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Bonifacio

Joaquín Albaicín
lunes 19 de diciembre de 2011, 21:15h
Hubo una época, allá por los años 80, en que no cesaba de conocer a pintores, gremio muy dado al deporte –o arte- de la barra fija en todo tipo de botillerías. Uno de ellos, pronto gran amigo, fue Bonifacio Alfonso, quien ahora leo que, a muchos kilómetros de carretera de donde me hallo, acaba de trasladarse al otro barrio. Aunque haya muerto en su San Sebastián natal, siempre recordaré al Boni como personaje esencial del madrileño Barrio de las Letras, enzarzado por sus aceras y catacumbas en conquistas amorosas y noches flamencas imposibles que, después, se deslizaban a chorros por la superficie de sus lienzos.

Nuestros gustos en cuanto a toreros y cantaores eran más que coincidentes. De niño, había visto torear a mi abuelo en las plazas del norte. Por ahí, y por vía de la frecuentación de los mismos círculos, se tejió nuestra amistad. También el Boni adolescente quiso ser torero, aunque sólo por la lectura de su obituario he sabido que llegó a vestirse de luces en casi treinta con caballos y que encajó una cornada grande que medio lo desbarató.

No sé si por aquella vieja herida de guerra, andaba siempre como cascado, aunque con asolerada pátina de irreductible. Aún conservo una lanza zulú que me obsequió durante una de esas castañas rematadas, ya de amanecida, en su casa. Con una como esa en la diestra, es seguro que ha espantado ya y hecho correr a los malandrines que hayan osado salirle al paso en el camino al Paraíso. La que me regaló, la reservo para cuando me toque a mí.

Buena gente y gran artista, Bonifacio… Uno de los nuestros. Por eso es mi deber recordarle hoy en este artículo pre-navideño, cuando ya casi se escuchan las pisadas de los camellos de los Reyes Magos y mientras los pinceles guardan un minuto de silencio.
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