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La venganza de la realidad: sondeos sin agua

José Varela Ortega
miércoles 09 de abril de 2008, 20:35h
Venimos de concluir una legislatura teatral: el paraíso del tramoyista, el ideal del experto en marketing electoral, la realidad virtual, en suma, como plastilina de los consejeros áulicos de nuestro tiempo, los “encuesteros”. En plena euforia de representación, gestos e imágenes, hemos evitado un debate serio y sin beaterías sobre nuestro problema energético, para sustituirlo por un estudio sobre la reconversión del complejo gubernamental de la Moncloa a energías “ecológicas”. Aunque el estudio -no hablemos de su implementación- tarde en amortizarse cerca de medio siglo, poco importa: producirá energía cara pero titulares baratos y “progres”, amén de un cuartito de punto de sondeos. Con el viento de popa, así hemos vivido felices e irresponsables durante los últimos cuatro años. Pero, como le ocurriera a Ulises en su mítico periplo, los vientos de la realidad se han escapado del odre de nuestros sueños. Ahora los aires soplan de cara y la realidad, que es tozuda y vengativa, reflota “como un corcho” -la expresión es orteguiana. Siempre termina por hacerlo, antes o después.

La imagen viene al caso porque la política del agua ha sido el nexo de unión de cuantos gobiernos y regímenes ha habido en España desde que hace ya más de un siglo Joaquín Costa lo convirtiera en una de las consignas de la modernización y europeización del país. Desde entonces nadie ha faltado a la cita. Azaña ironizó en su momento sobre un programa político que convocara a los españoles la grito de,“¡Queremos pantanos!”. Pero lo cierto es que Prieto, durante su gobierno y como responsable de obras públicas, continuo con éxito el impulso que le venía del régimen dictatorial antagónico de Primo de Rivera. El general Franco, como se sabe, abundó e insistió en la misma línea, lo que no le impidió al PSOE de Felipe González inaugurar, a fines de los ochenta, la que fuera la mayor presa de Europa. Precisamente Cristina Narbona, entonces Secretaria de Estado en el gobierno González, avaló un plan hidrológico que seguía las pautas tradicionales: presas, regadíos y trasvases. Para entonces, España se había convertido en el quinto país en agua embalsada…del planeta. Pero, como en casi todo, llegó el Presidente... "y mandó parar". El señor Zapatero, en efecto, tras profunda reflexión y apoyado en un concienzudo estudio -electoral, naturalmente- determinó que el trasvase del Ebro quitaba más votos en Aragón y Cataluña que los que el agua daba en Valencia y Andalucía. Y decidió liquidar, junto con el Plan Hidrológico Nacional, una política que había cumplido ciento seis años. Trasvases y pantanos -nos aseguró- eran reliquias del pasado, de un pasado reaccionario, claro; un ejemplo más de “la derechización” del PP, en suma. Lo bueno, lo “progre” eran las desaladoras. Como en el caso de la respuesta nuclear en relación al cambio climático, Zapatero supo soslayar las graves reservas -ecológicas precisamente- que los especialistas tienen en relación a la solución de las desaladoras como única respuesta masiva a la escasez de agua. Y, en todo caso, lo cierto es que los sondeos -electorales- le dieron positivo.

La cuestión a esta altura, es que los sondeos dan cuenta de la realidad percibida. Pero nuestro problema -tras dos años de sequía- es que el índice pluviométrico non è una opinione –que decía el italiano- si no una realidad física incontrovertible. Y el asunto es que en Barcelona no va a haber agua. Y eso si que altera los sondeos. Sin embargo, los socialistas –en su versión “zapaterista”- son gentes de recursos dialécticos inagotables. Y lo mismo que han sido capaces de convertir a un partido socialista en nacionalista sin que se les alterara un músculo filosófico, donde dije digo, digo Diego y... vuelta a los trasvases, del Segre -o hasta del Ebro, si fuera necesario, nos asegura el actual Presidente socialista de la Generalitat, desagradablemente sorprendido porque la identidad no da agua. Pero ¡ay!, en este punto, la realidad, de repente, pasa a cobrar otra cuenta inesperada. Los del “qué-más-da”, los que aseguraban que aquello de la soberanía nacional es un concepto “discutido y discutible” y que no pasaba nada porque condados y principados promulgaran estatutos donde los ríos pasaban a ser “suyos”, en lugar de la nación, se encuentran ahora con que los habitantes de las comarcas del Segre no quieren ceder “su río”. La solución, al parecer, está en convencer a los franceses que hagan con el Ródano lo que nosotros no queremos hacer con el Ebro; a saber: trasvasarlo. Ya les hemos visto formular el argumento sin pestañear. Es fantástico. Hay que reconocer, pues, que aplomo no les falta.

José Varela Ortega

Editor de EL IMPARCIAL

José Varela Ortega es editor de EL IMPARCIAL e historiador

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