Euro: ¿feliz décimo aniversario?
jueves 29 de diciembre de 2011, 21:06h
Y aquí estamos una década después. Nació a la circulación el 1 de enero de 2002 y lleva diez años rodando.
Y sí, en un pispás el euro cayó en una profundan crisis que lo ha puesto en entredicho como nunca antes, incluso más que el arduo proceso con el que se le dio vida. Y a un mismo tiempo parece mentira que haya transcurrido tanto tiempo desde entonces. A mí me parece a veces que no ha pasado tanto desde que vimos por televisión a los españoles entre entusiasmados y curiosos, sacando dinero de los cajeros automáticos a primeras horas de aquel 1 de enero de 2002, para palpar las nuevas monedas, más gruesas que las desaparecidas pesetas de toda la vida.
Parece que no hacía tanto cuando se discutía la creación de la moneda única y se lanzaba apenas alguna disquisición en torno a ponderar los pros y los contras de soltar soberanía monetaria, para así fundir las vetustas monedas comunitarias con las que surgiría la nueva y lustrosa moneda y –de entre ellas– la más joven era la peseta española, con su siglo y medio a cuestas. Tampoco hace mucho que hemos visto el proceso por el cual países como México poco a poco, tímidamente pero de forma sostenida, han ido incorporando el euro como referente en los informativos matutinos y diurnos, colocándolo aprisa junto al dólar estadounidense y pareciera que no hace tanto que aprendimos expresiones nuevas como “zona euro” o “euroeconomía”. Apenas si fue ayer cuando Chirac se jactaba de que el euro era un gran triunfo de Francia y respondía a Blair que bien podían quedarse con sus islas –que no lograron convencer a Europa para que fuera “más británica”– antes de animarse a secundar la adopción de la nueva divisa.
Y a pesar de todo, el euro llega a su primera década deslucido, cuestionado, quebrantado en su confianza, increpadas las instituciones y gobiernos que lo sostienen y adoptan, enseñoreándose sobre el tinglado de la UE la agria duda acerca de sí es realmente viable en un futuro cercano, mientras crece como bola de nieve la falta de confianza que no logra paliarse con las reuniones de ministros similares a la del 9 de diciembre anterior, pues se cierne sobre todos la que dicen que es la siguiente y próxima crisis mundial, de la que otra vez no sabemos si es la misma o que de plano se trate de otra nueva. Así va el mundo.
Ha pasado una década y hemos visto como evolucionaba una moneda que, a veces, parece ser el eje de toda una ambiciosa política, pero en otras va más perdida que marinero en la mar; que en diez años no ha podido ni agotar la idea de la “Europa a dos velocidades” ni la abrazaron los que se negaron en un principio a ello ni menos otros países de peso pesado. Es que ni siquiera la acogieron muchos de los que se adhirieron a la UE en el Tratado de Atenas. Una década se fue ya en que se pasó de las dudas y las apuestas a las enconadas incertidumbres más abrumadoras e inimaginables, inusuales en finanzas que se presumen sanas aun de un primer mundo y menos aún, tratándose de finanzas de un primer mundo que pareciera que las tiene todas consigo. Su crisis actual ha desvestido realidades crudas y hace temer lo peor. Es lo que hay.
Pero no perdamos de vista dos cosas: a) las causas de esa crisis que hoy lo agobia y b) qué es lo que se plantea la macroeconomía a futuro. De lo primero diremos sin ambages que al euro no lo ha puesto en jaque ni el decadente dólar estadounidense (al que los chinos le podrían dar cuenta y motivos reales de preocupación) ni el resquebrajamiento del sistema monetario soportado por el BCE o la quiebra fáctica griega o las dudas sobre su viabilidad, que provinieran del ciudadano de a pie –pese al voraz redondeo, pese al encarecimiento de la vida diaria, pese al aumento descomunal de su valor frente a monedas como el peso mexicano (lo que nos aleja de Europa), pese a la manipulación de todas las cifras con que juegan los gobiernos europeos–, sino que acaso sea la pura especulación la que ha dado al traste a un sistema que se creyó que todos sus componentes eran iguales, que no había países centrales y periféricos, por europeos que fueran, y que ha perdido la visión global del alcance y profundidad de una crisis que sigue siendo insoldable.
Su crisis ha puesto sobre la mesa otra vez aquello de que “pesa más la idea de la Europa de los capitales que la Europa de los derechos” y resurgen sentimientos de insolidaridad. La especulación pura y dura que se acompañó del falseo de cifras y del ocultamiento de realidades que lo han herido casi de muerte, ya afloran. Esa especulación que ha dividido a la UE, que ha hecho morder el polvo a gobiernos, funcionarios financieros y bancarios y ha hecho tambalearse a un proyecto de aparentes soportes, comprometen un blindaje creído invencible y que hoy está en juego si la crisis que se anticipa fuera severa y no menguara pronto.
En cuanto a lo segundo ¿abandonar la moneda única? no se conocen planteamientos serios ni de hacerlo ni sobre qué hacer en caso de hacerlo. ¿Hay garantías de que se superará la crisis que vive el euro y salir fortalecido? tampoco parece haber una respuesta contundente. Eso es grave, pues si el euro sale de esta crisis de confianza y de viabilidad, no sabemos a ciencia cierta si logrará un nuevo auge que lo impulse y convenza a otros de adoptarlo. Lo cierto es que Alemania está cediendo en su capacidad de apagafuegos. No da para tanto y Europa lo sabe ya. Encima, la negativa británica, soportada más como parte de una larga lista de zancadillas de Londres metidas al proceso integrador europeo, no asumiendo costos que no considera propios, enrarece el de por sí, complejo ambiente.
Mas dígase en voz alta: nadie parece plantearse abandonarlo, pues ha dado más beneficios que dolores de cabeza, pero el euro llega a su décimo aniversario con más incertidumbres que certezas y sin un claro panorama en pro de su existencia.
Mi memoria alcanza a recordar lo que me dijo un viejecillo español de 95 años en Las Vistillas, en el caluroso verano de 2002, cuando le pregunté si para España era bueno el proceso integrador. (Con Europa frente a los Estados Unidos y sin el euro) “solos no hubiéramos podido”. El sujeto sabría lo que me decía. Supongo que eso lo saben bien en las principales capitales de la UE: solos no podrán. Lo que no está claro es cómo lo harán juntos… ¿llegará el euro a 2022…? no me atrevo a concluir ni en un sentido ni en otro, pero me aterra una respuesta que no lo contemple…