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El nuevo Museo Soumaya

Marcos Marín Amezcua
domingo 08 de enero de 2012, 19:43h
La Ciudad de México estrenó la pasada primavera el nuevo Museo Soumaya (/Sumaya/), que con solo cortar el listón inaugural, se ha convertido en la primera pinacoteca de América Latina. Debo confesar que me entusiasma que así sea y en mucho valoro su existencia, que advierte el interés evidente por promover la cultura y el deseo de conservación del arte, considerado como el testimonio del quehacer humano más granado y talentoso, que va traduciéndose en obras de inconmensurable valor. La cultura siempre es bienvenida. Después de todo, 2011 cerró llevándose en sus alforjas magníficas noticias en ese rubro.

Similar en parte a la historia del Taj Mahal, ha sido edificado nombrándolo en honor de la difunta esposa del renombrado magnate Carlos Slim, doña Soumaya Domit, fallecida en 1999.

A mí me ha gustado este museo. En efecto, la basta colección de arte de Carlos Slim –depositada en este nuevo recinto– pertenece a quien ha sido calificado en varias ocasiones por ciertas revistas especializadas, como el hombre más rico de mundo; ya era hora de que contara con una sede creada ex profeso para albergar de manera apropiada, una ingente cantidad de piezas reunidas provenientes de artistas mexicanos e internacionales, que abonan a la variada y rica oferta cultural de la capital mexicana, llenando un espacio privado ya muy necesario para exponer otras creaciones de primer nivel y de reconocidas firmas de todos los tiempos. Sus acervos no son poca cosa.

El nuevo Museo Soumaya de diseño arquitectónico asaz vanguardista, estiloso pero sobrio, sin florituras, apuesta a modificar positivamente el horizonte capitalino con sus recuadros plateados destellantes colocados a manera de un panal, convirtiéndose ya en un referente de primerísimo orden para propios y extraños. Forma parte de un proceso urbanístico completo que ha dignificado una zona venida a menos en la capital mexicana. Visto desde el exterior, aquel inmueble parece pequeño, mas al traspasar sus puertas el visitante podría pasarse hasta unas tres o cuatro horas si apetece. No es para menos, ya que a su paso meditabundo, reflexivo pero regocijante, podrá contemplar la muestra escultórica de Rodin más grande existente fuera de Francia o las geniales e inimaginables obras plásticas de Dalí o un formidable universo de pinturas cuyas signaturas renombradas emergen de golpe al deambular por los seis niveles del audaz edificio. Saltan a nuestro paso los lienzos de un sorprendente y magníficamente oscuro Van Gogh; los Murillos, Grecos y Valdés Leal, un par de Toulouse-Lautrec de la mano de los Siqueiros, los Tamayo, algún González Camarena –que es de mis predilectos– o un Rubens rematando el paseo con los Miró, por mencionar algunos de los más destacados artistas allí expuestos.

Pero el muestrario incluye también un variopinto catálogo de valiosa numismática, mueblería antigua, relumbrante y exquisita joyería o la moda refinada y elegante de antaño, entre otras minucias más que completan esta prodigiosa exhibición. No puedo omitir referirme a que suman 66 mil obras.

Sin miramientos ni falsos pudores debo mencionar de manera puntual que al menos en el año 2011, el ingreso fue gratuito y se ha permitido hacer fotografía sin flash; ello en los aciagos tiempos que corren, se agradece sin lugar a dudas. Y semejantes cortesías provenientes del señor Slim, connotado empresario de la telecomunicaciones, es algo que en definitiva, no pasa desapercibido y sí, hacemos votos para que continúen en aras de procurarnos.

También hay que señalar que no han faltado críticas acres, que me parecen injustas y dirigidas más al empresario, cuestionado muchas veces por sus polémicas políticas comerciales y no tanto dirigidas a los acervos expuestos, mezclando así desafortunadamente, churras con merinas. Y hay que distinguir, después de todo, pues apenas si se han centrado en el muestreo. Empero, hay una crítica referida precisamente a la museística del lugar, indicando que el Soumaya no cuenta con un “orden preciso” en la exhibición de las pinturas y, deduzco, que sea a modo del crítico. Debo decirlo con prontitud: considero desacertada esa opinión, pues no habrá peor orden en las secuencias mostradas que el similar que he observado en sitios de gran renombre como el magnífico Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, por citar un claro ejemplo.

De manera que considero que el espacio expositor creado cuenta con muchas más cosas a favor que en contra y es mejorable si cabe y lo digo sin reparos: soy un simple visitante, pero que ha recorrido gran número de museos y expos temporales como para tener puntos de comparación. Por supuesto que solo es mi muy humilde opinión, sin mayores pretensiones.

Si se pasa usted por la capital de México concédase un tiempo y no deje de visitar este nuevo museo, que le deparará sorpresas muy gratas y promete ser una estupenda ocasión para regodearse evocándole y provocándole emociones y sentimientos ante las representaciones más logradas del genio que cualquier artista nos puede prodigar. Cerramos un año complicado mas siempre tenso, denso e intenso, no por ello ha sido menos enriquecedor en experiencias. Feliz año y que el 12 sea más y mejor que el 11, cual debe.
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