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tribuna

El euro divide a Europa

miércoles 21 de diciembre de 2011, 09:06h
Después de la espantada de Cameron en Bruselas, hace ahora diez días, Europa ha quedado un tanto maltrecha por las diferencias entre británicos y continentales. En realidad no es algo nuevo y es una acreditada tradición el euroescepticismo que florece naturalmente al otro lado del Canal. Los ingleses no han entendido nunca la integración europea y, para colmo, de Gaulle les puso el veto cuando quisieron entrar en la entonces Comunidad Europea. Fue Georges Pompidou, su sucesor, quien facilitó el ingreso británico (1973), como un inteligente movimiento para compensar la creciente influencia alemana. Pero desde Londres solo se veía en el continente el mercado único, un buen espacio para hacer negocios, pero toda la retórica europea de la unidad cada vez más estrecha les sonaba a música celestial, que no iba con ellos. El “opt out”, que les permitía quedarse fuera de ciertos compromisos –y muy especialmente de la moneda única- era su manera de entender la que desde 1992 sería la Unión Europea: una “Europa a la carta” de la que tomaban solo lo que les gustaba.

A pesar de todo, en el Reino Unido fue creciendo poco a poco el europeismo y se estima que fue el declarado antieuropeísmo de Margaret Thatcher, una de las causas principales de su defenestración por sus propios colegas parlamentarios en 1990. Con Blair cambiaron bastante las cosas en el sentido de estrechar los lazos con la UE. Yo tuve ocasión de escucharle a su ministro para Europa, Denis McShane, en la Convención Europea de 2002-2003, algunos discursos de un europeismo sin reservas. Pero el euroescepticismo no había desaparecido y estos días, el mismo McShane ha reconocido que “el Reino Unido no ha sentido nunca un flechazo (coup de foudre) por Europa: eso solo ha sido –añadía- un matrimonio de conveniencia”. Y este mismo exministro laborista ha recordado también que, en cierta ocasión, en conversación privada con Cameron, en la que aconsejaba a este la necesidad de mantener una posición pro-europea, el actual primer ministro le dijo: “Yo soy mucho más euroescéptico de lo que crees”. Nada muy diferente de la autodefinición que Cameron ha hecho, en algún otro momento de sí mismo: “un euroescéptico pragmático”.

A la falta de entusiasmo de Cameron por la UE se suma el creciente ambiente antieuropeo existente en el Reino Unido, aún más intenso ahora por la crisis sobre el euro, que ha facilitado que muchos británicos se sientan cargados de razón y comenten, cada vez en voz más alta: “Ya lo decíamos nosotros. Eso del euro era una locura”. Tanto entre los miembros del Parlamento como en la opinión pública en general crece el número de los que exigen un referéndum que, para la mayor parte, debe ser la puerta de salida de la UE. Una petición electrónica de referéndum ha recogido ya más de 120.000 firmas y según un sondeo entre los parlamentarios conservadores más del 80 por ciento favorecen esa consulta popular. Para algunos se trata solo de “redefinir nuestra relación con la UE”, para otros hay que marcharse y quedar, eso sí, como buenos vecinos. El diputado Carswell, un rabioso antieuropeo, recogiendo la preocupación por el comercio –que está en el código genético de todos los británicos- acaba de decir: “Por lo que yo sé, China no ha tenido que firmar el tratado de Roma para vender sus productos en Europa”. ¿Por qué quedar presos de las cada vez más estrechas reglas que nos impone la burocracia de Bruselas, cuando la imparable globalización abre ante nosotros unas perspectivas sin límites?

Y es que para muchos británicos –y eso es un legado de la Thatcher y de su discurso de Brujas en 1988- el enorme aparato burocrático de Bruselas es netamente antidemocrático. Las transformaciones introducidas por el tratado de Lisboa y el papel mucho más destacado que ya desempeña el Parlamento Europeo no son tenidos en cuenta por estos británicos para los que lo que no pasa por su Cámara de los Comunes carece de cualquier legitimidad democrática. Otro diputado no ha vacilado en afirmar que los nombramientos como primeros ministros de Monti en Italia y de Papadimos en Grecia han sido “golpes de Estado” –así, con todas las letras- preparados y ejecutados por “las fuerzas secretas de la Comisión de Bruselas” Como se ve, en este antieuropeísmo británico hay mucho de emocional y no demasiado de racional. Y da toda la impresión de que los políticos no se atreven a explicar claramente en que consiste la UE porque, en estos momentos, eso haría caer sobre ellos la etiqueta de “europeístas” que, por aquella isla equivale a un auténtico sambenito. El propio Clegg, el viceprimer ministro liberal demócrata, cuyo europeismo no admite dudas, ha puesto sordina a las críticas que hizo inicialmente al veto británico. Pero si Cameron se deja llevar por el antieuropeísmo ambiente, ¿se podrá mantener la actual coalición que es una extraña mezcla de europeístas y de sus contrarios?

Desde Francia, el ministro de Hacienda Baroin ha contraatacado a las críticas británicas recordando que las magnitudes macroeconómicas de la Francia del euro son más presentables que las del Reino Unido de la libra. En efecto, mientras el crecimiento del PIB ha sido en Francia durante el último trimestre del 1’6 por ciento, en el Reino Unido se ha quedado en el 0’5 por ciento; el déficit francés es del 5’8 mientras que el británico alcanza es del 8’8; mientras el IPC francés subía un 2’3, el británico llegaba al 5 por ciento. Sólo la tasa de paro el Reino Unido tiene una cifra (8’3) mejor que la francesa (9’8). Claro está que cualquiera de las dos, vistas desde España, no pueden sino parecernos envidiables. En todo caso, no se si es tomar los deseos por realidades pero lo más probable es que las aguas vuelvan a su cauce y que los británicos se den cuenta de que su porvenir está indisolublemente unido al de la UE. Sólo la nostalgia imperial puede hacer creer que una pequeña isla puede jugar sola en este mundo de gigantes que están ya protagonizando el siglo XXI. El famoso Thomas Payne, a finales del siglo XVIII, cuando se estaba ya fraguando la independencia de los Estados Unidos dijo aquello de “va contra la razón que una pequeña isla domine a un continente”. Y es evidente que los Estados europeos, todos y cada uno, somos pequeños para este nuevo marco mundial. Por eso tenemos que unirnos, incluido el Reino Unido. Sería una pena que tuviéramos que llegar a la conclusión de que siguen vigentes las palabras de Dean Acheson, secretario de Estado norteamericano a principios de los años cincuenta del siglo pasado: “Inglaterra ha perdido un imperio, pero no ha encontrado su papel”.
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