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El tesoro hundido del Costa Concordia

miércoles 18 de enero de 2012, 21:23h
Con 11 cadáveres recuperados y 28 personas desaparecidas, el hundimiento del trasatlántico Costa Concordia sólo permite que se contemple como una tragedia de las peores consecuencias. Sin embargo, todo lo que rodea a su capitán y a su incomprensible actuación durante la terrorífica noche del pasado sábado se colorea poderosamente con los tintes más esperpénticos y deja en los “espectadores” una mueca mezcla de rabia, incredulidad y, cómo no, de cachondeo. A Francesco Schettino la prensa de su propio país ya le ha bautizado como el capitán cobarde y eso, cobarde, es lo más bonito que se dice de él en todas partes. Cuesta entender, en todo caso, que un tipo pueda estar tan pagado de sí mismo y ser tan inconsciente como para variar la ruta del inmenso barco del que era el máximo responsable para acercarse a la costa de la preciosa isla de Giglio, unos dicen que para saludar a otro marino amigo suyo y otros, que a la hermana de uno de los miembros de la tripulación quien, incluso, fardó de dicha aproximación en su perfil de Facebook poco antes de la tragedia. El caso es que Schettino lo hizo, ignoró la ruta y, aunque dicen que no era la primera vez que conducía el barco como si fuera un Ferrari, esta vez su arriesgada maniobra no le pasó desapercibida al diablo y las rocas se cobraron su víctima.

Por si fuera poco, enseguida se descubrió que el comandante había abandonado el barco y la áspera conversación que mantuvo con el capitán de fragata Gregorio de Falco, quien le ordenaba a gritos desde la capitanía del puerto que volviera a la nave inmediatamente, difundida ayer, le pone, aún más, en evidencia. Schettino ha explicado ante la juez que instruye la catástrofe que, en realidad, él no abandonó el barco ni a sus pasajeros. Al menos, no voluntariamente. Por lo visto, asegura que tuvo la mala fortuna de resbalar e ir a caer precisamente en el interior de un bote salvavidas con rumbo a tierra. Ya es mala suerte. Y peor suerte aún, que después no pudiera volver a subir para coordinar las labores de rescate.

“Regrese de inmediato a la nave”, le ordena imperiosa la abaritonada voz de Gregorio de Falco, quien, por supuesto, ya se ha convertido en un héroe, antítesis personalizada de Schettino, y el capitán cobarde dice que sí, que ya vuelve, pero no es cierto. Y De Falco, cada vez más enfadado, le comunica que hay muertos. ¿Cuántos? pregunta entonces Schettino, - el dialogo es digno de un guión de Fellini -, “Es usted quien tiene que decirme cuántos hay”, contesta desesperado De Falco. La conversación entera entre ambos hombres, tan distintos en su proceder e incluso en su forma de hablar, ha sido lo más escuchado estos dos últimos días en internet, y dentro de la estupefacción con la que seguimos mirando al capitán del Costa Concordia, el otro protagonista de la surrealista tragedia, De Falco, parece ser ese contrapunto que, afortunadamente, hace que no nos sintamos tan decepcionados de la calidad humana.

Seguro que habrá más héroes y, además, más cercanos al trágico escenario del hundimiento que el propio De Falco. En el mismo barco que se hundía. Gente anónima que ayudó a quienes lo necesitaban a su lado, aunque, por desgracia, aún sigan primando las historias de pasajeros enfadados que, después de haber asimilado que lograron salir de aquel infierno marino con vida, ahora recuerdan con rabia ante micrófonos y cámaras que allí más que eso de “niños y mujeres primero”, lo que funcionó fue lo de “tonto el último”. Tampoco les ha gustado a los pasajeros que el capitán napolitano responsable de la tragedia haya sido enviado a su casa de Meta di Sorrento, aunque sea bajo arresto domiciliario. Y en su pueblo, por ahora, la mayoría le defiende y acusa a la prensa de haber juzgado y condenado a su paisano antes de celebrarse el juicio. Puede que la magistrada haya pensado que su casa fuera el único sitio en el que Schettino estaría a salvo de que le corrieran a gorrazos.

Entretanto, los buzos continúan entrando y saliendo del barco encallado en la medida que se lo permiten el mar y los movimientos de la gran nave herida, que amenaza seriamente con enterrarse en lo más profundo, para encontrar a los desaparecidos. Y una empresa holandesa, por su parte, ya está en la zona preparando las herramientas necesarias para calentar el combustible y extraerlo del barco lo antes posible, porque se empiezan a notar los efectos de una filtración de fuel que podría desembocar en una tragedia medioambiental, precisamente en uno de los ecosistemas marinos más importantes del Mediterráneo. Y con todas estas más que obvias prioridades, es fácil de entender que las autoridades no se dediquen por el momento a la recuperación de los objetos de valor que hayan quedado bajo el agua. En realidad, seguro que a los supervivientes todavía les compensa haber salvado la vida y aún no quieren ni pensar en ello, en los objetos personales que dejaron atrás: cámaras, teléfonos, ordenadores, dinero, documentos, ropa y, sobre todo, joyas. Sin embargo, cuando se trata de una ciudad flotante con 1.500 camarotes y 4.200 pasajeros a bordo y a poco que uno tire de calculadora, la suma seguro que arroja unas cifras apabullantes que más de uno habrá calculado. No es tarea fácil sumergirse en las aguas para adentrarse en un buque inclinado casi 90 grados, hacia el costado de estribor, que colea y se mueve de vez en cuando, pero la policía sabe que los cazatesoros se crecen con las dificultades y que las riquezas hundidas con el Costa Concordia no han pasado desapercibidas para algunos aventureros ávidos de abandonados caudales, contra los que ya ha tenido que establecer una vigilancia dirigida a impedir que los furtivos del mar se hagan con el oro sumergido.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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