Costa Concordia: ¿error humano o imprudencia?
Andrea Donofrio
x
adonofriohotmailcom/9/9/17
domingo 22 de enero de 2012, 20:43h
Italia vuelve a ser portada mundial, pero esta vez no por sus escándalos políticos o por la grave crisis económica, sino por la tragedia del Costa Concorde, el crucero encallado tras el choque contra un arrecife, cerca de la costa de la isla de Giglio, en el mar Tirreno.
El protagonista de esta historia es Francesco Schettino, el principal culpable del accidente, que podría haber sido un héroe pero ha acabado siendo un cobarde, un villano incapaz de mostrar valor alguno. El pánico predominó sobre la valentía y el coraje, necesarios para enfrentarse a una situación extremadamente difícil, para superar una prueba irrepetible. Al contrario, prefirió abandonar su embarcación mientras esta naufragaba. Pánico y fuga, como el Lord Jim de Josaph Conrad. Aunque apropiada, se trata de una comparación simplista y manida: en primer lugar, cualquier ser humano puede cometer un “acto de vileza” y los dos personajes actúan en situaciones diferentes. Aquí no hay tormenta, tratándose de una tragedia provocada, causada por una maniobra arriesgada pero no tan inusual (relatada por el gran Fellini en Amarcord). Las reverencias parecían estar toleradas aunque prohibidas por la Ley: antes del accidente, este mismo barco había realizado hasta 52 “acercamientos” en un año. Un inchino, una reverencia que se suele hacer a una milla de la costa, no a 150 metros: un “hombre de mar” debería conocer el peligro de acercarse tanto a una isla, llegar a tan poco metros en la oscuridad de la noche, con un barco de 300 metros de eslora.
De carácter fanfarrón y exuberante, Schettino había decidido acercarse más de lo razonable, casi como si estuviera desafiandose a sí mismo, mostrando que sus habilidades marineras retaban la lógica y la prudencia. Fue un exceso de confianza, un acto de negligencia por parte de un marino que debería conocer y respetar las reglas del mar. Una prueba de habilidad terminada en tragedia, una “demostración de maestría” del mismo hombre que hace apenas un par de años, presuntuosamente afirmaba, en una entrevista para un revista checa, que, ante una complicada situación como la del Titanic, él habría sabido qué hacer, siendo capaz “en virtud de la preparación, de gobernar cualquier situación y prevenir cualquier problema”. Añadiendo “La seguridad de los viajeros ante de todo”. En la práctica no ha sido así, faltando a uno de sus deberes principales, un mandamiento ético: proteger a los pasajeros y al equipaje. No, no ha sido así: el comandante ha optado por una actitud absurda e imperdonable, abandonando el barco, mintiendo a las autoridades italianas. No volvió a coordinar la embarcación, se fugó “antes de poner a salvo a todos los pasajeros”.
Pasados algunos días y con el miedo a que los tanques de combustible del crucero puedan provocar una catástrofe medioambiental, permanecen muchas incógnitas, auténticos misterios: empezando por cómo pudo el comandante “caerse al mar, en una lancha” permaneciendo seco y con su ordenador bajo el brazo, pasando por la actitud de Costa Cruceros de constituirse como “parte afectada” en la investigación, y llegando hasta Domnica Cemortan, misteriosa mujer que estuvo cenando –y bebiendo abundante vino-con el capitán. La presencia de la mujer, ¿representó motivo de “distracción? ¿Quiso impresionarla?
Por otro lado, Italia necesita héroes y los ha encontrado en el comisario de a bordo, Marrico Gianpedrone, que permaneció atrapado 36 horas en el barco –con una pierna rota- tras salvar muchas vidas, y en el comandante Gregorio De Falco. La conversación entre este último y Schettino muestra el “enfrentamiento” entre dos diferentes estilos: uno aterrorizado y sin saber que hacer, mientras el otro, competente y decidido, increpaba al comandante para que interviniera. Dos napolitanos, dos caras de la misma moneda. La actitud de De Falco resulta de una “normalidad heroica”: la general falta de profesionalidad y de valor hace que una persona que simplemente cumple su deber sea percibido como héroe. En una Italia acostumbrada a mentir, a eludir las propias responsabilidades, una persona honrada y comprometida, que respeta los procedimientos y muestra criterio, resulta fuera de lo común, heroico precisamente. Aún así, no cabe duda que De Falco representa un intérprete de una Italia mejor, una persona responsable y sensata, que ante tanto clamor se ha limitado a afirmar: “Nada de héroe. Teníamos que haber salvado a todos”. Símbolo de un país que puede y debe recuperar su honor y dignidad.
Como frecuentemente pasa en Italia, detrás de la catástrofe, se esconde el absurdo: un gesto temerario, de cortesía “personal” o de imprudencia, termina en tragedia. Pero además del error de apreciación, Schettino tardó una hora en solicitar el socorro, convirtiéndose así según el Daily Mail en “el hombre más odiado de Italia (más que Berlusconi…). Hasta el último momento intentó negar la verdad, remarcando que todo iba bien mientras el barco se hundía. Una actitud-clase aprendida de la política italiana, donde negar resulta obligatoria así como afirmar que todo va bien, que el barco no se hunde. Diría Blumenberg, se ha tratado de un “naufragio con espectador”.
|
Politólogo
Andrea Donofrio es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset
|
adonofriohotmailcom/9/9/17
|