Trabajo bien hecho y competitividad
martes 27 de diciembre de 2011, 21:49h
Vivimos en una sociedad en la que exigimos mucho la responsabilidad de los demás y muy poco la propia, y en el que la exigencia de responsabilidades contrasta enormemente con la sustanciación de las mismas tanto en los tribunales de justicia como en las propias administraciones y empresas. El mundo ha llegado a tener tal grado de perfección que nos parece imposible que algo pueda quedar al azar.
Buscamos un responsable detrás de cada falta, fallo o error que encontramos, o que nos parece encontrar. Se nos olvida con demasiada frecuencia que el ser humano es perfectible, pero no perfecto, y que en todo lo humano hay una dosis de incertidumbre difícilmente controlable, entre otras cosas porque interviene nuestra libertad. La responsabilidad exigida suele diluirse en un ente público o colectivo: el Estado, el Gobierno, la Comunidad Autónoma, el Ayuntamiento, la empresa tal..., tras los que se ocultan las verdaderas responsabilidades individuales, que apreciamos con todo rigor cuando son ajenas y con ninguno cuando son propias. Esta aptitud contrasta mucho con el grado de responsabilidad que ponemos en nuestro trabajo diario. No es cuestión de citar casos concretos que uno vive, o sufre, en el día a día, los cuales ilustrarían bastante bien este artículo y podrían provocar incluso alguna sonrisa –pues nada como dolerse del mal ajeno–, sino que es más prudente que cada uno se mire un poco a sí mismo con cierta perspectiva de tiempo y objetividad.
Evidentemente, no se puede generalizar ni dispongo de estadísticas que me permitan comparar si de dos décadas, por ejemplo, a esta fecha se trabaja de forma más irresponsable. Simplemente es una impresión, pero pienso que al expresarla quizá contribuya mínimamente a un debate público sobre la cuestión, pues no me parece un tema menor sino que ahí veo uno de los escollos con los que choca la tan cacareada falta de competitividad de la economía española.
Mi impresión se puede resumir en que aprecio de forma generalizada una despreocupación por el trabajo bien hecho. Quizá tenga que ver con aquella idea marxista, hoy casi olvidada, de la alineación del trabajador al distanciarlo del resultado final de su trabajo frente al antiguo artesano o agricultor que controlaban todo el proceso de producción. La despreocupación por el resultado final lleva a que no se preste la suficiente atención a lo que se hace, porque cada individuo no se responsabiliza de la calidad de su hacer. Sobre todo, siento –en el doble sentido– que se está perdiendo la conciencia de la obra común, de la importancia del trabajo de cada uno en el resultado final de un producto o servicio. O lo que es peor, aunque se sea consciente de esta importancia, se actúa imprudentemente, dando por supuesto muchas veces que otro corregirá el mal hacer propio o que, en último término, lo hecho, lo mal hecho, quedará así y nadie nos exigirá responsabilidades individuales. La cantidad de energía, esfuerzo y dinero que se pierden por la falta de responsabilidad del trabajo de cada uno, que acabamos pagando todos como sociedad.
Esta afirmación sería muy fácilmente rebatible por un discurso burocrático. Lo sé. Hoy existen controles de calidad, normas ISO, etc., que obligan a revisar los bienes producidos o los servicios prestados, y que mal que bien cumplen su función. Se podrían, no obstante, poner miles de ejemplos de productos y servicios que supuestamente pasan esos controles y cuyo resultado último deja realmente bastante que desear. Todos tenemos experiencias en la cabeza, incluso de las más importantes empresas, que le marean a uno pasándole de un “operador” –la palabrita ya se las trae– a otro sin darle respuesta eficaz o, cuando uno piensa que ya lo ha conseguido y le hacen una entrevista telefónica automática para que muestre el grado de satisfacción con la empresa y con quien le ha atendido, descubre, eso sí, un mes después, que no, y vuelta a empezar. Y así se nos va un tiempo y dedicación de los que nadie se responsabiliza.
Mi deseo para el año entrante es que cada uno de nosotros nos responsabilicemos más de nuestro propio trabajo, siendo conscientes de la importancia del mismo para la obra común, y actuemos en consecuencia. Seguro que así la competitividad española da un giro hacia el camino de éxito que necesitamos. Muchos creerán que es cuestión de controles y niveles de exigencia, pero en el fondo es cuestión de educación, y no sólo en la escuela.
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Profesor de Historia del Pensamiento Político
JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.
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