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DISCULPEN LAS MOLESTIAS

El despotismo antiilustrado: La democracia soy yo

jueves 19 de enero de 2012, 08:49h
La izquierda radical es heredera directa del absolutismo monárquico. A semejanza del Rey Sol, su lema bien podría ser: la democracia soy yo. Al fin y al cabo, la Revolución francesa acabó por consistir en derribar al Rey para sustituirlo por un poder tan absoluto como el suyo y mucho más despótico.

La izquierda radical (y empleo el adjetivo, acaso algo benévolamente, para excluir a la izquierda democrática minoritaria) se ha apropiado ilegítimamente de la democracia. Su respeto a las urnas es condicional y selectivo, a beneficio de inventario. Las urnas sólo son legítimas si gana la izquierda. Ciertamente, lo hace con el consentimiento tácito y vergonzante de la derecha política y cultural. De este modo, la democracia deja de ser lo que es –soberanía popular, gobierno limitado, división de poderes, elecciones libres, derechos y libertades, crítica al poder y sustitución pacífica de los gobernantes- para convertirse en hegemonía de la izquierda. La democracia es la izquierda, y sólo la izquierda es democrática. Mucho de esto sucedió en la Segunda República española. Y así acabó.

Con estos prejuicios, los debates resultan trucados. Las reglas de juego se establecen para que gane siempre uno de los jugadores. Si gana el otro, ha hecho trampa, pues ha violado necesariamente las reglas de juego. No se piense que se trata de un problema exclusivamente español. El reciente caso de Hungría y su nueva Constitución constituye un contundente ejemplo. Naturalmente, que cabe criticar algunas medidas adoptadas, tanto en su Constitución como por su actual Gobierno. Esa es la misión de la oposición. Pero la crítica ha ido mucho más allá de eso, y también más acá de las fronteras húngaras. La izquierda radical europea está que trina. Sus aspavientos encubren la inanidad de sus argumentos. En realidad, no hay argumentos, sino denuestos. Hungría, dicen los popes progresistas, camina hacia el fascismo, si no es que ya ha sucumbido a él. Poco dijeron sus mayores cuando sucumbió, esa vez contra la voluntad de sus ciudadanos, al estalinismo. Pero ya se sabe, el estalinismo pudo cometer “excesos y errores”, pero fue democrático: si es de izquierdas es democrático. Incluso, desvían la atención de lo que verdaderamente les indigna.

Exhiben quejas menores (y muchas veces falsas). Pero ocultan lo principal. Lo intolerable, lo antidemocrático, lo fascista de Hungría, les resulta la acogida de principios y valores cristianos en su nueva Constitución. Una vez más, el debate está trucado y la apropiación consumada. El laicismo radical es democrático y la introducción de la defensa de las creencias religiosas en la Constitución es necesariamente antidemocrático.

Naturalmente, con independencia de la opinión de los ciudadanos. Por supuesto, no niego que la voluntad de la mayoría pueda ser, en algunos casos, antidemocrática. Lo que niego es que sólo lo sea cuando se opone a los dogmas progresistas de la izquierda radical.

El acoso a Hungría es uno de los últimos episodios de una guerra cultural y política en la que la izquierda radical cobra ventaja más en lo primero, lo cultural, que en lo segundo, lo político. Pero la derecha no debería ignorar que su derrota cultural llevará, tarde o temprano, a su derrota política.

Por lo demás, no es más importante la política que la cultura, sino todo lo contrario. En realidad, lo que está en juego es la hegemonía cultural. La izquierda lo sabe; la derecha me temo que no. En un genuino debate, las dos, o más, partes, pueden y deben aspirar a tener razón. Lo que no pueden pretender es que las demás queden excluidas del debate.

El caso de Hungría es ejemplar. No se discuten las decisiones de su Gobierno ni los contenidos de su nueva Constitución. Simplemente se descalifican. Son fascismo; acaso posmoderno, pero fascismo. Que calle el pueblo para que hablen los gurús del progresismo. ¿Para qué convencer y argumentar cuando se puede descalificar e insultar? Nada para el pueblo, pero sin el pueblo. Se trata del nuevo despotismo: el despotismo antiilustrado.
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