¡Fuera Bolonia! Ocaso de la Universidad
sábado 21 de enero de 2012, 20:43h
Acabemos de una vez con el Plan Bolonia. Hagámoslo desde dentro, si es preciso, para no dilapidar, en vano, más tiempo, esperanzas, buenas intenciones. Para no engañar de nuevo a los universitarios. Borremos del mapa su retórica fácil. Sobre todo en España. Y con la escoba, barramos también a quienes -excusa, la reforma europea- han robado, humillado uno de los pocos bienes que teníamos, el Bachillerato.
Primero se hundió el nivel medio de conocimientos y la preparación de entrada a la Universidad, con mayúscula los dos niveles. El pretexto de entonces, la dictadura, cuando todo el mundo ya miraba a otra parte, incluidos quienes cortaban tajada del interregno y giraron con las reformas gateando por la administración pública y paredes ministeriales puestos para los que no estaban preparados, ni de lejos. Se escamotearon dos cursos de secundaria. El argumento, decían, era su débil función pedagógica y la conveniencia de incorporar a titulares de Magisterio para suplirla. Y el beneficio de turno, la ascensión fulgurante de pedagogos, varios de ellos con ínfulas directivas, y algunos psicólogos. Con el tiempo se impuso la psicopedagogía para evitar conflictos y mejorar prebendas. Muchos de estos personajes fueron los agentes innovadores de la educación democrática mediante leyes dictadas por sindicatos o secciones ideológicas de partidos cuyas riendas estaban ya en sus manos.
Consecuencia inevitable de esto, una vez introducida España en la Unión Europea, fue el saldo de restos, con más beneficio y reparto de poder en funciones autonómicas, ministeriales, europeas. Cubrían la formalidad y el expediente requerido chasqueando inglés, francés, y traducciones castellanas. Y así de legislatura en legislatura, gobierno tras gobierno, una generación y otra, en permanente cortocircuito de transición defraudada. Barridas, por lo menos, dos, las dos últimas, si no más, generaciones. Y entre el polvo, nublados y perdidos, muchos profesores de instituto. Deseando el retiro, que saludaron corriendo cuando aquellas águilas avizoras del arribismo pedagógico, social y político, inventaron las prejubilaciones, al principio bien pagadas. Todo un aliciente, la boca llena con la palabra Europa y algunos millones de las antiguas pesetas en el bolsillo, de recompensa.
Las exigencias del continente, el fracaso escolar, la avidez aún de funciones con significado más representativo, promovieron el sonrojo y la necesidad de abrir las universidades a más petulancia: idoneidad académica entre colegas con turnos alternativos en los tribunales. Endogamia filtrada por departamentos y rectorados mediante concursos en el BOE. Filiación de empatías… Prevaricación asumida como norma profesional. Partenogénesis. ¡Y Bolonia, la gran solución!
El Plan Bolonia, esbozado en la Declaración de 1998, y apalabrado con buenas intenciones en 1999, sin ley alguna que lo rija, vino a cubrir con directrices generales de un Espacio Europeo de Enseñanza Superior el vacío ya generado en España durante las dos, tres últimas décadas. Efectivamente, aquí, entre nosotros, ya existió un perfil Bolonia aplicado a los institutos. De su reforma, la actual frustración reconducida a los primeros cursos de Universidad para suplir la carencia de aquellos otros eliminados en la enseñanza secundaria.
Quienes conocimos tal tropelía en aras de una expansión social de la docencia y con disimulo pedagógico de contenidos en los programas, asistimos ahora, indefensos, impotentes, a la instauración de iguales condiciones objetivas que reducen a niveles semejantes de insuficiencia los cerebros universitarios. Bolonia sirve aquí, en España, para recuperar en las universidades el tiempo antes perdido en los últimos cursos de instituto. Otro fraude.
Los comentarios de los colegas son casi unánimes: esto engendra otro fracaso.
El tibio debate público suscitado de nada sirve. Surgen voces de denuncia y análisis, pero las apagan rápido y apenas trascienden. Una de ellas, reciente de tres meses, es un libro que debieran leer rectores, ministros, especialmente el de Educación, presidente de Gobierno, estudiantes, profesores, ciudadanos cultos que aún sientan en sus carnes la penuria cultural que nos rodea. Me refiero al titulado Adiós a la Universidad, y que su autor, Jordi Llovet, subtitula El Eclipse de las Humanidades.
El autor deja claro el contraste entre las pretensiones de Europa y la realidad apagada de las universidades españolas. Algunas instauran un curso o semestre cero para instruir a los estudiantes que llegan planos de conocimientos. Inadecuación de exigencias prácticas y controles de mercado a estudios de Humanidades cuyos fines y metodología difieren notablemente. Paradoja de movilidad estudiantil y de profesorado por centros europeos cuando no existe uniformidad de programas en sus instituciones, ni recursos adecuados para ello en España. Garantía de “calidad” superior y trece años transcurridos sin declaración común al respecto. Diferencia clara de condiciones en unos y otros países. Además, sumisión al neoliberalismo técnico y utilitario, con el pretexto de las nuevas tecnologías y las ya famosas “habilidades”, de cuanto las trasciende con conocimientos sólidos “por los cuatro costados”. Contribución a convertir el idioma inglés en una “lengua inevitablemente bastarda”, a no ser que los profesores sean anglófonos nativos. Desequilibrio de las demás lenguas. Y vergonzantes, según Jordi LLovet, la "mercantilización indiscriminada del saber" con exigencias de "rentabilidad" cuyos criterios económicos distan de los objetivos de las ciencias humanistas y de los recursos reales para becas, investigación y publicaciones. ¿Cómo aplicar la proporción de aquellos y estos a la filosofía, teología, estudios clásicos, lingüística, filología, literatura comparada, etc.? Ninguna declaración justificativa. Y una pregunta sagaz, “¿en qué lugar vivo pueden realizarse prácticas de una lengua muerta?”.
El Plan Bolonia, resume este catedrático de la Universidad de Barcelona felizmente prejubilado tan pronto tuvo la oportunidad de hacerlo, intenta desembarazar a las sociedades neoliberales de Europa de su máxima pesadilla: “el uso indiscriminado y libre de la inteligencia, la crítica y el disenso intelectual”. Y esto se traduce en un ataque sutil a las Humanidades sin que el estamento universitario reaccione sumido en defección profesional “por puro cansancio o por fatalidad”. Una cita de George Steiner cuadra perfecta el panorama: “El hombre de letras se ha vuelto muy sospechoso”.
Si a las democracias francesa, alemana, inglesa, incluso a la americana, se les hubiera exigido en el pasado, arguye Jordi LLovet, el rédito social de la inversión en ciencias humanas y sociales -todas son del hombre y sus comunidades- con criterio económico de empresa sólida y bursátil, no existirían sus grandes instituciones universitarias. Es decir, el nivel científico e intelectual de que gozan hoy día.
La connivencia de la empresa con la universidad, aparentemente atractiva y en principio eficiente, distorsiona poco a poco el objetivo desinteresado del conocimiento y la libertad creadora. Aplíquese a las facultades de Derecho, Economía, Políticas y Sociología, Medicina, Arquitectura... ¿Quién se fiará de las leyes, abogados, jueces, Constitución? ¿Quién de los bancos? ¿Quién de las encuestas, orientaciones sociales, políticos? ¿Quién de las medicinas, médicos, hospitales? ¿Quién de las obras, edificios, con un paro millonario y mano de obra inmigrante analfabeta o nacional desorientada? Hasta la Seguridad Social tiembla.
La misión de la Universidad es otra. Bolonia está reduciendo su autonomía, competencia intelectual y libertad de cátedra, otorgada por Ley en España. La comprime con regulaciones cuyo buen criterio inicial pierde fundamento en boca de gente demagógicamente titulada y partidista. Más grave aún, España desvirtúa esa Ley, la de Reforma Universitaria. La deja en manos de pedagogos que nunca inventaron nada, sosias intelectuales y agentes sociales sutilmente aprovechados, con la anuencia del siempre pálido Ministerio de Educación y Ciencia, cenicienta de todas las carteras políticas. Sin salva sea la parte que corresponde al actual Gobierno.
Quienes aún resistimos esperando un minuto de lucidez democrática, sabemos de qué hablamos.
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Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.
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