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Premiando asesinos

miércoles 11 de enero de 2012, 21:30h
Más de uno se habrá estremecido al conocer que Arnaldo Otegui podía ser propuesto para el Premio Nobel de la Paz. Así, como suena. Personalmente, me resisto a creerlo, aunque debo confesar que mi capacidad de sorpresa en este tipo de asuntos fue rebasada con creces hace ya mucho. A decir verdad, me importa un pito si se lo dan o no. En esa lista hay gente como Obama -que será un buen tipo, sí, pero cuando lo ganó apenas le había dado tiempo de hacer ni el ridículo- o Yasser Arafat -a la sazón terrorista y corrupto-, así que a quién le importa un mindundi más o menos. Me duele, sin embargo, porque antes que ellos hubo galardones que de tan merecidos se quedan cortos, como el de Madre Teresa de Calcuta. Eso sí que sería asqueroso, meter en el mismo saco a una santa como ella con alguien que cumple condena por pertenencia a banda armada.

Un pito. Curiosa expresión. Viene de los serenos, personajes investidos de una autoridad casi nunca respetada, que se empeñaban en reivindicar a golpe de silbato. Otegui y los suyos -Eguíbar, Arzallus, Eguiguren y Odón Elorza incluidos- ha estado años tomándose el dolor de las víctimas del terrorismo como el pito del sereno. Hoy ETA ha dejado de matar, pero no por falta de ganas, sino por su incompetencia y la eficaz labor de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. El PNV no manda, y Otegui está en la cárcel. Puestos a mandar, un cursi los mandaría “a la porra”. Suena flojito, ¿Verdad? Es que lo es. La “porra” era el bordón con que el sargento mayor dirigía la marcha en los desfiles. Al acampar, la “porra” en cuestión se plantaba a una distancia considerable, y junto a ella, en posición de firmes, debían pasar la noche los soldados arrestados por faltas leves de indisciplina. Se les mandaba, pues “a la porra”.

A buenas horas, mangas verdes. Han tenido que pasar años y años hasta que la justicia ha podido mandar al trullo al delincuente que es el tal Otegui -por más que le duela a la izquierda-. Mangas verdes, pero no las de la Guardia Civil o el Ejército, muchos de cuyos miembros fueron vilmente asesinados por los colegas del “premiable”. Son las de un cuerpo policial creado por los Reyes Católicos para salvaguardar el orden en la España del XVI. Iban ataviados con un chaleco de cuero, bajo el que se veían las mangas verdes del jubón; de ahí el nombre. Dado su escaso número -un efectivo por cada 150 vecinos-, siempre llegaban tarde; ahora, aunque tarde, Otegui está donde debe.

Y ya que nos retrotraemos al pasado, no me resisto a acabar sin citar a don Baltasar Gil Imón de la Mota, fiscal del Consejo Supremo de Castilla bajo el reinado de Felipe IV. Cuentan que don Baltasar solía asistir a todos los actos sociales acompañado de sus hijas, quienes no parecían estar muy dotadas ni física ni intelectualmente. Lo hacía para ver si las colocaba, aunque la tarea debía ser harto complicada. Tanto que, al verles llegar, la gente murmuraba “ahí vienen don Gil y sus pollas -arcaísmo con el que se denominaba a las hijas-. El resultado es la palabra “gilipollas”; según la RAE, “tonto o lelo”. Es lo que hay que ser para siquiera pensar en Otegui como merecedor de premio alguno.


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