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Unamuno y el catalán

viernes 06 de enero de 2012, 20:10h
Como es sabido, uno de los problemas más graves que heredó la Segunda República Española estuvo en convencionalmente denominado “problema regional”. Y, dentro del mismo, destacó el tema del uso oficial del idioma catalán, tal como estableció el primer Estatuto de Autonomía que en 1932 se aprobó para Cataluña.

Pues bien y como era de esperar, la mayor oposición al Estatuto vino del sector de los intelectuales, dentro o fuera de las Cortes. Frente al “conllevar” de Ortega, destacó y de forma harto combativa, la postura de Miguel de Unamuno, cuya muerte recordamos el pasado mes. Haciendo una forzada síntesis de su postura en este tema, valgan los siguientes párrafos.

La dura voz de Unamuno se hizo presente, en un principio, cuando se discute el tema del idioma en el Estatuto catalán. En su persona tuvo el castellano su máximo defensor. Cuando se discutía el artículo 4 de la Constitución, previendo la futura suerte del mismo, propone una enmienda concebida en estos términos: “El español es el idioma oficial de la República. Todo ciudadano español tiene el deber de saberlo y el derecho de hablarlo. En cada región se podrá declarar cooficial la lengua de la mayoría de sus habitantes. A nadie se le podrá imponer, sin embargo, el uso de ninguna lengua regional”. Y aclaraba que, si una región intenta suicidarse, hay que salvarla, aun poniendo en peligro la propia vida. En unas declaraciones tiempo después, insiste en su desafecto por el Estatuto catalán: “Su concesión será el principio de grandes batallas.

Lo prudente sería no concederlo. Tal como se plantea el problema del Estatuto puede dar lugar a algo trágico, y es que en una parte de España estén sometidos los españoles a una doble ciudadanía. Soy contrario a la enseñanza bilingüe, porque no se puede exigir de ningún español que, aparte del castellano, aprenda los dialectos de cada región (…) El catalán tuvo literatos, cronistas, poetas maravillosos; pero esto se perdió en el siglo XVI y la lengua ha estado muerta cuatro siglos, hasta que en el principio del pasado un grupo de entusiastas empezó a prestarle vida” (ABC de 2 de junio de 1932). Y esta recia voz nunca cesó. Por el contrario, se iba haciendo más firme. El 7 de mayo recordaba el deber de “procurar que todo ciudadano español sea buen español, y después, que sea universal. Hay que defender a los mismos catalanes contra su error, aclarándoles la conciencia, aunque sea violentándoles. Hay que salvar el alma de cada uno de todos los que gritan “Nosaltres sols!”, porque el día que se queden solos ya no serán nadie” (“El Liceo Andaluz de Madrid”, 7 de mayo de 1932).

Manuel Ramírez Jiménez

Catedrático de Derecho Político

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