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La educación de los príncipes

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 30 de diciembre de 2011, 21:38h
Desde la Cyropedia que escribiese Jenofonte, el exquisito y reaccionario discípulo de Sócrates, y su biógrafo más realista, sabemos que las monarquías – y no sólo la persa – eran conscientes de que la educación de los príncipes era tan importante como su propia sangre real. Calístenes pondrá en boca de Alejandro Magno una sentencia famosa: “Y si a mi padre le debo la vida, a mi maestro le debo el triunfo”, frase, por lo demás, coherente con la antipatía que sentía Alejandro hacia su genial padre después de que éste repudiase a su madre y mandase al destierro a los mejores amigos del gran Alejandro.

La Edad Media, sobre todo a partir de Hugo Capeto y Adelaida de Aquitania, tronco del que descienden directa o indirectamente todas las monarquías de Europa y cuyo pedigrí depende de la cantidad de sangre que los monarcas tienen de aquella real pareja fundacional, conoció concienzudos “planes de estudio” y tratados políticos elaborados ad hoc para los príncipes de Europa. Estos planes de estudio continuaron en vigor durante el Renacimiento y la Ilustración, y los tratados políticos para los futuros monarcas nunca dejaron de escribirse.

Los mejores príncipes se sujetaron a todas las tareas educativas prescritas por estos planes de estudio que intentaban prepararlos para sus altos y graves destinos, y fueron discípulos sobresalientes y aplicados. La misma mano que manejaba con destreza el pesado espadón cuerpo a cuerpo tenía que saber pulsar delicadamente el laúd y escribir sonetos galantes si no buenos sí correctos. Si por la mañana ejercitaban una dura equitación, por la tarde los mejores príncipes de toda Europa estudiaban las lenguas clásicas, griego y latín, al igual que las contemporáneas, italiano, inglés, francés y español. Profundos conocedores de la Historia política que les exponía útiles ejemplos de acción política, cantaban graciosamente acompañándose con el laúd. Ni se especializaban en el trívium (el primer Bachillerato de Humanidades) ni en el cuadrivium (el primer Bachillerato de Ciencias ), sino que aprendían los contenidos fundamentales de ambas vías. Se les fortalecía el carácter con baños de agua fría y con ejercicios de resistencia al hambre, la sed, el frío, el sueño y el control y dominio de las funciones naturales. Hábiles para la danza y apasionados por la caza, que es una forma de mantenerse en forma en el arte de la guerra. Se les inculcaba (vid. Empresas políticas de D. Saavedra Fajardo, primorosamente estudiada por Manuel Fraga Iribarne) que un ser humano que se consagra a la política no se pertenece ya a sí mismo y tiene que obedecer a otras leyes diversas de las sagradas de su naturaleza. Y la aristocracia, naturalmente, solía imitar con celo la educación de sus príncipes. “Para mandar” – se decía desde las Siete Partidas de Alfonso X – “es menester ciencia, para obedecer basta una discreción natural, y a veces las ignorancia sola”. Las costumbres de los príncipes debían ser más políticas que naturales; y sus deseos y pasiones más habían de nacer del corazón del Reino que del suyo. Si los súbditos podían gobernarse a su modo, los príncipes lo hacían según la conveniencia común. Toda la educación de los príncipes debía tener como fundamento el “honor”. Sólo el honor debía regir la conducta del príncipe. No podía vivir un rey sin honor, pues sería un contrasentido. Y ese honor obligaba a que en los príncipes no hubiese jamás engaño. Pues no puede haber engaño que no se componga de la malicia y de la mentira, y ambas cosas son opuestas a la magnanimidad real.

Nos consta fehacientemente que nuestro Príncipe Felipe ha tenido una esmerada educación, y sus tutores pueden ser calificados de grandes humanistas y hombres rectos, y podríamos incluso aplaudir a quienes acertadamente eligieron a sus tutores ( también tuvo su padre el Rey los mejores profesores de la época ), pero eso no ha ocurrido – bien se ve – con otros miembros de su familia, como es el caso del tristemente famoso Don Ignacio Urdangarín, cuyo proceder pone hoy en cuestión la educación que debió tener la princesa e infanta Dña. Cristina, que por lo menos en apariencia parece mujer sencilla y de sentimientos hondos. Se ve que en ocasiones el amor vence hasta el honor regio.

El apartamiento de la Familia Real de Don Ignacio Urdangarín y Dña. Cristina de Borbón es correcto en cuanto que responde taxativamente a lo que a Don Juan Carlos le enseñaron en su juventud: “No deje el príncipe sin castigo los delitos de pocos, y perdone los de la multitud, y recuerde que los vicios o virtudes da la Familia del Rey siempre se atribuirán a él”. Pero nos parece inicuo por lo que respecta a Dña. Elena de Borbón, la hija mayor del Rey que tuvo que ceder sus derechos sucesorios al trono a favor de su hermano por respeto a las normas de la Monarquía española, y que ha sido siempre una acérrima defensora de Don Felipe. Si Dña. Elena no ha hecho nada que vaya contra el honor del Rey, es injusto que sea apartada - por pura estética hipócrita - de los actos oficiales que hasta el momento presidía, y su descendencia puede ver como una decisión inicua el que los “pecados” de la hermana (“damnosa et maculata hereditas” ) hayan infectado la descendencia de los sobrinos de ésta. La Corona llegaría a ser cruel con Dña. Elena si, en aras de la estabilidad de ésta y los presentimientos de los peligros que se acercan, se sacrificase a una infanta inocente.

Después del Discurso del Rey en esta Navidad de 2011, la corona ya no se heredará simplemente con la sangre, sino que habrá que conquistarla todos los días con un comportamiento adecuado y ejemplar. Comienza para la monarquía una época de transparencia, en la que las paredes de La Zarzuela se harán de vidrio, y a la que antiguos lisonjeadores, flabelíferos, zalameros y aduladores, y falsos camanduleros se acercarán con sus lupas rabiosamente despiadadas como coro de ratas chichisbeantes y en el fondo acusadoras. Es el momento en que se hace necesario que la vieja educación de los príncipes sea restaurada. Es el momento en que la educación de los nuevos príncipes los prepare para afrontar cambios y reformas que respondan a la voluntad de la Historia que impulsa hacia delante, que arroja a su espalda, como cáscaras vacías, las formas consumidas ya por la vida y ensaya su fuerza en siempre renovadas creaciones. Es el momento de pasar página del caso Urdangarín, y no mirar atrás a quien las sombras de un comportamiento nada regio han entenebrecido ya. No volver la vista atrás, por duro que pueda ser al corazón…Es el momento de pensar en elaborar un buen plan de estudios a la princesita Dña. Leonor.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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