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TRIBUNA

Torres-Dulce, nuevo Fiscal General del Estado

jueves 05 de enero de 2012, 08:13h
Las instituciones, a pesar de su fortaleza, se dejan sentir lógicamente por las personas que las representan y pilotan. Por ello, es decisivo elegir bien a la hora de poner al frente de una institución relevante a una persona determinada. La Fiscalía General del Estado, sin duda, es una de esas instituciones relevantes y claves en un Estado democrático. De entrada, estamos ante un órgano -unipersonal- constitucional, que nuestra Carta Magna de 1978 regula en su artículo 124.4 en los siguientes términos: “El Fiscal General del Estado será nombrado por el Rey, a propuesta del Gobierno, oído el Consejo General del Poder Judicial”. Los otros tres apartados del artículo se dedican a señalar las funciones del Ministerio Fiscal y su estatuto orgánico, que actualmente desarrolla la Ley 50/1981, de 30 de diciembre y sus numerosas modificaciones.

Como decíamos, estamos ante una institución relevante y clave para un Estado democrático, donde el Estado de Derecho y su buen funcionamiento es simplemente esencial para que se pueda desarrollar un verdadero sistema democrático. El Ministerio Fiscal promueve la acción de la justicia en defensa de la legalidad, de los derechos de los ciudadanos y del interés público tutelado por la ley -de oficio o a petición de los interesados-, vela por la independencia de los Tribunales y procura ante ellos la satisfacción del interés social (art. 124.1 CE). La acción del Ministerio Fiscal se rige por los principios de unidad de actuación y dependencia jerárquica -de ahí que la figura del Fiscal General tenga especial peso- y, como no podía ser de otra manera, por los de legalidad e imparcialidad.

Viene Eduardo Torres-Dulce a sustituir a Cándido Conde-Pumpido, quien en junio de 2005 le relevo como fiscal jefe de lo Penal del Tribunal Supremo. Sinceramente creo que hemos ganado bastante con el cambio. Estamos ante un nuevo Fiscal General del Estado que, de entrada, tiene una buena edad, 61 años, con un poso importante de vida y de experiencia, tanto en lo profesional, como reconocido jurista -concepto siempre subjetivo, pero que en el caso que nos ocupa sí creo que logra cumplirlo, dada su dilatada y brillante carrera-; como en lo que para mí no es menos importante, lo personal. Estamos ante una persona formada en el más amplio sentido del término, que junto a su trabajo jurídico ha desplegado una relevante y reconocida labor cultural, lo cual siempre es un plus de confianza para alguien que desempeña una función destacada de servicio público. Torres-Dulce es buen conocedor y crítico del denominado séptimo arte y, tal vez, más especializado en el género del western. Pero también se ha prodigado como escritor sobre esta materia.

Si Rajoy utiliza el criterio de la formación y la cualificación, como en el caso del actual Fiscal General del Estado, vamos por el buen camino, sin embargo, me temo que no ha tenido tan buen tino en otros puestos relevantes, donde la formación y la preparación no han llegado al nivel que tiene Eduardo Torres-Dulce. Le deseo lo mejor en su nuevo y trascendente cometido, sé que es persona con sentido de Estado y eso es bueno para él y especialmente para el resto de españoles.
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