Tras el derrocamiento de Gadafi
Libia, entre la ‘somalización’ y los reinos de Taifas
viernes 30 de diciembre de 2011, 19:01h
El derrocamiento del régimen de Muamar Gadafi y el linchamiento del dictador, lejos de haber traído la estabilidad en Libia no ha hecho sino introducir el país en una zona de turbulencias inquietante. El rico país norteafricano oscila entre un escenario a la somalí, con una guerrilla islamista que dicta su propia ley, y la disgregación en feudos armados enfrentados entre sí.
La liberación de la capital Trípoli se produjo tras el asalto a la ciudadela de la milicia islamista dirigida por el comandante Abdelhakim Belhach, un veterano de Afganistán que hizo su bautismo de fuego con las falanges yihadistas de Osama Ben Laden. Hoy Belhach se ha vuelto “frecuentable” para los occidentales, pero sus milicianos siguen teniendo el poder en la capital. Un escenario que recuerda al de Somalia donde la milicia islamista Shebab ha terminado siendo un estado dentro del Estado.
El otro escenario posible es el de la disgregación del país en pequeños reinos de Taifas. Porque a semejanza de la capital, los otros “señores de la guerra” (los comandantes rebeldes que han hecho frente a las tropas leales a Gadafi durante ocho meses) reinan cada uno en su feudo regional o tribal.
A este clima de incertidumbre se añade la ola de protesta que sacude el país desde comienzos de diciembre. Hace tres semanas que los habitantes de Benghazi se echaron a las calles reivindicando la mejora del nivel de vida, así como esclarecer el destino de los fondos públicos, pidiendo a los miembros del nuevo régimen rendir cuentas y mayor transparencia al Consejo Nacional de Transición (CNT). Su presidente, Mustafa Abdeljalil se ha visto obligado a desplazarse a la ciudad “cuna de la revolución” para calmar los ánimos, y promete una mejor comunicación e información abriendo … una página de Internet del CNT!!
Sin embargo el malestar reinante en la sociedad no solo no se ha calmado sino que ha alcanzado a los estamentos cercanos al nuevo poder. Una gran cantidad de miembros de las Fuerzas especiales y de la 3ª Brigada de infantería, que se unieron al general Abdel Fatah Yunes en febrero, asesinado después en circunstancias nunca aclaradas, se han unido también a las protestas. Soldados y oficiales reivindican que se les pague los diez meses de salario que les debe el Gobierno. Unos 400 militares de las Fuerzas especiales del entonces Ejército leal a Gadafi se unieron a la insurrección en febrero pasado y desde entonces esperan su paga.
Otro tanto les ha ocurrido almedio millar de combatientes rebeldes que han integrado la Brigada de Infantería y que exigen homologación con el resto de los soldados que la integran.
Para hacer frente al clima reivindicativo y desactivar la bomba de relojería que supone para el nuevo régimen, el ministro del Interior, Abdul Ali ha prometido formar nuevas Fuerzas de seguridad con 25.000 efectivos, destinadas a proteger las instituciones y las compañías petrolíferas que operan en el país. Sin embargo, estas últimas no se fían y prefieren tener su propia seguridad armada siguiendo el modelo puesto en práctica en Iraq.
Hacer frente a la revuelta potencial de las milicias islamistas e integrar sus efectivos en los cuerpos y fuerzas de la Seguridad estatal, pasa por la difícil tarea de desarmar las milicias. En Libia hay decenas de miles de armas individuales, ligeras y pesadas, esparcidas en toda la geografía. Los arsenales de Gadafi fueron saqueados durante los meses de la insurrección, pero además la mayor parte de grupos rebeldes fueron armados por la coalición. Es cierto que la OTAN lleva la contabilidad de las armas distribuidas, pero en cambio el material militar recuperado de los cuarteles de Gadafi es incalculable. El CNT había dado un primer plazo hasta comienzos de diciembre prorrogado hasta fin de año para entregar las armas, incluso comprándolas a los milicianos, pero fracasó. El nuevo gobierno ha prorrogado de nuevo la fecha hasta finales de febrero. En este periodo intentará integrar a los milicianos en el nuevo Ejército y en las Fuerzas de Seguridad. Una estrategia rechazada por los comandantes de las milicias, que han anunciado que se reunirán a comienzos de enero para “elegir su Estado mayor”. El líder rebelde de la capital, Abdelhakim Belhach ha exigido por su parte estar representado en el nuevo Gobierno.
La cuestión del desarme es particularmente importante para la capital. Trípoli sigue en manos de la milicia islamista. Ni el Ejército ni la policía controlan la ciudad. “El asunto es mucho mas complejo de lo que parece” ha confesado el primer Ministro Abdel Rahim al Kib. “Estamos intentando desmilitarizar los grupos armados; negociamos con ellos para que entreguen las armas; y creo que lo conseguiremos”, añade el jefe de Gobierno.
A la situación caótica que se vive en el país se añade el temor de que libia pueda de alguna manera devenir un nuevo santuario para las falanges terroristas de Al Qaida. Según el cotidiano londinense The Guardian, “Al Qaeda se está desplazando de sus refugios en las zonas tribales de Pakistán hacia Africa del Norte”, y no se excluye que uno de sus principales santuarios sea precisamente el sur Libia próximo al Sahel. Los 300 combatientes yihadistas contabilizados por los servicios de inteligencia de la OTAN, que han combatido junto a los rebeldes libios contra el régimen de Gadafi, serían solo la avanzadilla de esta ‘santuarización’. De confirmarse este pronóstico, el remedio habría sido mucho peor que la enfermedad, estiman fuentes políticas árabes de los países limítrofes. De confirmarse, la presencia en Libia de Abu Yahyaal Libi (su nombre real es Mohamed Hassan Qaid), considerado como un teólogo y tribuno más peligroso que Ayman el Zawahiri, el escenario podría ser el peor de los posibles. Al Libi es considerado como un hombre capaz de atraer centenares de yihadistas de todo el orbe islámico.