la más aguda miopía moral puede llevar a creer que sólo padecemos una crisis económica.
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Catedrático de Filosofía del Derecho
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