Amnesia histórica
sábado 31 de diciembre de 2011, 17:18h
Se cumplía este año que acaba el mil trescientos aniversario de la invasión musulmana de la península, aunque apenas se ha hablado de ello. No sé si es que las nuevas generaciones no saben nada de los hijos de Witiza, el conde don Julián, Tarik y don Rodrigo, o si el asunto de la morería ha perdido el gancho de otros tiempos. ¿Recuerdan cuando la gente llegaba a las manos por culpa de esto reivindicando unos Al-Ándalus como paraíso de la tolerancia y otros la Reconquista como la magna gesta liberadora que forjó el carácter español?
Que ayer nos tiráramos los trastos a propósito de tal o cual asunto controvertido y hoy lo hayamos olvidado totalmente es una de esas cosas que tiene la contemporaneidad. La moda gobierna nuestros espíritus como un titiritero sus marionetas. Piensen en la polémica sobre la realidad histórica de España que protagonizaron Américo Castro y Sánchez Albornoz. A finales de los setenta aún saltaban chispas con el tema; un lustro después prácticamente había sido olvidado. Mis compañeros de universidad, sufridos lectores de Poulantzas o Rostovtzeff, no se hubieran aproximado jamás a un libro de aquellos y si lo hubieran hecho seguramente habrían tenido la impresión de que a los dos polemistas les sucedía lo que a los teólogos del cuento de Borges, rivales acérrimos, cuya enconada controversia ni siquiera Dios pudo zanjar porque no comprendía los motivos del desacuerdo. Claro que no fue la dificultad teórica la razón por la que el debate iniciado por Ortega con España Invertebrada se desvaneció como una nube de humo, sino el cambio que produjo la apertura de España tras la transición. La vida en blanco y negro dio paso al tecnicolor y la seriedad de la dictadura al espíritu lúdico y consumista de la movida. Cualquier viso de mala conciencia, de austeridad, de rigor o elitismo, fue puesto en la picota. El todo vale expresaba una nueva igualdad en la que ni siquiera el bagaje intelectual podía constituir una coacción para nadie. La expresión suprema de esta actitud fue la reforma pedagógica, la entrega del sistema educativo a pedagogos anti-sistema, aunque se manifestó también en todo lo demás. ¿A qué buscar pruebas científicas para respaldar una interpretación histórica si bastaba para ello con aprovechar los poderes institucionales? El oprimido pueblo vasco, la tolerante Al-Ándalus o la mítica República, paraíso de la legalidad, tienen mucho más que ver con la evolución de la democracia española que con la Historia.
Castro y Sánchez Albornoz eran historiadores de raza que intentaban descubrir todo lo que Moloch no ha devorado y sigue ahí, obrando sobre nosotros. Por más que no alcanzaran su objetivo, es indudable que consiguieron sofaldar muchas cosas esenciales. La utilidad de sus aportaciones se ha vuelto, sin embargo, muy dudosa. La aplicación de métodos técnicos en la solución de los problemas humanos y sociales parece haber convertido la ciencia histórica en un saber prescindible. El hombre actual desconfía de esta clase de relatos. La postmodernidad ha descubierto además la existencia de minorías olvidadas que relativizan las pretensiones de verdad de las ciencias humanas. Ahora se lleva la historia escrita por mujeres, homosexuales, negros, víctimas de esto o aquello. Incluso mis viejos compañeros de Universidad, curtidos en el marxismo, creen ya que el discurso histórico es más retórico que científico. Su modelo actual es la vanguardia, el rechazo sistemático de la tradición, ese becerro de oro que todos tratan de abatir a martillazos. Carlos Granés, en su último y estupendo libro, El puño invisible, estudia a fondo el problema y pone de manifiesto que tanto la forma que tenemos hoy de ver la Historia como de comprender la política se han visto afectadas por ese fuego purificador que prendió Nietzsche y extendieron los artistas del siglo XX. La alianza de civilizaciones, por dar un ejemplo próximo, está más cerca de la salida dadaísta, de la performance alternativa y contracultural, que de la utopía o la estrategia en sentido clásico.
Desde que la imaginación llegó al poder, o sea, desde que el poder se ejerce sin contar con la realidad –bancos que hacen inversiones con dinero que no existe, políticos que inventan historias nacionales, pedagogos que conciben la instrucción como una especie de happening cotidiano, etc.-, el necio corrige al sabio y el sabio no tiene otro remedio que callar. Son los predicadores del presente quienes ejercen el derecho a cultivar nuestra memoria y quienes deciden de qué tenemos que acordarnos y de qué no, incluidos la batalla del Guadalete y don Rodrigo.